Observo que últimamente, si nos atenemos a lo que la televisión nos muestra y a los temas sobre los cuales el personal charla en los mentideros de la calle, hay dos, entre otros, que acaparan singular protagonismo. Dejando al lado el asunto trascendental que se refiere al vestido que lucirá la exquisita y aristocrática Belén Esteban en su próxima boda, materia de calado tan profundo que no me atreveré a opinar, hay otros dos asuntos que no suelen faltar todos los días en las páginas de los periódicos. Por una parte el famoso propósito del lehendakari (como todos sabemos vascuence no es preciso aclarar que es así como se llama en esa milenaria lengua al presidente de la Comunidad Autónoma Vasca) de convocar un referéndum en su territorio para el próximo noviembre. Por otro lado, todos hablan de una canción de tal belleza y profundidad que, a poco de haber sido compuesta, la veo indefectiblemente abocada a convertirse en un clásico de la canción contemporánea: el Chiki Chiki, del ya también inmortal Rodolfo Chikilicuatre, y con la que todos los españoles tendremos el honor de ser representados en el festival de Eurovisión de Belgrado.
Aparecen en secciones diferentes de los diarios, pero lo cierto es que yo encuentro una cierta relación entre ambos temas. Veamos porqué.
Según la madre de nuestras leyes, la Constitución, la potestad que tiene el señor Ibarretxe para convocar un referéndum sobre tema alguno es similar a la mía. Es decir, ninguna. Puede hacerlo, claro que sí, lo mismo que yo puedo hacer una encuesta en mi barrio sobre la adopción de pingüinos por familias ceutíes o TVE sobre quién pensamos que es el mejor artista español para representarnos en el festival de Eurovisión. Eso es libertad de expresión y democracia, faltaría más.
Ahora bien, el Sr. Ibarratxe dice que él convocará el referéndum (que es una cosa más seria) tenga o no tenga potestad, y que se pasará la ley y la Constitución por el arco del triunfo, como suele hacer con cierta frecuencia. Pues bien, que lo haga.
Lo que me resulta más sorprendente es la importancia que le dan a tal extravagancia todos los partidos políticos, y en especial el Gobierno, hasta el punto de que el dichoso referéndum es objeto de conversaciones políticas, negociaciones y sesudos debates. Porque yo me pregunto: si es ilegal, ¿cómo se las arreglará el lehendakari para convocarlo? ¿quién constituirá las mesas de votación? ¿quiénes serán los interventores de los diferentes partidos políticos? ¿quién validará los resultados? ¿quién obligará a los ciudadanos a ser presidentes y vocales de las mesas? Es obvio que los partidos políticos que respetan la legalidad constitucional no participarán, de ninguna manera, en un referéndum en cuya legitimidad no creen. Ni los ciudadanos que apuestan por la Constitución (o incluso los que no) formarán parte de mesa alguna, ni el Sr. Ibarretxe tendrá poder legal alguno para obligarlos a constituir las mesas; aún menor obligación sentirán los ciudadanos de votar. Dicho de otra manera, que el cacareado referéndum será, en el mejor de los casos, una “democrática consulta” realizada entre sus propios afiliados y simpatizantes, controlada por sus propios afiliados y simpatizantes y que dará como resultado, en un porcentaje cercano al 100%, lo que quiera el Sr. Ibarretxe, como ocurría en los históricos referendos de Franco. ¿Qué valor puede tener el resultado de referéndum tan singular ante la opinión pública vasca, española o internacional? Sería lo más parecido a un simulacro de los que se practican en repúblicas bananeras, o, en el mejor de los casos, a una simpática broma disfrazada de ejercicio democrático.
Una broma parecida a la de Rodolfo Chikilicuatre y su Chiki Chiki, o a la compañía de geniales cómicos que está detrás de todo ello, El Terrat, que han sabido sacarle un fabuloso rédito publicitario –y económico, por supuesto- a la patochada de TVE de convocar un “referéndum” por internet para elegir la mejor canción de España para Eurovisión.
Así que en Eurovisión, Rodolfo Chikilicuatre y el Chiki Chiki. Y en el País Vasco, lo que diga Ibarretxe. Democracia y derecho a decidir, lo llaman.
Javier Cornejo Gutiérrez (Madrid). Profesor de EGB y Licenciado en Filología Hispánica. Además de Madrid, ha vivido en Mallorca, París, Londres, Berkeley, Los Ángeles, Tánger y Ceuta. En la actualidad reside en la ciudad francesa de Mulhouse, en la Alsacia francesa.
28 de marzo de 2008
13 de marzo de 2008
Chávez, cacique de la cizaña
La incursión del ejército de Colombia en suelo ecuatoriano en una acción militar para dar muerte al número dos de las FARC, Raúl Reyes, dio pábulo al caudillo venezolano para sembrar la cizaña y amenazar con guerra al país hermano de Colombia, en una escalada más de búsqueda de su protagonismo megalómano. Ante los rugidos de su primo de Zumosol venezolano, también Correa, presidente de Ecuador, se apuntó al juego y ha roto relaciones diplomáticas con Colombia, a ver si así saca alguna migaja del petróleo del célebre orangután “bolivariano”. Y también Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, que más de una vez se ha tomado un trago con su amigo “Tirofijo”, fundador y número uno de las FARC.
Empecemos por decir que la violación de la frontera de un país es un acto a todas luces ilegal, y así ha sido condenado y reconocido por la OEA. Ya sabemos que Uribe, en su infatigable lucha contra las FARC no suele andarse con chiquitas ni repara en medios. Hasta aquí de acuerdo, pero ahora vayamos al fondo de la cuestión. Veamos quiénes son estos angelitos de las FARC, protegidos y financiados por Chávez y Correa, y que todavía, hoy por hoy, son considerados como revolucionarios por muchos europeos “progresistas” mientras charlan de política tomando el aperitivo en el salón de su adosado. Para hacernos una idea, “nuestros” terroristas de ETA son verdaderas hermanitas de la caridad comparados con los guerrilleros colombianos (o sus enemigos paramilitares de las AUC, que tanto da), que si bien comenzaron como un grupo revolucionario marxista-leninista que luchaba contra un régimen dictatorial y la injusticia social fueron evolucionando paulatinamente hasta convertirse en uno de los grupos terroristas más sanguinarios del planeta. Para hacernos una idea de su carácter “popular y liberador”, un 90 % de la población colombiana, según un sondeo, apoya la acción militar del gobierno de Uribe para matar a su número dos. Pero no es de extrañar. Para empezar este grupo revolucionario se financia en un 78% del narcotráfico (unos 1000 millones de dólares), y el resto lo obtienen de las “vacunas” (lo que llaman los etarras el impuesto revolucionario), los secuestros y el robo de ganado. Se calcula que el 30% de sus efectivos son menores de edad, muchos de ellos niños, reclutados forzosamente bajo amenazas de muerte a sus familias, y no es infrecuente el abuso sexual de ellos (hechos denunciados por Human Rights Watch). Su número de asesinatos se estima alrededor de los 10.000, de los cuales la gran mayoría son civiles campesinos, y entre sus métodos criminales se encuentran el uso de cilindros de gas, “animales-bomba”, armas químicas y hasta el envenenamiento del agua de acueductos. Según las estadísticas de la Campaña Internacional contra las Minas Antipersonales, las FARC son los mayores sembradores de minas antipersona en el mundo, lo cual ha provocado miles de muertos y mutilados, muchos de ellos niños. Entre sus heroicas acciones está el bombardeo de una iglesia abarrotada en Bojayá donde murieron 110 personas. O el más reciente asesinato de 11 diputados del Valle del Cauca, la mayoría de disparos por la espalda y a un metro de distancia, luego de haberlos tenido secuestrados durante cinco años. Se calcula que tienen en su poder a más de 700 secuestrados, entre los cuales algunos llevan cerca de diez años de cautiverio. Luis Eladio Pérez, recién liberado después de siete años, confiesa que lo tuvieron cuatro años encadenado del cuello, amarrado a un árbol. Ingrid Betancourt, la más célebre entre los cautivos por su doble nacionalidad franco-colombiana, fue secuestrada cuando fue a dialogar con ellos en su campaña presidencial. Y lleva seis años. Y luego están los “desplazados”. Miles de familias de campesinos humildes, cuyas casas y aldeas fueron ocupadas por la guerrilla y tuvieron que huir a las ciudades, con las manos vacías. Los he visto mendigando en los semáforos de las calles de Bogotá, familias completas con niños, durmiendo en la calle. Confieso que se me partía el alma. Pues bien, Chávez apoya y financia, desde territorio venezolano, a sus amigos liberadores de las FARC, les ofrece su santuario y ha pedido que no sean considerados internacionalmente como terroristas, sino como “grupo beligerante”. Es una gravísima forma de aquiescencia con sus crímenes, un ataque frontal a todos los colombianos, que simplemente sueñan con un país en paz. Esto no es una ilegalidad, sino una ignominia. Y entre la ilegalidad de traspasar una línea imaginaria en la selva entre Colombia y Ecuador y la ignominia de la complicidad y apoyo a los crímenes de los amigos revolucionarios de Chávez y Correa, qué quieren que les diga, me quedo con lo primero.
Empecemos por decir que la violación de la frontera de un país es un acto a todas luces ilegal, y así ha sido condenado y reconocido por la OEA. Ya sabemos que Uribe, en su infatigable lucha contra las FARC no suele andarse con chiquitas ni repara en medios. Hasta aquí de acuerdo, pero ahora vayamos al fondo de la cuestión. Veamos quiénes son estos angelitos de las FARC, protegidos y financiados por Chávez y Correa, y que todavía, hoy por hoy, son considerados como revolucionarios por muchos europeos “progresistas” mientras charlan de política tomando el aperitivo en el salón de su adosado. Para hacernos una idea, “nuestros” terroristas de ETA son verdaderas hermanitas de la caridad comparados con los guerrilleros colombianos (o sus enemigos paramilitares de las AUC, que tanto da), que si bien comenzaron como un grupo revolucionario marxista-leninista que luchaba contra un régimen dictatorial y la injusticia social fueron evolucionando paulatinamente hasta convertirse en uno de los grupos terroristas más sanguinarios del planeta. Para hacernos una idea de su carácter “popular y liberador”, un 90 % de la población colombiana, según un sondeo, apoya la acción militar del gobierno de Uribe para matar a su número dos. Pero no es de extrañar. Para empezar este grupo revolucionario se financia en un 78% del narcotráfico (unos 1000 millones de dólares), y el resto lo obtienen de las “vacunas” (lo que llaman los etarras el impuesto revolucionario), los secuestros y el robo de ganado. Se calcula que el 30% de sus efectivos son menores de edad, muchos de ellos niños, reclutados forzosamente bajo amenazas de muerte a sus familias, y no es infrecuente el abuso sexual de ellos (hechos denunciados por Human Rights Watch). Su número de asesinatos se estima alrededor de los 10.000, de los cuales la gran mayoría son civiles campesinos, y entre sus métodos criminales se encuentran el uso de cilindros de gas, “animales-bomba”, armas químicas y hasta el envenenamiento del agua de acueductos. Según las estadísticas de la Campaña Internacional contra las Minas Antipersonales, las FARC son los mayores sembradores de minas antipersona en el mundo, lo cual ha provocado miles de muertos y mutilados, muchos de ellos niños. Entre sus heroicas acciones está el bombardeo de una iglesia abarrotada en Bojayá donde murieron 110 personas. O el más reciente asesinato de 11 diputados del Valle del Cauca, la mayoría de disparos por la espalda y a un metro de distancia, luego de haberlos tenido secuestrados durante cinco años. Se calcula que tienen en su poder a más de 700 secuestrados, entre los cuales algunos llevan cerca de diez años de cautiverio. Luis Eladio Pérez, recién liberado después de siete años, confiesa que lo tuvieron cuatro años encadenado del cuello, amarrado a un árbol. Ingrid Betancourt, la más célebre entre los cautivos por su doble nacionalidad franco-colombiana, fue secuestrada cuando fue a dialogar con ellos en su campaña presidencial. Y lleva seis años. Y luego están los “desplazados”. Miles de familias de campesinos humildes, cuyas casas y aldeas fueron ocupadas por la guerrilla y tuvieron que huir a las ciudades, con las manos vacías. Los he visto mendigando en los semáforos de las calles de Bogotá, familias completas con niños, durmiendo en la calle. Confieso que se me partía el alma. Pues bien, Chávez apoya y financia, desde territorio venezolano, a sus amigos liberadores de las FARC, les ofrece su santuario y ha pedido que no sean considerados internacionalmente como terroristas, sino como “grupo beligerante”. Es una gravísima forma de aquiescencia con sus crímenes, un ataque frontal a todos los colombianos, que simplemente sueñan con un país en paz. Esto no es una ilegalidad, sino una ignominia. Y entre la ilegalidad de traspasar una línea imaginaria en la selva entre Colombia y Ecuador y la ignominia de la complicidad y apoyo a los crímenes de los amigos revolucionarios de Chávez y Correa, qué quieren que les diga, me quedo con lo primero.
28 de febrero de 2008
El circo electoral
Esta misma noche, dos actores de buen nivel, perfectamente adiestrados por decenas de entrenadores expertos en todos los campos de la psicología humana y de la seducción (en el sentido primigenio de la palabra, es decir, del engaño), protagonizarán un espectáculo de farándula que resultará, probablemente, el más decisivo de su carrera teatral. Será contemplado en directo por millones de espectadores, ya que el escenario circense en donde tendrá lugar la función será la televisión, que es el circo con mayor aforo del mundo.
Para la preparación de este número, en el que ambos actores deben enfrentarse entre sí al estilo del antiguo pugilato de las olimpiadas griegas, se han cuidado todos los detalles, como corresponde a una función dramática de la magnitud de la que nos ocupa. La iluminación, el sonido, los colores del escenario, la música, los bastidores, el vestuario, el apuntador. Todo está listo para la representación. Del desarrollo y desenlace de la obra dependerá, probablemente, el futuro presidente del gobierno de España, ya que la forma que tienen los espectadores de pasar por taquilla es con una papeleta llamada voto, y que pueden elegir a cual de los competidores se la otorgan.
Esta función tiene una característica especial: los dos actores son además contendientes y deben enfrentarse entre sí de la manera más despiadada posible. Deberán buscar el ridículo del adversario, zaherirlo sin contemplaciones, dispararle flechas buscando su talón de Aquiles, airear sus debilidades y miserias, proclamar con voz engolada la mezquindad del rival, lanzarle derechazos al hígado para acabar por intentar ajusticiarle con navaja trapera en una especie de encarnizada lucha a muerte a medias entre la estrategia del ajedrez y la brutalidad del boxeo. Un duelo a muerte.
Será un apasionante espectáculo, como si se tratara de un combate por el título mundial de los pesos pesados entre Cassius Clay y Joe Frazier, en el que un descuido, un gancho mal dirigido, una ceja rota, puede hacer caer al adversario a la lona. La tensión y la concentración deben ser máximas.
Que el próximo presidente del Gobierno de un país de 45 millones de habitantes sea el señor Zapatero o el señor Rajoy puede depender de una sonrisa que, de forma traicionera, se transforme en mueca, de un inoportuno carraspeo que se cuele en una frase bien hilvanada, de una gota de sudor que, sin previo aviso, se deslice por la sien de uno de los contendientes, de una cámara que en un momento crucial ofrezca un perfil poco sugerente de uno de ellos, de una luz cenital que interprete o transforme una imagen beatífica en un gesto adusto. De un inesperado retortijón estomacal que se proyecte en el rostro, o de que el dolor de esa muela que llevaba días molestando se manifieste en el momento menos oportuno.
Ambos vendrán cargados de cifras para desmoronar al contrario y convencer a la audiencia (ciertas o no, el votante nunca lo sabrá, son cuestiones de fe o del prisma desde el que se mire), de frases ingeniosas o mordaces para encantar al público, de miradas seductoras y cómplices para engatusar a la clientela. Así es la democracia del siglo XXI, un portentoso circo mediático en el que triunfa el más guapo, el más alto, el de verbo más ágil, el de la voz más sugerente, el más ingenioso, el más agresivo, el mejor seductor. En definitiva, el mejor actor se llevará el óscar en forma de poder, garantizado por contrato para cuatro años, y el ciudadano, el hombre de a pie, usted y yo, quedaremos convencidos (o no) de que nos gobiernan los mejores, los que procurarán nuestro mayor bienestar posible y contribuirán, desde las altas esferas del poder, a aportarnos con generosidad nuestra ración de felicidad y paraíso.
Aunque tal vez todo pudo ser por un inoportuno dolor de muelas, una sonrisa a destiempo, un foco de luz que falló, una traicionera afonía, pero habrá sido.
Pero así es la democracia, el gobierno del pueblo, el menos malo de los sistemas de organización humana, dicen. O simplemente el mayor espectáculo circense y audiovisual del mundo, de donde saldrá un vencedor y un derrotado. Y acabaremos convencidos de que gobernamos nosotros, el pueblo llano, porque para eso somos irreductiblemente demócratas.
Qué farsa, qué falacia. Qué circo.
Para la preparación de este número, en el que ambos actores deben enfrentarse entre sí al estilo del antiguo pugilato de las olimpiadas griegas, se han cuidado todos los detalles, como corresponde a una función dramática de la magnitud de la que nos ocupa. La iluminación, el sonido, los colores del escenario, la música, los bastidores, el vestuario, el apuntador. Todo está listo para la representación. Del desarrollo y desenlace de la obra dependerá, probablemente, el futuro presidente del gobierno de España, ya que la forma que tienen los espectadores de pasar por taquilla es con una papeleta llamada voto, y que pueden elegir a cual de los competidores se la otorgan.
Esta función tiene una característica especial: los dos actores son además contendientes y deben enfrentarse entre sí de la manera más despiadada posible. Deberán buscar el ridículo del adversario, zaherirlo sin contemplaciones, dispararle flechas buscando su talón de Aquiles, airear sus debilidades y miserias, proclamar con voz engolada la mezquindad del rival, lanzarle derechazos al hígado para acabar por intentar ajusticiarle con navaja trapera en una especie de encarnizada lucha a muerte a medias entre la estrategia del ajedrez y la brutalidad del boxeo. Un duelo a muerte.
Será un apasionante espectáculo, como si se tratara de un combate por el título mundial de los pesos pesados entre Cassius Clay y Joe Frazier, en el que un descuido, un gancho mal dirigido, una ceja rota, puede hacer caer al adversario a la lona. La tensión y la concentración deben ser máximas.
Que el próximo presidente del Gobierno de un país de 45 millones de habitantes sea el señor Zapatero o el señor Rajoy puede depender de una sonrisa que, de forma traicionera, se transforme en mueca, de un inoportuno carraspeo que se cuele en una frase bien hilvanada, de una gota de sudor que, sin previo aviso, se deslice por la sien de uno de los contendientes, de una cámara que en un momento crucial ofrezca un perfil poco sugerente de uno de ellos, de una luz cenital que interprete o transforme una imagen beatífica en un gesto adusto. De un inesperado retortijón estomacal que se proyecte en el rostro, o de que el dolor de esa muela que llevaba días molestando se manifieste en el momento menos oportuno.
Ambos vendrán cargados de cifras para desmoronar al contrario y convencer a la audiencia (ciertas o no, el votante nunca lo sabrá, son cuestiones de fe o del prisma desde el que se mire), de frases ingeniosas o mordaces para encantar al público, de miradas seductoras y cómplices para engatusar a la clientela. Así es la democracia del siglo XXI, un portentoso circo mediático en el que triunfa el más guapo, el más alto, el de verbo más ágil, el de la voz más sugerente, el más ingenioso, el más agresivo, el mejor seductor. En definitiva, el mejor actor se llevará el óscar en forma de poder, garantizado por contrato para cuatro años, y el ciudadano, el hombre de a pie, usted y yo, quedaremos convencidos (o no) de que nos gobiernan los mejores, los que procurarán nuestro mayor bienestar posible y contribuirán, desde las altas esferas del poder, a aportarnos con generosidad nuestra ración de felicidad y paraíso.
Aunque tal vez todo pudo ser por un inoportuno dolor de muelas, una sonrisa a destiempo, un foco de luz que falló, una traicionera afonía, pero habrá sido.
Pero así es la democracia, el gobierno del pueblo, el menos malo de los sistemas de organización humana, dicen. O simplemente el mayor espectáculo circense y audiovisual del mundo, de donde saldrá un vencedor y un derrotado. Y acabaremos convencidos de que gobernamos nosotros, el pueblo llano, porque para eso somos irreductiblemente demócratas.
Qué farsa, qué falacia. Qué circo.
11 de febrero de 2008
Los inmigrantes y las costumbres españolas
Qué miedo. Resulta que el Sr. Rajoy, en su campaña electoral ha propuesto que los inmigrantes que vengan a España deban firmar un “contrato de integración” en el que, entre otras cosas, se comprometan a “cumplir las costumbres españolas” (sic). Pero no ha especificado cuáles son estas costumbres, así que, en aras de facilitarle la redacción de dicho contrato, intentaré modestamente echarle una mano.
Los inmigrantes deberán, por ejemplo, cuando estén en un bar tomándose unas gambas arrojar las cáscaras al suelo, así como la ceniza y las colillas de cigarrillos, como debe ser. Una costumbre muy española que a muchos inmigrantes les cuesta trabajo aceptar ya que jamás lo habían visto en sus países de origen. A partir de ahora ya saben: cáscaras de gambas, huesos de aceitunas y ceniza de cigarrillos al suelo. Nada de ceniceros, cubos de basura y ñoñeces de éstas. Hay que integrarse. Y fumarse un buen caliqueño después de comer en el restaurante, sin preocuparse demasiado si en la mesa de al lado hay una familia con niños que trata de saborear su comida. Costumbre muy española. Olé.
Los inmigrantes deberán abstenerse de hacer correr el agua cuando utilicen los aseos de un lugar público, sea una estación de tren o una cafetería, y aportar su colaboración para mantenerlos lo más sucios posible, también costumbre muy española.
Los inmigrantes deberán hablar siempre a gritos, cuanto más alto mejor, cuando se encuentren reunidos en un bar o en un café, e interrumpirse constantemente unos a otros en cualquier conversación sin respetar jamás un turno de palabra, costumbre española y cañí donde las haya.
Los inmigrantes deberán emplear tacos, interjecciones malsonantes y referencias escatológicas en cualquier conversación y en cualquier ámbito, sea público o privado, académico, radio o televisión, para así demostrar suficiente destreza en el manejo de nuestra lengua de forma castiza y campechana, española de verdad, ya que incluso los latinoamericanos, que vienen con la lengua aprendida, carecen de esta hermosa costumbre. Deberán aprender a usar tacos con profusión y a plena discreción.
Los inmigrantes deberán aparcar sus coches en los pasos de cebra, encima de la acera o donde les pete, importándoles una higa si impiden el paso a cochecitos de bebé o sillas de ruedas de minusválidos, pues así es como se hace por aquí. Los inmigrantes deberán firmar el contrato y cumplirlo. La integración ante todo.
Los inmigrantes deberán sintonizar los programas de telebasura en televisión y cuando alguno alcance la celebridad a base de estulticia deberá participar en ellos y vender sus coitos, noviazgos, divorcios, y demás entresijos de su vida privada a los programas del corazón, e insultarse a grito pelado para regocijo de la audiencia. Que tomen ejemplo de Dinio, por ejemplo, inmigrante perfectamente integrado.
Los inmigrantes deberán participar en fiestas populares y disfrutar viendo cómo se tira a una cabra desde el campanario de la iglesia de un pueblo, o deleitarse ante la lenta tortura y posterior muerte de un toro en espectáculo público, y además deberán considerarlo como arte. Es la fiesta nacional que todos deben adoptar como propia. Porque además esto es arte y tradición; que falta de sensibilidad sería no apreciarlo como tal.
Los inmigrantes con hijos adolescentes deberán motivarles para que se unan al botellón de los viernes y los sábados, que beban litros de alcohol con gran alborozo reunidos en las calles a las tres de la mañana, que rompan las botellas contra la pared y que más tarde orinen en las esquinas, novedosa costumbre española a la que todos deben sumarse. Hay que cumplir las costumbres.
Ellos, los inmigrantes, también deberán cumplir nuestras magníficas costumbres. Y además por decreto. Por si ya éramos pocos los que las practicábamos sin tener que firmar nada.
Qué miedo, qué espanto, ese “contrato de integración”.
Los inmigrantes deberán, por ejemplo, cuando estén en un bar tomándose unas gambas arrojar las cáscaras al suelo, así como la ceniza y las colillas de cigarrillos, como debe ser. Una costumbre muy española que a muchos inmigrantes les cuesta trabajo aceptar ya que jamás lo habían visto en sus países de origen. A partir de ahora ya saben: cáscaras de gambas, huesos de aceitunas y ceniza de cigarrillos al suelo. Nada de ceniceros, cubos de basura y ñoñeces de éstas. Hay que integrarse. Y fumarse un buen caliqueño después de comer en el restaurante, sin preocuparse demasiado si en la mesa de al lado hay una familia con niños que trata de saborear su comida. Costumbre muy española. Olé.
Los inmigrantes deberán abstenerse de hacer correr el agua cuando utilicen los aseos de un lugar público, sea una estación de tren o una cafetería, y aportar su colaboración para mantenerlos lo más sucios posible, también costumbre muy española.
Los inmigrantes deberán hablar siempre a gritos, cuanto más alto mejor, cuando se encuentren reunidos en un bar o en un café, e interrumpirse constantemente unos a otros en cualquier conversación sin respetar jamás un turno de palabra, costumbre española y cañí donde las haya.
Los inmigrantes deberán emplear tacos, interjecciones malsonantes y referencias escatológicas en cualquier conversación y en cualquier ámbito, sea público o privado, académico, radio o televisión, para así demostrar suficiente destreza en el manejo de nuestra lengua de forma castiza y campechana, española de verdad, ya que incluso los latinoamericanos, que vienen con la lengua aprendida, carecen de esta hermosa costumbre. Deberán aprender a usar tacos con profusión y a plena discreción.
Los inmigrantes deberán aparcar sus coches en los pasos de cebra, encima de la acera o donde les pete, importándoles una higa si impiden el paso a cochecitos de bebé o sillas de ruedas de minusválidos, pues así es como se hace por aquí. Los inmigrantes deberán firmar el contrato y cumplirlo. La integración ante todo.
Los inmigrantes deberán sintonizar los programas de telebasura en televisión y cuando alguno alcance la celebridad a base de estulticia deberá participar en ellos y vender sus coitos, noviazgos, divorcios, y demás entresijos de su vida privada a los programas del corazón, e insultarse a grito pelado para regocijo de la audiencia. Que tomen ejemplo de Dinio, por ejemplo, inmigrante perfectamente integrado.
Los inmigrantes deberán participar en fiestas populares y disfrutar viendo cómo se tira a una cabra desde el campanario de la iglesia de un pueblo, o deleitarse ante la lenta tortura y posterior muerte de un toro en espectáculo público, y además deberán considerarlo como arte. Es la fiesta nacional que todos deben adoptar como propia. Porque además esto es arte y tradición; que falta de sensibilidad sería no apreciarlo como tal.
Los inmigrantes con hijos adolescentes deberán motivarles para que se unan al botellón de los viernes y los sábados, que beban litros de alcohol con gran alborozo reunidos en las calles a las tres de la mañana, que rompan las botellas contra la pared y que más tarde orinen en las esquinas, novedosa costumbre española a la que todos deben sumarse. Hay que cumplir las costumbres.
Ellos, los inmigrantes, también deberán cumplir nuestras magníficas costumbres. Y además por decreto. Por si ya éramos pocos los que las practicábamos sin tener que firmar nada.
Qué miedo, qué espanto, ese “contrato de integración”.
6 de febrero de 2008
Gilipollas Caraculo
Les voy a pedir perdón por encabezar mi columna de hoy con un título tan soez, pero los nombrecitos de marras no se los he puesto yo a nadie sino una compañía de suministro de gas de ámbito nacional. Supongo que muchos de ustedes ya están enterados de la noticia, pues ocupó destacados espacios en prensa, radio y televisión, pero, para aquellos que aún no estén al corriente del chascarrillo, les haré un sucinto resumen.
Resulta que un señor de Valencia, cliente de la compañía, recibió su factura con el bonito nombre de Antonio Gilipollas Caraculo. Como el buen hombre no se llamaba precisamente así, sino que tenía unos apellidos no tan simpáticos, se mosqueó un pelín, no sin razón, claro. Se investigó el asunto, la compañía pidió disculpas y finalmente se desveló el misterio: una empleada de la compañía, que ese día se había levantado con el animus jocandi por las nubes, no se le ocurrió otra cosa que, en simpatiquísima gracia, cambiar los apellidos reales del señor por los más sonoros de Gilipollas Caraculo y mandar la factura tal cual. Claro, se armó la de Dios es Cristo y la chica ha sido expedientada, denunciada y no sé cuantas cosas más.
Pues señores, nada más injusto. La chica en realidad no hizo otra cosa que escribir en aquella factura el nombre que, para los Consejos de Administración y directivos de ciertas empresas, de las que todos somos cautivos, esclavos, siervos, gilipollas y caraculos, debería venir siempre impreso, para así hacer justicia a como realmente consideran a sus queridos clientes. Gilipollas y caraculos. Y no me refiero concretamente a la compañía de gas objeto del desaguisado, sino en general a las omniscientes y todopoderosas empresas de gas, teléfono, electricidad, agua, líneas aéreas, y todas esas cosas que, en el siglo XXI pueden considerarse como necesarias para realizar una vida normal. Tengo unos cuantos ejemplos, pero por razones de espacio me limitaré al último.
Tengo un problema con mi línea de internet, que pago religiosamente a una empresa llamada Telefónica, de pingües beneficios y que además, por vivir en Ceuta, es mi única opción para poder comunicarme por el aparato inventado por Graham Bell. Soy su rehén. Llamo a comunicar la incidencia –a las averías y chapuzas técnicas les suelen llamar incidencias, que queda muy profesional y parece que hasta da caché tenerlas- . Por supuesto me contesta una máquina, que me da varias opciones, entre las cuales no está el motivo de mi llamada, pero le doy a una tecla, a ver si hay suerte y algún ser humano me responde. No hay suerte, es otra máquina, que me pide “que describa el motivo de mi llamada”. No cabe duda de que, al estar hablando con una máquina contándole tus problemas, se le empieza a uno a poner cara no sé si de caraculo, pero al menos sí de gilipollas. La máquina, que es limitada de entendederas, la pobre, te dice que no te entiende y te repite que le cuentes tus penas de nuevo. La máquina no te llama gilipollas y caraculo, pero seguro que sus responsables sí, o al menos lo piensan, porque además, como burla añadida suelen decir –las máquinas- que es para ofrecerte un mejor servicio. Llamo a otro número. Más de lo mismo. Se diría que en esa empresa –como tantas otras- la atención a los caraculos –perdón, a los clientes- está a cargo exclusivamente de simpatiquísimas máquinas. La historia anterior se repite varias veces, y, gracias a un amigo que conoce el asunto y me ha dicho que cuando llegue a la desesperación más absoluta debo probar a gritar “¡¡¡agente!!!” varias veces, consigo que la máquina me diga que en breve ”seré atendido por un agente”, que, probablemente, sospecho, será un ser humano. Mientras tanto me ponen algo parecido a música, que cada cierto tiempo una máquina interrumpe para decir “no cuelgue, estamos atendiendo su llamada”. La máquina no añade “gilipollas caraculo”, pero uno no puede evitar sentirse como tal. Finalmente me responde una señorita que, como si fuera un robot parlante, está programada para responder sólo ciertas frases. Tras contarle el problema, me dice que llame al número que había llamado anteriormente. La conversación se vuelve surrealista, sin encontrar solución a mi problema, y la señorita, como está programada para ello te dice: ¿Por favor, me puede decir cómo se llama para poder dirigirme a usted por su nombre? Claro que sí, señorita, le digo. Mi nombre es Gilipollas Caraculo, exactamente el mismo que el de todos sus clientes.
Pues no, la chica de la compañía del gas no debe ser expedientada, sino condecorada por todos los clientes prisioneros de empresas que, con demasiada frecuencia, nos sentimos Gilipollas Caraculo. Ya que lo piensan, que al menos lo digan. Olé por ti Vanesa, que me he enterado que así te llamas.
Resulta que un señor de Valencia, cliente de la compañía, recibió su factura con el bonito nombre de Antonio Gilipollas Caraculo. Como el buen hombre no se llamaba precisamente así, sino que tenía unos apellidos no tan simpáticos, se mosqueó un pelín, no sin razón, claro. Se investigó el asunto, la compañía pidió disculpas y finalmente se desveló el misterio: una empleada de la compañía, que ese día se había levantado con el animus jocandi por las nubes, no se le ocurrió otra cosa que, en simpatiquísima gracia, cambiar los apellidos reales del señor por los más sonoros de Gilipollas Caraculo y mandar la factura tal cual. Claro, se armó la de Dios es Cristo y la chica ha sido expedientada, denunciada y no sé cuantas cosas más.
Pues señores, nada más injusto. La chica en realidad no hizo otra cosa que escribir en aquella factura el nombre que, para los Consejos de Administración y directivos de ciertas empresas, de las que todos somos cautivos, esclavos, siervos, gilipollas y caraculos, debería venir siempre impreso, para así hacer justicia a como realmente consideran a sus queridos clientes. Gilipollas y caraculos. Y no me refiero concretamente a la compañía de gas objeto del desaguisado, sino en general a las omniscientes y todopoderosas empresas de gas, teléfono, electricidad, agua, líneas aéreas, y todas esas cosas que, en el siglo XXI pueden considerarse como necesarias para realizar una vida normal. Tengo unos cuantos ejemplos, pero por razones de espacio me limitaré al último.
Tengo un problema con mi línea de internet, que pago religiosamente a una empresa llamada Telefónica, de pingües beneficios y que además, por vivir en Ceuta, es mi única opción para poder comunicarme por el aparato inventado por Graham Bell. Soy su rehén. Llamo a comunicar la incidencia –a las averías y chapuzas técnicas les suelen llamar incidencias, que queda muy profesional y parece que hasta da caché tenerlas- . Por supuesto me contesta una máquina, que me da varias opciones, entre las cuales no está el motivo de mi llamada, pero le doy a una tecla, a ver si hay suerte y algún ser humano me responde. No hay suerte, es otra máquina, que me pide “que describa el motivo de mi llamada”. No cabe duda de que, al estar hablando con una máquina contándole tus problemas, se le empieza a uno a poner cara no sé si de caraculo, pero al menos sí de gilipollas. La máquina, que es limitada de entendederas, la pobre, te dice que no te entiende y te repite que le cuentes tus penas de nuevo. La máquina no te llama gilipollas y caraculo, pero seguro que sus responsables sí, o al menos lo piensan, porque además, como burla añadida suelen decir –las máquinas- que es para ofrecerte un mejor servicio. Llamo a otro número. Más de lo mismo. Se diría que en esa empresa –como tantas otras- la atención a los caraculos –perdón, a los clientes- está a cargo exclusivamente de simpatiquísimas máquinas. La historia anterior se repite varias veces, y, gracias a un amigo que conoce el asunto y me ha dicho que cuando llegue a la desesperación más absoluta debo probar a gritar “¡¡¡agente!!!” varias veces, consigo que la máquina me diga que en breve ”seré atendido por un agente”, que, probablemente, sospecho, será un ser humano. Mientras tanto me ponen algo parecido a música, que cada cierto tiempo una máquina interrumpe para decir “no cuelgue, estamos atendiendo su llamada”. La máquina no añade “gilipollas caraculo”, pero uno no puede evitar sentirse como tal. Finalmente me responde una señorita que, como si fuera un robot parlante, está programada para responder sólo ciertas frases. Tras contarle el problema, me dice que llame al número que había llamado anteriormente. La conversación se vuelve surrealista, sin encontrar solución a mi problema, y la señorita, como está programada para ello te dice: ¿Por favor, me puede decir cómo se llama para poder dirigirme a usted por su nombre? Claro que sí, señorita, le digo. Mi nombre es Gilipollas Caraculo, exactamente el mismo que el de todos sus clientes.
Pues no, la chica de la compañía del gas no debe ser expedientada, sino condecorada por todos los clientes prisioneros de empresas que, con demasiada frecuencia, nos sentimos Gilipollas Caraculo. Ya que lo piensan, que al menos lo digan. Olé por ti Vanesa, que me he enterado que así te llamas.
17 de noviembre de 2007
Majestad: yo discrepo
Majestad:
Sé que durante la última semana habéis recibido por parte de políticos, periodistas y ciudadanos de todo ámbito, tendencia y condición numerosos halagos por vuestra reacción airada en la reciente Cumbre Iberoamericana mandando callar al caudillo Hugo Chávez, presidente de Venezuela para desgracia de tan magnífico y entrañable país.
Y aunque vuestra actitud haya sido prolijamente elogiada por propios y hasta algún extraño, yo, este humilde ciudadano, me permito humildemente discrepar sobre la conveniencia de vuestro ya celebérrimo “por qué no te callas”, que como Su Majestad bien sabe, ha dado varias vueltas al mundo entero.
Permitidme comenzar diciendo que no soy devoto de la institución monárquica, que a mi modesto parecer es sencillamente anacrónica, y que sin embargo su persona, Majestad, despierta en mí un sentimiento de respeto, admiración y hasta afecto. Prueba de lo primero es el tratamiento de vos con que me dirijo a Su Majestad, tratamiento ya arcaico y que nuestra vieja y hermosa lengua castellana reserva para las personas de la máxima jerarquía social. Digamos que Su Majestad me cae bien, e incluso muy bien, no sólo por vuestra decidida actitud aquel infausto 23 de febrero de 1981, que bien pudo cambiar el rumbo de nuestra Historia, sino porque creo que tenéis la mirada limpia, y que las lágrimas que con frecuencia brotan de vuestros ojos cuando consoláis a viudas, madres y familiares de muertos por atentados son las más auténticas y sentidas de las de cuantos personajes públicos acuden a los consabidos actos protocolarios que siempre siguen a estos indeseables y execrables sucesos. También vuestras risas francas y espontáneas, hasta el punto de que de grado compartiría mesa, mantel y una copa de vino con Su Majestad, en el improbable caso de que vuestras obligaciones os lo permitieran y así lo desearais.
Pero creo que esta vez, Majestad, en Chile, os habéis equivocado. Vos sabéis que el Rey, en una Monarquía Constitucional y democrática como la española, reina pero no gobierna. Es nada más, pero también nada menos que un símbolo, como una bandera, un escudo o un himno, pero en forma corpórea y humana, si me permitís la comparación. Entre vuestras numerosas obligaciones de representación de una nación, no está la de opinar públicamente; menos aún la de mandar callar. Iría más lejos: el papel neutral de un Rey constitucional le obliga a la inhibición en todo debate interno que pueda suscitarse en España, cuanto más en el Exterior. Guardasteis un correctísimo silencio cuando publicaron el obsceno dibujo de vuestro hijo y nuera en una revista satírica, o cuando quemaron vuestra foto a raudales dentro de vuestro propio país. Probablemente apretasteis los dientes y os mordisteis la lengua, y actuasteis impecablemente de acuerdo con el papel institucional que os corresponde.
Pero vos, Majestad, que tan admirablemente cuidáis los modales y las formas cuando con dignidad nos representáis en el extranjero, perdisteis la paciencia ante la insolencia del bufón Chávez y lo mandasteis callar además con un torpe tuteo, que más sonó a arrogancia ante el súbdito que dejó de serlo hace siglos que a camaradería fraternal obviamente inexistente. No debisteis hacerlo vos, Majestad, sino nuestro presidente, nuestro ministro de Exteriores o la señora Bachelet, anfitriona y moderadora del debate. Tal vez alguien debió haber sacado a Chávez en volandas de allí, al ver que no cerraba su atronadora bocaza con constantes y maleducadas interrupciones. Pero nunca vos, precisamente por ser el Rey de un país que compartía plantel con los Jefes de Estado de antiguas colonias que ya no lo son, con todas las connotaciones e interpretaciones torticeras que de su “orden” pueden hacer nuestros hermanos de América Latina.
Pero yo os comprendo, Majestad. Es el borrón que echa el mejor escribano. Por un momento se apagó el símbolo regio y surgió el hombre que encierra. Por primera vez, que yo sepa. Y digo que os comprendo porque el vulgar, zafio y prepotente caudillo venezolano, con su vacía verborrea panfletaria habría hecho perder la paciencia a la mismísima Madre Teresa de Calcuta, si allí hubiera estado.
Y aunque creo que os equivocasteis, Majestad, confieso que disfruté enormemente con la visión de ese hombre que sois vos, que por unos minutos disolvió su figura regia y se despojó de su corona para mandar callar, como hubiera hecho todo hijo de vecino, al fantoche populista de Chávez. Vaya si lo disfruté.
Sé que durante la última semana habéis recibido por parte de políticos, periodistas y ciudadanos de todo ámbito, tendencia y condición numerosos halagos por vuestra reacción airada en la reciente Cumbre Iberoamericana mandando callar al caudillo Hugo Chávez, presidente de Venezuela para desgracia de tan magnífico y entrañable país.
Y aunque vuestra actitud haya sido prolijamente elogiada por propios y hasta algún extraño, yo, este humilde ciudadano, me permito humildemente discrepar sobre la conveniencia de vuestro ya celebérrimo “por qué no te callas”, que como Su Majestad bien sabe, ha dado varias vueltas al mundo entero.
Permitidme comenzar diciendo que no soy devoto de la institución monárquica, que a mi modesto parecer es sencillamente anacrónica, y que sin embargo su persona, Majestad, despierta en mí un sentimiento de respeto, admiración y hasta afecto. Prueba de lo primero es el tratamiento de vos con que me dirijo a Su Majestad, tratamiento ya arcaico y que nuestra vieja y hermosa lengua castellana reserva para las personas de la máxima jerarquía social. Digamos que Su Majestad me cae bien, e incluso muy bien, no sólo por vuestra decidida actitud aquel infausto 23 de febrero de 1981, que bien pudo cambiar el rumbo de nuestra Historia, sino porque creo que tenéis la mirada limpia, y que las lágrimas que con frecuencia brotan de vuestros ojos cuando consoláis a viudas, madres y familiares de muertos por atentados son las más auténticas y sentidas de las de cuantos personajes públicos acuden a los consabidos actos protocolarios que siempre siguen a estos indeseables y execrables sucesos. También vuestras risas francas y espontáneas, hasta el punto de que de grado compartiría mesa, mantel y una copa de vino con Su Majestad, en el improbable caso de que vuestras obligaciones os lo permitieran y así lo desearais.
Pero creo que esta vez, Majestad, en Chile, os habéis equivocado. Vos sabéis que el Rey, en una Monarquía Constitucional y democrática como la española, reina pero no gobierna. Es nada más, pero también nada menos que un símbolo, como una bandera, un escudo o un himno, pero en forma corpórea y humana, si me permitís la comparación. Entre vuestras numerosas obligaciones de representación de una nación, no está la de opinar públicamente; menos aún la de mandar callar. Iría más lejos: el papel neutral de un Rey constitucional le obliga a la inhibición en todo debate interno que pueda suscitarse en España, cuanto más en el Exterior. Guardasteis un correctísimo silencio cuando publicaron el obsceno dibujo de vuestro hijo y nuera en una revista satírica, o cuando quemaron vuestra foto a raudales dentro de vuestro propio país. Probablemente apretasteis los dientes y os mordisteis la lengua, y actuasteis impecablemente de acuerdo con el papel institucional que os corresponde.
Pero vos, Majestad, que tan admirablemente cuidáis los modales y las formas cuando con dignidad nos representáis en el extranjero, perdisteis la paciencia ante la insolencia del bufón Chávez y lo mandasteis callar además con un torpe tuteo, que más sonó a arrogancia ante el súbdito que dejó de serlo hace siglos que a camaradería fraternal obviamente inexistente. No debisteis hacerlo vos, Majestad, sino nuestro presidente, nuestro ministro de Exteriores o la señora Bachelet, anfitriona y moderadora del debate. Tal vez alguien debió haber sacado a Chávez en volandas de allí, al ver que no cerraba su atronadora bocaza con constantes y maleducadas interrupciones. Pero nunca vos, precisamente por ser el Rey de un país que compartía plantel con los Jefes de Estado de antiguas colonias que ya no lo son, con todas las connotaciones e interpretaciones torticeras que de su “orden” pueden hacer nuestros hermanos de América Latina.
Pero yo os comprendo, Majestad. Es el borrón que echa el mejor escribano. Por un momento se apagó el símbolo regio y surgió el hombre que encierra. Por primera vez, que yo sepa. Y digo que os comprendo porque el vulgar, zafio y prepotente caudillo venezolano, con su vacía verborrea panfletaria habría hecho perder la paciencia a la mismísima Madre Teresa de Calcuta, si allí hubiera estado.
Y aunque creo que os equivocasteis, Majestad, confieso que disfruté enormemente con la visión de ese hombre que sois vos, que por unos minutos disolvió su figura regia y se despojó de su corona para mandar callar, como hubiera hecho todo hijo de vecino, al fantoche populista de Chávez. Vaya si lo disfruté.
2 de noviembre de 2007
Autores intelectuales
Lo más significativo que destacan los medios de comunicación nacionales e internacionales del veredicto del atentado terrorista más sangriento de la Historia de España y de Europa, es la llamada absolución de los cerebros del mismo, o, mejor dicho, la no identificación de los mismos. En Italia lo han llamado “la mente” y “l’ ispiratore”, en los países anglosajones el “mastermind”, en los francófonos “cervaux”. En los medios españoles predomina un curioso sintagma para definir a los ideólogos, planificadores, instigadores o como quiera llamársele de los que dieron la orden y estrategia para realizar la brutal masacre: la autoría intelectual. Me he detenido a reflexionar sobre este curioso sintagma: “autoría intelectual”, y el vacío que supone que en el veredicto de más de setecientas páginas del juez Gómez Bermúdez no exista condenado alguno por este difuso concepto, y la perplejidad que ha causado tanto en medios nacionales como extranjeros.
Pero tampoco es de extrañar, ni es para rasgarse las vestiduras. El llamado Mohamed El Egipcio, al que la inmensa mayoría de los medios periodísticos le atribuían este poco honorable papel, tuvo la sagacidad de no enviar una carta a los autores llamados “materiales” de la matanza dándoles instrucciones precisas de cómo, cuándo y dónde realizarla, explicar detenidamente los pormenores de la misma, firmarla y rubricarla y mandarla después por correo certificado con acuse de recibo, mandando además copia legalizada a los medios de comunicación. Y traducirlo del árabe al español, inglés y catalán, por si hubiera dudas. No lo hizo, el muy astuto, así que no hay pruebas fehacientes que demuestren que fue él el exhortador y cerebrito del monstruoso horror.
En los atentados del 11-M resulta de una lógica aplastante que existiese una relación directa entre hechos y dirección de su ejecución, que por la razón que sea no ha podido ser probada. Ya se sabe que la justicia es ciega, como el amor. Pero extrapolando el asunto a otros ámbitos, a otros delitos o a otros despropósitos de cualquier índole, ¿hasta dónde se puede llegar para determinar quién es el “autor intelectual” de las atrocidades con que todos los días nos desayunamos en los diarios? Pensemos globalmente. ¿Es el señor Bush el “autor intelectual” de los cien mil muertos que ya se han producido en la guerra de Irak? Difícilmente, y no por porque no sea el vaquero texano el instigador de la masacre, sino porque la palabra Bush unida a la de “intelectual” chirrían de tal forma que se hacen insoportables incluso a los oídos más acostumbrados a los oxímoron más disparatados.
Recordemos ahora el ominoso video del tren de Barcelona en el que un engendro humano, cobarde y vil hasta la náusea pellizca el pecho a una menor ecuatoriana y acaba la faena propinándole una patada en la cara mientras le escupe todas las lindezas que es capaz de eructar su hocico simiesco. Sí, él fue el “autor material”, pero ¿y el intelectual? Cualquier relación entre este sujeto y la palabra intelectual sería una burla del lenguaje, una broma de mal gusto. ¿Debería la justicia buscar la autoría intelectual en la madre que lo abandonó a los dos años, en el padre que no quiso volver a saber de él, en el sistema educativo que no fue capaz de erradicar su ira y su racismo, en las teleseries norteamericanas o en los videojuegos en los que hay doce crímenes por minuto, en la telebasura que estimula la violencia verbal en pos de una audiencia que llene sus bolsillos, en algunos de sus telegénicos bocazas que repugnan con sus ideas xenófobas y después las envuelven en papel de celofán?
Llevando el tema al extremo, buscar al autor intelectual de cualquier delito, o más generalmente, de cualquier hecho sería tanto como buscar su causa. No podemos pedir tanto a la justicia humana. Bastante tiene con intentar determinar quién, cómo y en qué circunstancias se produjeron los hechos, y aplicar después el código penal.
La otra justicia, la auténtica, la verdadera, es privilegio de dioses. Por ahora debemos conformarnos con la nuestra, la de los jueces y leguleyos, la farragosa, la incompleta, la justicia injusta. La que con demasiada frecuencia es ciega, sorda y a veces hasta muda. Pero es lo que hay.
Pero tampoco es de extrañar, ni es para rasgarse las vestiduras. El llamado Mohamed El Egipcio, al que la inmensa mayoría de los medios periodísticos le atribuían este poco honorable papel, tuvo la sagacidad de no enviar una carta a los autores llamados “materiales” de la matanza dándoles instrucciones precisas de cómo, cuándo y dónde realizarla, explicar detenidamente los pormenores de la misma, firmarla y rubricarla y mandarla después por correo certificado con acuse de recibo, mandando además copia legalizada a los medios de comunicación. Y traducirlo del árabe al español, inglés y catalán, por si hubiera dudas. No lo hizo, el muy astuto, así que no hay pruebas fehacientes que demuestren que fue él el exhortador y cerebrito del monstruoso horror.
En los atentados del 11-M resulta de una lógica aplastante que existiese una relación directa entre hechos y dirección de su ejecución, que por la razón que sea no ha podido ser probada. Ya se sabe que la justicia es ciega, como el amor. Pero extrapolando el asunto a otros ámbitos, a otros delitos o a otros despropósitos de cualquier índole, ¿hasta dónde se puede llegar para determinar quién es el “autor intelectual” de las atrocidades con que todos los días nos desayunamos en los diarios? Pensemos globalmente. ¿Es el señor Bush el “autor intelectual” de los cien mil muertos que ya se han producido en la guerra de Irak? Difícilmente, y no por porque no sea el vaquero texano el instigador de la masacre, sino porque la palabra Bush unida a la de “intelectual” chirrían de tal forma que se hacen insoportables incluso a los oídos más acostumbrados a los oxímoron más disparatados.
Recordemos ahora el ominoso video del tren de Barcelona en el que un engendro humano, cobarde y vil hasta la náusea pellizca el pecho a una menor ecuatoriana y acaba la faena propinándole una patada en la cara mientras le escupe todas las lindezas que es capaz de eructar su hocico simiesco. Sí, él fue el “autor material”, pero ¿y el intelectual? Cualquier relación entre este sujeto y la palabra intelectual sería una burla del lenguaje, una broma de mal gusto. ¿Debería la justicia buscar la autoría intelectual en la madre que lo abandonó a los dos años, en el padre que no quiso volver a saber de él, en el sistema educativo que no fue capaz de erradicar su ira y su racismo, en las teleseries norteamericanas o en los videojuegos en los que hay doce crímenes por minuto, en la telebasura que estimula la violencia verbal en pos de una audiencia que llene sus bolsillos, en algunos de sus telegénicos bocazas que repugnan con sus ideas xenófobas y después las envuelven en papel de celofán?
Llevando el tema al extremo, buscar al autor intelectual de cualquier delito, o más generalmente, de cualquier hecho sería tanto como buscar su causa. No podemos pedir tanto a la justicia humana. Bastante tiene con intentar determinar quién, cómo y en qué circunstancias se produjeron los hechos, y aplicar después el código penal.
La otra justicia, la auténtica, la verdadera, es privilegio de dioses. Por ahora debemos conformarnos con la nuestra, la de los jueces y leguleyos, la farragosa, la incompleta, la justicia injusta. La que con demasiada frecuencia es ciega, sorda y a veces hasta muda. Pero es lo que hay.
20 de octubre de 2007
La estrategia de Pepe Lui
El señor Josep Lluis Carod-Rovira, alias “Yo no me llamo José Luis”, sacó el máximo rendimiento a la oportunidad que le dio la llamada televisión de todos en el exitoso programa “Tengo una pregunta para usted” para escalar peldaños hacia la cumbre del histrionismo, superando incluso a los que ya había alcanzado en su carrera bufa al encasquetarse, con el humor chocarrero que le caracteriza, una corona de espinas en Jerusalén, o al acudir, en simpática buhonería de insigne prócer de la paz a negociar con ETA treguas… para Cataluña, posicionarse contra la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos o defender con uñas y dientes la celebración de un partido de fútbol entre las dos potencias mundiales del planeta: Estados Unidos y Cataluña.
Alguien podría pensar, en principio, que enfrentarse agresivamente con un joven interpelante por llamarle “José Luis” (qué insulto, qué intolerable vejación), que humillar a una señora jubilada por decir que no tenía ningún interés en aprender catalán (habráse visto, qué alarde de incultura e intolerancia), que decir que los españoles “teníamos un problema” (eufemismo poco sutil para llamarnos gilipollas), o que apoyarse en la barandilla que le separaba de los espectadores en actitud chulesca de saloon de western, entre otras astracanadas más propias de un personajillo de “Salsa Rosa” que de un vicepresidente de Cataluña, es una torpeza para alguien que necesita de los votos del personal para seguir chupando del bote público. Pero nada más lejos de la realidad.
La estrategia de José Luis estaba perfectamente planificada. A fin de cuentas él no necesita de los votos de los cinco millones de espectadores que soportamos sus insultos, sino los de su propia parroquia de cheguevaras de barretina, para los que interpretó la actuación beligerante y hostil que ellos demandaban, siguiendo un guión perfectamente establecido. Seguro que a ellos les fascinó.
Así que, además de encantar a sus acólitos de la senyera estelada, consiguió, en treinta y cinco minutos, sembrar y esparcir por toda España una dosis mayor de anticatalanismo de la que este personaje había conseguido hasta ahora, que no era pequeña precisamente. La estrategia es inequívoca: fomentar el anticatalanismo en el resto de España es la piedra angular de la metodología de los independentistas, y la ocasión que le brindó a Carod TVE la pintaban calva. En el fondo la estrategia es sencilla: insultemos a los españoles, llamémosles fascistas, casposos, muertos de hambre, opresores y enemigos de Cataluña. Arrinconemos el castellano, opongámonos a la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos. Más tarde o más temprano acabaremos por no caerles demasiado bien, reaccionarán y votarán al PP. Puede que algunos hasta nos odien; esto es lo mejor que nos puede pasar. Y entonces comenzará la sardana victimista: no nos quieren, nos odian, tenemos que irnos. Convenzamos a los demás catalanes de esto y el camino de la independencia está trillado. Más fácil blanco y en botella.
Pero por favor, no caigamos en la trampa de José Luis. Él, los chicos de la banderita estelada, del “Catalonia is not Spain” y la pira de fotitos del adversario no tienen nada que ver con los verdaderos catalanes, a los que conozco bien. De hecho Pepe Luis y compañía son una tosca antítesis de sus auténticos valores como pueblo. Ellos, los catalanes de bien, la inmensa mayoría, al contrario que Pepe Luí, son gente amable, educada, respetuosa, culta y progresista. Son bilingües, y tienen la fortuna de contar, además de con el castellano –que suelen hablar mejor que muchos castellanohablantes- con otra lengua antigua, culta y hermosa: el catalán. Barcelona es una de las ciudades más avanzadas y dinámicas del mundo. Cataluña y su gente emprendedora han sido siempre el motor económico y la vanguardia cultural de España. Y así podría seguir mucho más allá de los límites de este artículo.
A la Cataluña que amamos la mayoría de los españoles y sentimos como propia no pertenece esa especie de Groucho Marx tragaldabas y zampabollos que se pone rabioso y agresivo cuando le llaman José Luis.
Y cuando armó el pollo con lo del nombrecito, no pude dejar de acordarme de los geniales Tip y Coll, que imaginé en el cielo, con chistera y bombín, descojonados y cantando a coro con querubines y serafines a coro: ¡Dame la manita Pepe Luí! El cabreo que habría cogido el insigne vicepresidente de la Generalitat…
Alguien podría pensar, en principio, que enfrentarse agresivamente con un joven interpelante por llamarle “José Luis” (qué insulto, qué intolerable vejación), que humillar a una señora jubilada por decir que no tenía ningún interés en aprender catalán (habráse visto, qué alarde de incultura e intolerancia), que decir que los españoles “teníamos un problema” (eufemismo poco sutil para llamarnos gilipollas), o que apoyarse en la barandilla que le separaba de los espectadores en actitud chulesca de saloon de western, entre otras astracanadas más propias de un personajillo de “Salsa Rosa” que de un vicepresidente de Cataluña, es una torpeza para alguien que necesita de los votos del personal para seguir chupando del bote público. Pero nada más lejos de la realidad.
La estrategia de José Luis estaba perfectamente planificada. A fin de cuentas él no necesita de los votos de los cinco millones de espectadores que soportamos sus insultos, sino los de su propia parroquia de cheguevaras de barretina, para los que interpretó la actuación beligerante y hostil que ellos demandaban, siguiendo un guión perfectamente establecido. Seguro que a ellos les fascinó.
Así que, además de encantar a sus acólitos de la senyera estelada, consiguió, en treinta y cinco minutos, sembrar y esparcir por toda España una dosis mayor de anticatalanismo de la que este personaje había conseguido hasta ahora, que no era pequeña precisamente. La estrategia es inequívoca: fomentar el anticatalanismo en el resto de España es la piedra angular de la metodología de los independentistas, y la ocasión que le brindó a Carod TVE la pintaban calva. En el fondo la estrategia es sencilla: insultemos a los españoles, llamémosles fascistas, casposos, muertos de hambre, opresores y enemigos de Cataluña. Arrinconemos el castellano, opongámonos a la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos. Más tarde o más temprano acabaremos por no caerles demasiado bien, reaccionarán y votarán al PP. Puede que algunos hasta nos odien; esto es lo mejor que nos puede pasar. Y entonces comenzará la sardana victimista: no nos quieren, nos odian, tenemos que irnos. Convenzamos a los demás catalanes de esto y el camino de la independencia está trillado. Más fácil blanco y en botella.
Pero por favor, no caigamos en la trampa de José Luis. Él, los chicos de la banderita estelada, del “Catalonia is not Spain” y la pira de fotitos del adversario no tienen nada que ver con los verdaderos catalanes, a los que conozco bien. De hecho Pepe Luis y compañía son una tosca antítesis de sus auténticos valores como pueblo. Ellos, los catalanes de bien, la inmensa mayoría, al contrario que Pepe Luí, son gente amable, educada, respetuosa, culta y progresista. Son bilingües, y tienen la fortuna de contar, además de con el castellano –que suelen hablar mejor que muchos castellanohablantes- con otra lengua antigua, culta y hermosa: el catalán. Barcelona es una de las ciudades más avanzadas y dinámicas del mundo. Cataluña y su gente emprendedora han sido siempre el motor económico y la vanguardia cultural de España. Y así podría seguir mucho más allá de los límites de este artículo.
A la Cataluña que amamos la mayoría de los españoles y sentimos como propia no pertenece esa especie de Groucho Marx tragaldabas y zampabollos que se pone rabioso y agresivo cuando le llaman José Luis.
Y cuando armó el pollo con lo del nombrecito, no pude dejar de acordarme de los geniales Tip y Coll, que imaginé en el cielo, con chistera y bombín, descojonados y cantando a coro con querubines y serafines a coro: ¡Dame la manita Pepe Luí! El cabreo que habría cogido el insigne vicepresidente de la Generalitat…
15 de octubre de 2007
¿Quién teme a Rosa Díez y Fernando Savater?
España ha sido un país con una historia cuyos matices cromáticos han oscilado secularmente entre el gris y el negro, con demasiados brochazos del rojo de la sangre, tanto propia como ajena. Nuestras supuestas glorias pretéritas se forjaron a base de cruz y de espada, ciertamente mucha cruz y mucha espada. Tumultos intestinos, guerras fratricidas, hambre y lodo. Mientras España se consumía y derrumbaba tratando de conservar sin éxito un imperio definitivamente perdido, Europa, la vieja Europa a la que España miraba por encima del hombro crecía en desarrollo político, sentaba las bases del desarrollo industrial, construía, democratizaba la convivencia, inventaba, enriquecía su ciencia y su pensamiento. Nosotros vivíamos en un mundo ajeno a lo que sucedía en casa de nuestros vecinos, un erial en el que estábamos demasiado ocupados en el despellejamiento del adversario, que con frecuencia era el hermano o el primo. Todos los pueblos del mundo cantan sus glorias pasadas, y éstas normalmente están teñidas de sangre, pero en la música de las nuestras predominaban el toque de corneta y la seguiriya flamenca trágica y triste. Los últimos episodios de esta historia árida y cainita fueron una guerra civil que dejó un millón de muertos y una dictadura militar de cuarenta años que nos arrumbó en un trastero miserable de Europa.
Pero algo cambió radicalmente tras tantos años de mediocridad. Esa España fratricida y adormilada despertó de golpe, resurgió de sus cenizas y cada español puso su ladrillo para hacer una nueva casa para todos. Una casa esplendorosa, alegre, viva y hermosa en la que todos pudiéramos vivir en paz y crecer juntos. Y entre todos hicimos el milagro: una transición ejemplar, una reconciliación modélica, todos cedimos algo para llegar a convivir en armonía. España pasó a ser un espejo para el mundo y se produjo un desarrollo vertiginoso. De la mediocridad y oscuridad del franquismo se pasó a una de las democracias más avanzadas y garantistas del mundo. De la pobreza y el subdesarrollo anterior se pasó a ser la octava potencia industrial del planeta. De enviar a nuestros hombres y mujeres a ganarse el pan a Suiza y Alemania se pasó a recibir en nuestro suelo a los que no pueden conseguirlo en sus países. España, por fin, tras siglos de Historia gris en la que era conocida en el exterior por la Inquisición, la leyenda negra de América y el fascismo, ocupaba un lugar verdaderamente honorable en el mundo. Una España de la que, de una vez, pudiéramos sentirnos orgullosos. Muchos quedaron en el camino, pero al fin teníamos ante nosotros un país tan vital, libre y democrático como el que más. O casi. Fue el esfuerzo de todos.
¿De todos? De casi todos. En el entrañable País Vasco fueron y son aún muchos los que prefirieron dar la espalda a la concordia tan trabajosamente lograda, así que siguieron utilizando sus únicos argumentos al alcance de su macabro raciocinio: bombas y tiros en la nuca para todo aquel que discrepe de su soñada y ancestral patria situada en algún rincón imaginario de la Historia. Resultado: novecientos asesinatos, millares de ciudadanos exiliados y otros tantos con su vida amenazada y malviviendo protegidos por escoltas. Es el único territorio de la Europa comunitaria donde no ha llegado aún la libertad y la auténtica democracia.
¿Y Cataluña? Afortunadamente allí no hay violencia (al menos no hay asesinatos por pensar diferente) pero su situación tiene muchos puntos en común con Euskadi. Tristes puntos. En esa España moderna se acordó entre todos reconocer, con toda justicia, la pluralidad cultural y lingüística de los territorios a los que el franquismo se la había negado. Se dotó a Cataluña y Euskadi de un grado de autonomía y autogobierno superior, en muchos aspectos, del que gozan los estados federales. Parlamentos, televisiones propias, policía, educación. Se promovieron las lenguas vernáculas, y el euskera y sobre todo el catalán gozan hoy de un esplendor con el que probablemente no soñaron ni los más optimistas. Era una aspiración de justicia, pactada entre todos, lograda por todos. Pero los gobiernos nacionalistas que durante treinta años han ejercido el poder en Cataluña y el País Vasco, lejos de disfrutar y sentirse satisfechos por una situación en sus territorios inédita en la Historia, han utilizado su poder para enfrentar sus comunidades contra la España más abierta y tolerante que jamás conocieron, una España enemiga a la que han demonizado gracias al control absoluto de todos los elementos a su alcance: la televisión, la propaganda y sobre todo la educación. Toda una generación de vascos y catalanes ya ha sido educada en el odio a España, en el victimismo. Las aspiraciones de los partidos mayoritarios de Cataluña y el País Vasco (aunque dudo que coincidan con las de sus ciudadanos) son claras e inequívocas, y las manifiestan sin ambages: la secesión de España y creación de Estados propios. Y eso sucede justamente ahora: en el momento más brillante y fructífero de la Historia de España. Qué paradoja, qué difícil de entender.
Y es que estos partidos y gobiernos nacionalistas han gozado de un poder omnímodo, ilimitado y desproporcionado respecto a sus representados, gracias precisamente a los dos partidos mayoritarios nacionales: el PSOE y el PP. En este punto no haré distinciones entre ambos. Con tal de estar en el poder no han tenido reparos en pactar con los nacionalistas, y han tragado carros y carretas alimentando sin pudor las ambiciones secesionistas de éstos, que a día de hoy, no se ocultan a nadie. En la última legislatura el gobierno de España ha llegado al extremo de pactar con una formación política activa y declaradamente antiespañola, rondando el paroxismo del absurdo político. Todo vale con tal de evitar que en la silla del presidente esté sentado el adversario.
Uno de los mayores triunfos del nacionalismo separatista es haber logrado identificarse con cierta izquierda, en un singular juego malabar de demagogia populista. No nos engañemos: el nacionalismo separatista no es de izquierda. Todo lo contrario: tiene más en común con la limpieza étnica, lingüística, la xenofobia, la exclusión y la insolidaridad. El nacionalismo separatista está más próximo a la extrema derecha, a veces rayano en el totalitarismo y el fascismo. Pero su propaganda y demagogia ha conseguido convencer a muchos de lo contrario; desde el punto de vista estratégico no se puede negar su mérito.
Pero por fortuna aún hay en la vida pública mentes lúcidas a las que no se engaña con facilidad y han dicho basta, hasta aquí hemos llegado, así que debemos recibir el proyecto político que encabezan Rosa Díez y Fernando Sabater con el entusiasmo de una bocanada de aire fresco que acaba de entrar en el panorama nacional. La primera es una mujer de izquierdas, de un admirable coraje cívico, que ha mostrado siempre una coherencia e integridad inquebrantable, experta en nadar a contracorriente y una luchadora a prueba de bombas, casi en sentido literal. El segundo es un enorme sabio, un filósofo progresista que además posee la excelencia de la pedagogía y la claridad, virtud que Ortega calificaba como la mayor cortesía del filósofo. Y a ambos les une el compromiso innegociable en la lucha por la libertad de todos, unos verdaderos románticos de la justicia. Una especie de seres humanos en vías de extinción.
Así que los grandes partidos se han puesto a temblar, y no es de extrañar que les lluevan insultos, calumnias, descalificaciones de todos los lados. Los nacionalistas porque alguien, de izquierda de verdad, les desenmascara sin piedad y pone en evidencia su mísero patriotismo aldeano. La derecha porque Rosa y Fernando hablan de una España en términos bastante más racionales e integradores que ellos, y corren el riesgo de perder un monopolio que tan bien han manipulado. Y los socialistas porque ven peligrar la parte de su pastel electoral de todos sus militantes desencantados y traicionados, que son legión, así que prefieren tildarlos de derechistas, resentidos, o los improperios que más les puedan zaherir.
Rosa, Fernando: os temen. Ladran, luego cabalgáis. Adelante y feliz singladura.
Pero algo cambió radicalmente tras tantos años de mediocridad. Esa España fratricida y adormilada despertó de golpe, resurgió de sus cenizas y cada español puso su ladrillo para hacer una nueva casa para todos. Una casa esplendorosa, alegre, viva y hermosa en la que todos pudiéramos vivir en paz y crecer juntos. Y entre todos hicimos el milagro: una transición ejemplar, una reconciliación modélica, todos cedimos algo para llegar a convivir en armonía. España pasó a ser un espejo para el mundo y se produjo un desarrollo vertiginoso. De la mediocridad y oscuridad del franquismo se pasó a una de las democracias más avanzadas y garantistas del mundo. De la pobreza y el subdesarrollo anterior se pasó a ser la octava potencia industrial del planeta. De enviar a nuestros hombres y mujeres a ganarse el pan a Suiza y Alemania se pasó a recibir en nuestro suelo a los que no pueden conseguirlo en sus países. España, por fin, tras siglos de Historia gris en la que era conocida en el exterior por la Inquisición, la leyenda negra de América y el fascismo, ocupaba un lugar verdaderamente honorable en el mundo. Una España de la que, de una vez, pudiéramos sentirnos orgullosos. Muchos quedaron en el camino, pero al fin teníamos ante nosotros un país tan vital, libre y democrático como el que más. O casi. Fue el esfuerzo de todos.
¿De todos? De casi todos. En el entrañable País Vasco fueron y son aún muchos los que prefirieron dar la espalda a la concordia tan trabajosamente lograda, así que siguieron utilizando sus únicos argumentos al alcance de su macabro raciocinio: bombas y tiros en la nuca para todo aquel que discrepe de su soñada y ancestral patria situada en algún rincón imaginario de la Historia. Resultado: novecientos asesinatos, millares de ciudadanos exiliados y otros tantos con su vida amenazada y malviviendo protegidos por escoltas. Es el único territorio de la Europa comunitaria donde no ha llegado aún la libertad y la auténtica democracia.
¿Y Cataluña? Afortunadamente allí no hay violencia (al menos no hay asesinatos por pensar diferente) pero su situación tiene muchos puntos en común con Euskadi. Tristes puntos. En esa España moderna se acordó entre todos reconocer, con toda justicia, la pluralidad cultural y lingüística de los territorios a los que el franquismo se la había negado. Se dotó a Cataluña y Euskadi de un grado de autonomía y autogobierno superior, en muchos aspectos, del que gozan los estados federales. Parlamentos, televisiones propias, policía, educación. Se promovieron las lenguas vernáculas, y el euskera y sobre todo el catalán gozan hoy de un esplendor con el que probablemente no soñaron ni los más optimistas. Era una aspiración de justicia, pactada entre todos, lograda por todos. Pero los gobiernos nacionalistas que durante treinta años han ejercido el poder en Cataluña y el País Vasco, lejos de disfrutar y sentirse satisfechos por una situación en sus territorios inédita en la Historia, han utilizado su poder para enfrentar sus comunidades contra la España más abierta y tolerante que jamás conocieron, una España enemiga a la que han demonizado gracias al control absoluto de todos los elementos a su alcance: la televisión, la propaganda y sobre todo la educación. Toda una generación de vascos y catalanes ya ha sido educada en el odio a España, en el victimismo. Las aspiraciones de los partidos mayoritarios de Cataluña y el País Vasco (aunque dudo que coincidan con las de sus ciudadanos) son claras e inequívocas, y las manifiestan sin ambages: la secesión de España y creación de Estados propios. Y eso sucede justamente ahora: en el momento más brillante y fructífero de la Historia de España. Qué paradoja, qué difícil de entender.
Y es que estos partidos y gobiernos nacionalistas han gozado de un poder omnímodo, ilimitado y desproporcionado respecto a sus representados, gracias precisamente a los dos partidos mayoritarios nacionales: el PSOE y el PP. En este punto no haré distinciones entre ambos. Con tal de estar en el poder no han tenido reparos en pactar con los nacionalistas, y han tragado carros y carretas alimentando sin pudor las ambiciones secesionistas de éstos, que a día de hoy, no se ocultan a nadie. En la última legislatura el gobierno de España ha llegado al extremo de pactar con una formación política activa y declaradamente antiespañola, rondando el paroxismo del absurdo político. Todo vale con tal de evitar que en la silla del presidente esté sentado el adversario.
Uno de los mayores triunfos del nacionalismo separatista es haber logrado identificarse con cierta izquierda, en un singular juego malabar de demagogia populista. No nos engañemos: el nacionalismo separatista no es de izquierda. Todo lo contrario: tiene más en común con la limpieza étnica, lingüística, la xenofobia, la exclusión y la insolidaridad. El nacionalismo separatista está más próximo a la extrema derecha, a veces rayano en el totalitarismo y el fascismo. Pero su propaganda y demagogia ha conseguido convencer a muchos de lo contrario; desde el punto de vista estratégico no se puede negar su mérito.
Pero por fortuna aún hay en la vida pública mentes lúcidas a las que no se engaña con facilidad y han dicho basta, hasta aquí hemos llegado, así que debemos recibir el proyecto político que encabezan Rosa Díez y Fernando Sabater con el entusiasmo de una bocanada de aire fresco que acaba de entrar en el panorama nacional. La primera es una mujer de izquierdas, de un admirable coraje cívico, que ha mostrado siempre una coherencia e integridad inquebrantable, experta en nadar a contracorriente y una luchadora a prueba de bombas, casi en sentido literal. El segundo es un enorme sabio, un filósofo progresista que además posee la excelencia de la pedagogía y la claridad, virtud que Ortega calificaba como la mayor cortesía del filósofo. Y a ambos les une el compromiso innegociable en la lucha por la libertad de todos, unos verdaderos románticos de la justicia. Una especie de seres humanos en vías de extinción.
Así que los grandes partidos se han puesto a temblar, y no es de extrañar que les lluevan insultos, calumnias, descalificaciones de todos los lados. Los nacionalistas porque alguien, de izquierda de verdad, les desenmascara sin piedad y pone en evidencia su mísero patriotismo aldeano. La derecha porque Rosa y Fernando hablan de una España en términos bastante más racionales e integradores que ellos, y corren el riesgo de perder un monopolio que tan bien han manipulado. Y los socialistas porque ven peligrar la parte de su pastel electoral de todos sus militantes desencantados y traicionados, que son legión, así que prefieren tildarlos de derechistas, resentidos, o los improperios que más les puedan zaherir.
Rosa, Fernando: os temen. Ladran, luego cabalgáis. Adelante y feliz singladura.
Reyes quemados
No seré yo quien ose dilucidar sobre las venturas o inconvenientes de contar en nuestro país con reyes, príncipes, princesas, infantas, y demás personajes propios de la literatura infantil y que me recuerdan con nostalgia los cuentos de mi niñez. Tampoco se me ocurrirá dudar de lo ventajoso que resulta que la jefatura del Estado de un país se herede por cuestión sanguínea, como si fuera un piso en Burgos, pues expertos en Historia y políticos de peso, a los que no se me ocurrirá enmendar la plana, dicen que en España es muy bueno para nosotros, los españoles. Yo no lo acabo de entender, pero tampoco entiendo bien porqué el potasio es beneficioso para la circulación arterial y sin embargo no dudo de sus bondades. Doctores tiene la Iglesia.
Pero aún menos entiendo la que se ha armado porque un grupo de mozalbetes que seguramente saben de Historia menos que yo –que ya es decir- quemen en plaza pública de una ciudad catalana una fotografía de Sus Majestades. Los palestinos queman banderas de Israel, los israelíes de los palestinos, la bandera americana es quemada en medio mundo –incluso en Estados Unidos-, los culés queman símbolos del Madrid y los madridistas queman los del Barça. Ojalá fueran estos los mayores males que unos seres humanos pudieran infligir a otros. Pasar el símbolo del enemigo por el fuego purificador es uno de los métodos más tradicionales de expresar el repudio y el antagonismo, y las ideas, por memas que éstas sean, son libres y están permitidas en nuestro país. Basta con encender la tele cualquier día y a cualquier hora y verán la cantidad de estulticia y mentecatez que se airea por todas partes sin que por ello los idiotas célebres acaben en la Audiencia Nacional.
Y aún más me cuesta entender que a este puñado de alegres pirómanos se les eleve a la gloria de los altares revolucionarios, merced no a una acción que tiene para ellos menos riesgo físico y legal que robar una chocolatina en un supermercado, sino a la actuación de un fiscal y unos medios de comunicación que les han proporcionado, gratis total, una gloria y estrellato a todas luces inmerecidos.
Los dos encapuchados que iniciaron en Gerona el aquelarre real, gracias a la repercusión que su “heroica acción revolucionaria” ha alcanzado en los medios de comunicación con ayuda de la fiscalía, se han convertido para sus acólitos en cheguevaras de barretina, y los líderes del rebaño, sus pastores de ERC, se frotan las manos ante la dosis de victimismo que los fiscales les han regalado por la cara. Difícil superar el rédito político y publicitario que los nacionalistas radicales han obtenido por encender una cerilla y quemar una foto. Portadas en los periódicos, apertura de telediarios, la solidaridad en cadena de los suyos y un buen repertorio de vocablos panfletarios con que ilustrar su obsesivo victimismo: represión, fascismo, opresión española, y toda la retahíla de conceptos imaginarios con que suelen ilustrar su limitado diccionario político.
La reacción en cadena no se hizo esperar, y tras ser llamado a declarar por la cremación de marras uno de los chicos de la capucha, los pirómanos se multiplicaron y no había un catalán nacionalista republicano que se preciase de tal que no quemase su fotito real, con cámaras y fotógrafos como testigos. Por si los cachorros de ERC no hubiesen alcanzado suficiente celebridad y prestigio, no se le ocurre algo mejor al fiscal que conminar a los fotógrafos de prensa a entregarle el material para identificar a los quemadores de fotos, esta vez a puñados, requerimiento cuya legalidad parece más que dudosa en nuestros días, pero en fin, supongo que él sabrá más que yo de esto, que para eso es fiscal.
A estos chavales les hubiera venido bien una multa por hacer fuego en la calle, que alguna ordenanza municipal habrá que lo prohíba, y aquí paz y después gloria. Y para su pesar el asunto no habría salido de la plaza de su pueblo. Pero la fiscalía y los medios de comunicación les han lanzado al estrellato y cubierto de solidaridad y fama entre sus acólitos. Los líderes nacionalistas de ERC son habilísimos en la manipulación a su favor de cualquier cosa que suceda en Cataluña: apagones de luz, retrasos de trenes o que al Barça le piten un penalti en contra, todo sirve para la causa independentista; no digamos una buena oleada de “represión” desde Madrid. Se lo han puesto a huevo, que diría un castizo. Así que Carod y compañía están que no caben en sí de gozo y se frotan las manos mientras hacen caja electoral del episodio.
Les ha salido redondo a los nacionalistas el asunto de la pira real.
Pero aún menos entiendo la que se ha armado porque un grupo de mozalbetes que seguramente saben de Historia menos que yo –que ya es decir- quemen en plaza pública de una ciudad catalana una fotografía de Sus Majestades. Los palestinos queman banderas de Israel, los israelíes de los palestinos, la bandera americana es quemada en medio mundo –incluso en Estados Unidos-, los culés queman símbolos del Madrid y los madridistas queman los del Barça. Ojalá fueran estos los mayores males que unos seres humanos pudieran infligir a otros. Pasar el símbolo del enemigo por el fuego purificador es uno de los métodos más tradicionales de expresar el repudio y el antagonismo, y las ideas, por memas que éstas sean, son libres y están permitidas en nuestro país. Basta con encender la tele cualquier día y a cualquier hora y verán la cantidad de estulticia y mentecatez que se airea por todas partes sin que por ello los idiotas célebres acaben en la Audiencia Nacional.
Y aún más me cuesta entender que a este puñado de alegres pirómanos se les eleve a la gloria de los altares revolucionarios, merced no a una acción que tiene para ellos menos riesgo físico y legal que robar una chocolatina en un supermercado, sino a la actuación de un fiscal y unos medios de comunicación que les han proporcionado, gratis total, una gloria y estrellato a todas luces inmerecidos.
Los dos encapuchados que iniciaron en Gerona el aquelarre real, gracias a la repercusión que su “heroica acción revolucionaria” ha alcanzado en los medios de comunicación con ayuda de la fiscalía, se han convertido para sus acólitos en cheguevaras de barretina, y los líderes del rebaño, sus pastores de ERC, se frotan las manos ante la dosis de victimismo que los fiscales les han regalado por la cara. Difícil superar el rédito político y publicitario que los nacionalistas radicales han obtenido por encender una cerilla y quemar una foto. Portadas en los periódicos, apertura de telediarios, la solidaridad en cadena de los suyos y un buen repertorio de vocablos panfletarios con que ilustrar su obsesivo victimismo: represión, fascismo, opresión española, y toda la retahíla de conceptos imaginarios con que suelen ilustrar su limitado diccionario político.
La reacción en cadena no se hizo esperar, y tras ser llamado a declarar por la cremación de marras uno de los chicos de la capucha, los pirómanos se multiplicaron y no había un catalán nacionalista republicano que se preciase de tal que no quemase su fotito real, con cámaras y fotógrafos como testigos. Por si los cachorros de ERC no hubiesen alcanzado suficiente celebridad y prestigio, no se le ocurre algo mejor al fiscal que conminar a los fotógrafos de prensa a entregarle el material para identificar a los quemadores de fotos, esta vez a puñados, requerimiento cuya legalidad parece más que dudosa en nuestros días, pero en fin, supongo que él sabrá más que yo de esto, que para eso es fiscal.
A estos chavales les hubiera venido bien una multa por hacer fuego en la calle, que alguna ordenanza municipal habrá que lo prohíba, y aquí paz y después gloria. Y para su pesar el asunto no habría salido de la plaza de su pueblo. Pero la fiscalía y los medios de comunicación les han lanzado al estrellato y cubierto de solidaridad y fama entre sus acólitos. Los líderes nacionalistas de ERC son habilísimos en la manipulación a su favor de cualquier cosa que suceda en Cataluña: apagones de luz, retrasos de trenes o que al Barça le piten un penalti en contra, todo sirve para la causa independentista; no digamos una buena oleada de “represión” desde Madrid. Se lo han puesto a huevo, que diría un castizo. Así que Carod y compañía están que no caben en sí de gozo y se frotan las manos mientras hacen caja electoral del episodio.
Les ha salido redondo a los nacionalistas el asunto de la pira real.
17 de septiembre de 2007
Colombo y los McCann
Confieso que siempre he sido un apasionado de la histórica teleserie Colombo. El personaje magistralmente encarnado por Peter Falk, aquel detective incorregiblemente despistado, de ascendencia italiana, aspecto descuidado, eterna gabardina raída, omnipresente puro en la boca (incluso en aquellos tiempos ya le regañaban por fumar en las casas, qué premonitorio), desaliñado, voz cazallera y rota, modales torpes, hablar lento y entrecortado, con aspecto de infeliz pordiosero. Un perfecto antihéroe, chaparro, despeinado, sin afeitar, desplazándose por la ciudad con un cacharro de cuatro ruedas viejo y destartalado, que contrastaba siempre con la impecable presencia de sus antagonistas, elegantes, ricos y refinados, que conducían imponentes descapotables o espectaculares limosinas.
La estructura de la serie siempre era similar: se producía un crimen en un ambiente exclusivo, muchas veces aristocrático. Nuestro singular y desaliñado detective, al que se le asignaba el caso, deambulaba despistado por lujosas mansiones, entre mayordomos y doncellas, y a duras penas accedía a los familiares y allegados de la víctima, personas de alta alcurnia cuyo hondísimo pesar por la reciente y trágica pérdida nunca les hacía perder sus exquisitos modales. Miraban al entrañable Colombo con conmiseración, y le trataban con desdén y displicencia, más como a un criado que como al responsable de la investigación. En el fondo estaban encantados de que les hubieran enviado para desentrañar la trama a un detective tan torpe y malhadado, que iba tropezando entre vasijas de porcelana y candelabros, pues entre esos allegados de la víctima, aparentemente destrozados por el dolor, estaba indefectiblemente el criminal. Luego resultaba que ese detective tosco y bonachón que parecía memo era un lince de mucho cuidado, y siempre pillaba al asesino que se quedaba con tres palmos de narices.
Los guiones eran excelentes, y tanto la preparación del crimen como la ocultación de su autoría se ejecutaban con una meticulosidad absoluta, con un cálculo milimétrico, con el enrevesamiento exagerado propio de la ficción, pues ficción era y como tal la disfrutábamos sus incondicionales. Los guiones guardaban un relativo equilibrio entre lo difícilmente posible y lo descaradamente fantástico, y ese componente de exageración era parte indudable de su éxito.
Si algún capítulo de Colombo hubiera comenzado con un matrimonio de prestigiosos médicos, jóvenes, ricos y bien parecidos, que denuncian la desaparición de su hija de seis años mientras veraneaban en una exclusiva playa, hubiera podido encajar con el perfil de un guión típico de la serie, aunque algo despiadado, pues la víctima no recuerdo que nunca fuera un niño. Ahora bien, si los padres organizaran una campaña mediática de búsqueda de la niña a nivel planetario, involucrando a gobiernos, televisiones, países enteros y al mismo Papa de Roma mientras recaudaban millones de euros de donaciones, el espectador empezaría a tildar al guionista de exagerado y hasta el más audaz televidente habría descartado en sus predicciones a la encantadora pareja como posibles sospechosos de tamaña crueldad. Nadie hubiese creído capaces a unos padres ejemplares de una teatralidad tan perfecta y de una conspiración tan elaborada y maquiavélica. Totalmente imposible, habría vaticinado el espectador.
Y si después en la misma serie aparecieran restos de sangre de la niña disimulados en las paredes de su apartamento o en el maletero del coche que la adorable pareja de padres ejemplares habían alquilado dos semanas más tarde, habríamos despachado al guionista por delirante, y haber confundido el género policiaco con la ciencia-ficción.
Así que el ya celebérrimo caso de los McCann y la niña Madeleine, no es ya que supere por goleada a la ficción; es que la humilla, la ningunea y la deja en paños menores.
Escribo esto varios días antes de que se publique, con lo que puede que para cuando ustedes lo lean el episodio de Colombo más apasionante de la Historia haya dado un nuevo e inesperado giro que me siento absolutamente incapaz de predecir. En este punto se encuentra el thriller más seguido a nivel mundial en la historia de la televisión. En vivo y en directo, y en conexión simultánea con todos lo medios de comunicación del mundo. Así es ahora la aldea global de la que habló McLuhan en los años sesenta, pero que nunca siquiera soñó que llegara a los actuales extremos.
Lo realmente triste es que no es un thriller, ni una película de ciencia ficción, ni siquiera un reality show. Todo es descarnadamente real, y hay una niña de seis años desaparecida o muerta. Ojalá que el epílogo de la historia sea la aparición de la niña sana y salva, que además de ser el más cinematográfico de los posibles por su escasa verosimilitud, convertiría el mundo, por unos minutos, en un lugar una pizca más cuerdo y habitable.
La estructura de la serie siempre era similar: se producía un crimen en un ambiente exclusivo, muchas veces aristocrático. Nuestro singular y desaliñado detective, al que se le asignaba el caso, deambulaba despistado por lujosas mansiones, entre mayordomos y doncellas, y a duras penas accedía a los familiares y allegados de la víctima, personas de alta alcurnia cuyo hondísimo pesar por la reciente y trágica pérdida nunca les hacía perder sus exquisitos modales. Miraban al entrañable Colombo con conmiseración, y le trataban con desdén y displicencia, más como a un criado que como al responsable de la investigación. En el fondo estaban encantados de que les hubieran enviado para desentrañar la trama a un detective tan torpe y malhadado, que iba tropezando entre vasijas de porcelana y candelabros, pues entre esos allegados de la víctima, aparentemente destrozados por el dolor, estaba indefectiblemente el criminal. Luego resultaba que ese detective tosco y bonachón que parecía memo era un lince de mucho cuidado, y siempre pillaba al asesino que se quedaba con tres palmos de narices.
Los guiones eran excelentes, y tanto la preparación del crimen como la ocultación de su autoría se ejecutaban con una meticulosidad absoluta, con un cálculo milimétrico, con el enrevesamiento exagerado propio de la ficción, pues ficción era y como tal la disfrutábamos sus incondicionales. Los guiones guardaban un relativo equilibrio entre lo difícilmente posible y lo descaradamente fantástico, y ese componente de exageración era parte indudable de su éxito.
Si algún capítulo de Colombo hubiera comenzado con un matrimonio de prestigiosos médicos, jóvenes, ricos y bien parecidos, que denuncian la desaparición de su hija de seis años mientras veraneaban en una exclusiva playa, hubiera podido encajar con el perfil de un guión típico de la serie, aunque algo despiadado, pues la víctima no recuerdo que nunca fuera un niño. Ahora bien, si los padres organizaran una campaña mediática de búsqueda de la niña a nivel planetario, involucrando a gobiernos, televisiones, países enteros y al mismo Papa de Roma mientras recaudaban millones de euros de donaciones, el espectador empezaría a tildar al guionista de exagerado y hasta el más audaz televidente habría descartado en sus predicciones a la encantadora pareja como posibles sospechosos de tamaña crueldad. Nadie hubiese creído capaces a unos padres ejemplares de una teatralidad tan perfecta y de una conspiración tan elaborada y maquiavélica. Totalmente imposible, habría vaticinado el espectador.
Y si después en la misma serie aparecieran restos de sangre de la niña disimulados en las paredes de su apartamento o en el maletero del coche que la adorable pareja de padres ejemplares habían alquilado dos semanas más tarde, habríamos despachado al guionista por delirante, y haber confundido el género policiaco con la ciencia-ficción.
Así que el ya celebérrimo caso de los McCann y la niña Madeleine, no es ya que supere por goleada a la ficción; es que la humilla, la ningunea y la deja en paños menores.
Escribo esto varios días antes de que se publique, con lo que puede que para cuando ustedes lo lean el episodio de Colombo más apasionante de la Historia haya dado un nuevo e inesperado giro que me siento absolutamente incapaz de predecir. En este punto se encuentra el thriller más seguido a nivel mundial en la historia de la televisión. En vivo y en directo, y en conexión simultánea con todos lo medios de comunicación del mundo. Así es ahora la aldea global de la que habló McLuhan en los años sesenta, pero que nunca siquiera soñó que llegara a los actuales extremos.
Lo realmente triste es que no es un thriller, ni una película de ciencia ficción, ni siquiera un reality show. Todo es descarnadamente real, y hay una niña de seis años desaparecida o muerta. Ojalá que el epílogo de la historia sea la aparición de la niña sana y salva, que además de ser el más cinematográfico de los posibles por su escasa verosimilitud, convertiría el mundo, por unos minutos, en un lugar una pizca más cuerdo y habitable.
10 de septiembre de 2007
La tele no veranea
Aunque parece que en el verano el mundo se adormece y ralentiza, no es así. El globo terráqueo sigue girando al mismo ritmo, la gente sigue naciendo y muriendo, los bancos siguen cobrándonos la hipoteca, sin que nadie o nada tenga un ápice de misericordia con el paréntesis estival. Ni siquiera la televisión. Ese singular aparato omnipresente no sólo no nos concede una mínima tregua veraniega, sino que se aprovecha de que las neuronas del espectador (usted y yo, supongo) están aún más adormecidas de lo normal para dictarnos, con tiranía divina, la diferencia entre el bien y el mal, lo bueno y lo malo, lo importante de lo trivial. También siguen publicándose los periódicos, aunque muy adelgazados por el calor, que en las escasas hojas que sobreviven nos hacen una antológica síntesis de lo realmente sustancial. Supongo.
Así, a tenor de lo que veía en televisión estas vacaciones cada vez que la encendía, he sabido que uno de los acontecimientos más trascendentales que han acaecido en el planeta Tierra durante este verano ha sido una avería en el suministro eléctrico en Barcelona, que se ha prolongado hasta dos o tres días en algún barrio de la ciudad catalana. En efecto, durante esos días aciagos para la Humanidad, riadas de intrépidos periodistas asaltaban, cámara y micrófono en mano, a los desolados vecinos damnificados, y se producían entrevistas tan enjundiosas como estas, más o menos:
(Periodista gritona, con tono apocalíptico, rictus de solidaridad ante la tragedia):
“Usted lleva un día sin luz, ¿qué siente usted? Supongo que estará fatal, ¿no?”
(Vecina ojerosa, hundida por los acontecimientos, llorando sin consuelo)
“Esto es terrible, imagínese, he tenido que tirar la pescadilla y los boquerones que tenía congelados y mi marido no se ha podido afeitar, y ayer no puede ver el Tomate. ¡Esto es tercermundista!”
Pero no acabó aquí la pesadilla de estos devastados vecinos. Después pusieron generadores, y parece que su motor hacía ruido, el muy primitivo. Así que nuevo reportaje, vuelve la periodista apocalíptica, cámara en mano, a la vecina abatida:
“Pero, ¿cómo pueden ustedes dormir con este ruido? Debe de ser horrible, ¿no?”
“No te lo puedes imaginar, hija mía, nos hemos tenido que comprar tapones pa’ los oídos en la farmacia.¡Esto es espantoso, tercermundista!”
Tercermundista. Mientras tanto, en algún breve del noticiero, nos contaban deprisa que un par de docenas de civiles habían saltado por los aires en Irak -como todos los días-, que en Bolivia o Ecuador varias miles de familias viven (sí, viven, habitan) en un vertedero, sobreviviendo de la basura –como todos los días-. También en muchos lugares del mundo la noticia no habría sido estar dos días sin luz, sino tener luz durante dos días. O sencillamente tener alimento, ropa, agua corriente o un techo. Pero lo tercermundista en Barcelona es quedarse dos días sin electricidad y que se echen a perder los langostinos, o no tener aire acondicionado, con el calor que hacía. Qué tragedia, qué calamidad. Pero esa noticia vende; hay que aprovecharla.
Los medios de comunicación en general, y la televisión en particular, con su despótico poder, nos seleccionan la información y transforman un incidente más o menos importante en hecho trascendental en función de su interés como espectáculo. Somos carne del cañón de un sensacionalismo, unas veces simplemente frívolo, pero otras obsceno y hasta nauseabundo. Sólo es noticia lo circense, lo espectacular, lo que se ajusta a un marco atractivo para el guión televisivo e incremente las cuotas de audiencia.
Hace unos días quiso el destino que el mismo día falleciesen un joven futbolista, un brillante escritor y una docena de civiles en Afganistán. Todos los medios de comunicación, esta vez sin excepción, cubrieron los decesos de acuerdo con la necesidad de saciar el apetito voraz del espectador o lector. El primero había tenido la espectacularidad (en el sentido literal de la palabra) del más exigente de los guiones: desvanecimiento en el campo en directo, hombre joven y querido por todos, mujer embarazada, equipo de éxito, días de suspense hasta el triste final, así que su muerte abrió noticieros, fue titular destacado de todas las portadas de los periódicos y durante algunos días inundó de lágrimas televisión y prensa, en una especie de versión actualizada del heroico torero que muere en la plaza. No recuerdo un fallecimiento tan mediatizado desde el del Papa anterior, o el de la cantante Rocío Jurado. El segundo, importante escritor y mejor columnista, murió de enfermedad, ya a una cierta edad, y ocupó un breve espacio en los noticieros, un rincón en algunas portadas y reseñas en los obituarios y páginas culturales de los periódicos. Los terceros, los muertos de Afganistán, ocuparon un espacio mínimo en el interior de algún periódico y un breve en la sección de internacional de algunos telediarios. Dicho esto con mi mayor respeto y solidaridad con el sufrimiento de las familias y amigos de Antonio Puerta, Francisco Umbral y también los civiles de Afganistán, cuyos nombres nunca sabré. Que nadie me interprete mal: no hago una comparación entre la noticia del apagón de Barcelona y la muerte de seres humanos: el fin de una vida siempre ha sido y será un hecho tan natural como trascendental y doloroso. Hablo de sus coberturas mediáticas, no de sus muertes.
La televisión, con su criterio de espectacularidad y mercantilismo, selecciona la información, se nos infiltra en el pensamiento y nos impone una perversa escala de valores, de prioridades y de opinión. No hay poder tan doméstico y al tiempo tan peligroso. Que los dioses nos protejan de sus tentáculos.
Así, a tenor de lo que veía en televisión estas vacaciones cada vez que la encendía, he sabido que uno de los acontecimientos más trascendentales que han acaecido en el planeta Tierra durante este verano ha sido una avería en el suministro eléctrico en Barcelona, que se ha prolongado hasta dos o tres días en algún barrio de la ciudad catalana. En efecto, durante esos días aciagos para la Humanidad, riadas de intrépidos periodistas asaltaban, cámara y micrófono en mano, a los desolados vecinos damnificados, y se producían entrevistas tan enjundiosas como estas, más o menos:
(Periodista gritona, con tono apocalíptico, rictus de solidaridad ante la tragedia):
“Usted lleva un día sin luz, ¿qué siente usted? Supongo que estará fatal, ¿no?”
(Vecina ojerosa, hundida por los acontecimientos, llorando sin consuelo)
“Esto es terrible, imagínese, he tenido que tirar la pescadilla y los boquerones que tenía congelados y mi marido no se ha podido afeitar, y ayer no puede ver el Tomate. ¡Esto es tercermundista!”
Pero no acabó aquí la pesadilla de estos devastados vecinos. Después pusieron generadores, y parece que su motor hacía ruido, el muy primitivo. Así que nuevo reportaje, vuelve la periodista apocalíptica, cámara en mano, a la vecina abatida:
“Pero, ¿cómo pueden ustedes dormir con este ruido? Debe de ser horrible, ¿no?”
“No te lo puedes imaginar, hija mía, nos hemos tenido que comprar tapones pa’ los oídos en la farmacia.¡Esto es espantoso, tercermundista!”
Tercermundista. Mientras tanto, en algún breve del noticiero, nos contaban deprisa que un par de docenas de civiles habían saltado por los aires en Irak -como todos los días-, que en Bolivia o Ecuador varias miles de familias viven (sí, viven, habitan) en un vertedero, sobreviviendo de la basura –como todos los días-. También en muchos lugares del mundo la noticia no habría sido estar dos días sin luz, sino tener luz durante dos días. O sencillamente tener alimento, ropa, agua corriente o un techo. Pero lo tercermundista en Barcelona es quedarse dos días sin electricidad y que se echen a perder los langostinos, o no tener aire acondicionado, con el calor que hacía. Qué tragedia, qué calamidad. Pero esa noticia vende; hay que aprovecharla.
Los medios de comunicación en general, y la televisión en particular, con su despótico poder, nos seleccionan la información y transforman un incidente más o menos importante en hecho trascendental en función de su interés como espectáculo. Somos carne del cañón de un sensacionalismo, unas veces simplemente frívolo, pero otras obsceno y hasta nauseabundo. Sólo es noticia lo circense, lo espectacular, lo que se ajusta a un marco atractivo para el guión televisivo e incremente las cuotas de audiencia.
Hace unos días quiso el destino que el mismo día falleciesen un joven futbolista, un brillante escritor y una docena de civiles en Afganistán. Todos los medios de comunicación, esta vez sin excepción, cubrieron los decesos de acuerdo con la necesidad de saciar el apetito voraz del espectador o lector. El primero había tenido la espectacularidad (en el sentido literal de la palabra) del más exigente de los guiones: desvanecimiento en el campo en directo, hombre joven y querido por todos, mujer embarazada, equipo de éxito, días de suspense hasta el triste final, así que su muerte abrió noticieros, fue titular destacado de todas las portadas de los periódicos y durante algunos días inundó de lágrimas televisión y prensa, en una especie de versión actualizada del heroico torero que muere en la plaza. No recuerdo un fallecimiento tan mediatizado desde el del Papa anterior, o el de la cantante Rocío Jurado. El segundo, importante escritor y mejor columnista, murió de enfermedad, ya a una cierta edad, y ocupó un breve espacio en los noticieros, un rincón en algunas portadas y reseñas en los obituarios y páginas culturales de los periódicos. Los terceros, los muertos de Afganistán, ocuparon un espacio mínimo en el interior de algún periódico y un breve en la sección de internacional de algunos telediarios. Dicho esto con mi mayor respeto y solidaridad con el sufrimiento de las familias y amigos de Antonio Puerta, Francisco Umbral y también los civiles de Afganistán, cuyos nombres nunca sabré. Que nadie me interprete mal: no hago una comparación entre la noticia del apagón de Barcelona y la muerte de seres humanos: el fin de una vida siempre ha sido y será un hecho tan natural como trascendental y doloroso. Hablo de sus coberturas mediáticas, no de sus muertes.
La televisión, con su criterio de espectacularidad y mercantilismo, selecciona la información, se nos infiltra en el pensamiento y nos impone una perversa escala de valores, de prioridades y de opinión. No hay poder tan doméstico y al tiempo tan peligroso. Que los dioses nos protejan de sus tentáculos.
8 de julio de 2007
Pobres de importación
Qué lujo que haya pobres. Qué lujo para los países ricos poder recibir riadas de inmigrantes pobres que huyendo de la miseria vienen al primer mundo. Y concretamente al nuestro, recientemente unido al selecto club, a donde llegan estos famélicos de lugares ignotos para alegrarnos la vida con su trabajo y su colorido. Indios, chinos, negros, moros, rumanos, ucranianos. Da gusto ver las calles de las grandes ciudades, tan cosmopolitas ellas, con ese babel de lenguas y acentos y ese caleidoscopio de colores y razas.
Qué lujo, porque los pobres de importación nos friegan los platos, nos llevan los niños al colegio, nos cuidan a los viejos, nos barren la porquería, nos pintan la casa, nos planchan la ropa, nos recogen la basura, nos limpian las letrinas. Qué lujo. Eso antes no pasaba; esos trabajos tan feos, desagradables y mal pagados nos los teníamos que hacer nosotros, qué asco.
Qué lujo, porque además esos inmigrantes, tan primitivos y tribales ellos, les da por el fornicio y la perpetuación de la especie bastante más que a los nacionales y nos llenan el país de cachorros, con lo que, miren ustedes por dónde, tendremos asegurada la mano de obra renovada y los cotizantes a la Seguridad Social para cuando nosotros estemos babeando en el asilo. Y además estos retoños exóticos son churumbeles de todos los colores y etnias, con lo que nuestro paisanaje gana mucho en estética. A la monotonía de la imagen del español cetrino y achaparrado hay que añadir ahora los rasgos indígenas, los labios gruesos, los cabellos crespos, las pieles negras y los ojos oblicuos. Y los rubitos ojicelestes de la Europa del Este. Puro Benetton o Calvin Klein, qué bonito.
Pero para lujo lujo, los inmigrantes sin papeles. Esto es el chollo de nuestro tiempo. A poco espabilado que sea un patrón con buenas luces y mediana astucia, se consigue media docena de negritos y rumanos indocumentados y se monta la empresa pirata del siglo. Obras, reformas, construcción, limpieza, cualquier cosa. Ellos trabajan y callan, y cobrar…lo justito o un poco menos. Aunque si el generoso empresario hispano sufre una sobredosis de granujería y no anda sobrado de escrúpulos, cosa nada infrecuente, cuando el currito exótico ha acabado la faena, adiós muy buenas y si te he visto no me acuerdo. ¿Dinero por el curro? No hombre, no, esto es para que aprendas y adquieras práctica. ¿No te he pagado ya un bocata? Y no te quejes, que peor lo pasabas en tu país. Qué manera de hacer caja. Qué chollo, qué lujo.
Todavía más ventajas ofrecen las mujeres sin papeles. Qué lujo de burdeles, con meretrices de todos los tamaños, edades, colores y formas. Qué lujo, estas exuberantes hembras, que gracias a su pobreza de allí y a las mafias de allí y de aquí multiplican la oferta, aumentan la calidad y abaratan el kilo de carne fresca. Proxenetas nacionales y de importación están de enhorabuena, qué manera de contar euros al rayar el alba, qué lujo.
Y por si fuera poco, ahora también los inmigrantes nos ponen el patriotismo castrense. Hace tiempo que el “todo por la patria” dejó de hacer furor entre los nativos, y el toque de corneta hoy en día levanta a pocos ibéricos del catre. Y como “el todo por la patria” se cambió por el “todo por la pasta” y la pasta era más bien poca, los españolitos de a pie no se volvieron locos precisamente por vestir de caqui. Así que, otra vez, qué lujo que haya pobres del otro lado del charco dispuestos a hacerlo, enarbolar una bandera ajena y morir por ella en el Líbano, si hace falta.
¡Y pensar que aún hay gente que no los quiere aquí, que quiere que se vayan! No, no es que sean racistas o xenófobos. Son simplemente gilipollas. O tal vez ambas cosas.
Qué lujo, porque los pobres de importación nos friegan los platos, nos llevan los niños al colegio, nos cuidan a los viejos, nos barren la porquería, nos pintan la casa, nos planchan la ropa, nos recogen la basura, nos limpian las letrinas. Qué lujo. Eso antes no pasaba; esos trabajos tan feos, desagradables y mal pagados nos los teníamos que hacer nosotros, qué asco.
Qué lujo, porque además esos inmigrantes, tan primitivos y tribales ellos, les da por el fornicio y la perpetuación de la especie bastante más que a los nacionales y nos llenan el país de cachorros, con lo que, miren ustedes por dónde, tendremos asegurada la mano de obra renovada y los cotizantes a la Seguridad Social para cuando nosotros estemos babeando en el asilo. Y además estos retoños exóticos son churumbeles de todos los colores y etnias, con lo que nuestro paisanaje gana mucho en estética. A la monotonía de la imagen del español cetrino y achaparrado hay que añadir ahora los rasgos indígenas, los labios gruesos, los cabellos crespos, las pieles negras y los ojos oblicuos. Y los rubitos ojicelestes de la Europa del Este. Puro Benetton o Calvin Klein, qué bonito.
Pero para lujo lujo, los inmigrantes sin papeles. Esto es el chollo de nuestro tiempo. A poco espabilado que sea un patrón con buenas luces y mediana astucia, se consigue media docena de negritos y rumanos indocumentados y se monta la empresa pirata del siglo. Obras, reformas, construcción, limpieza, cualquier cosa. Ellos trabajan y callan, y cobrar…lo justito o un poco menos. Aunque si el generoso empresario hispano sufre una sobredosis de granujería y no anda sobrado de escrúpulos, cosa nada infrecuente, cuando el currito exótico ha acabado la faena, adiós muy buenas y si te he visto no me acuerdo. ¿Dinero por el curro? No hombre, no, esto es para que aprendas y adquieras práctica. ¿No te he pagado ya un bocata? Y no te quejes, que peor lo pasabas en tu país. Qué manera de hacer caja. Qué chollo, qué lujo.
Todavía más ventajas ofrecen las mujeres sin papeles. Qué lujo de burdeles, con meretrices de todos los tamaños, edades, colores y formas. Qué lujo, estas exuberantes hembras, que gracias a su pobreza de allí y a las mafias de allí y de aquí multiplican la oferta, aumentan la calidad y abaratan el kilo de carne fresca. Proxenetas nacionales y de importación están de enhorabuena, qué manera de contar euros al rayar el alba, qué lujo.
Y por si fuera poco, ahora también los inmigrantes nos ponen el patriotismo castrense. Hace tiempo que el “todo por la patria” dejó de hacer furor entre los nativos, y el toque de corneta hoy en día levanta a pocos ibéricos del catre. Y como “el todo por la patria” se cambió por el “todo por la pasta” y la pasta era más bien poca, los españolitos de a pie no se volvieron locos precisamente por vestir de caqui. Así que, otra vez, qué lujo que haya pobres del otro lado del charco dispuestos a hacerlo, enarbolar una bandera ajena y morir por ella en el Líbano, si hace falta.
¡Y pensar que aún hay gente que no los quiere aquí, que quiere que se vayan! No, no es que sean racistas o xenófobos. Son simplemente gilipollas. O tal vez ambas cosas.
We are the champions
Cuando lean ustedes estás líneas -que escribo dos días antes- media España estará triste y abatida mientras que la otra media estará exultante y dando botes de alegría. La mayoría, si no todos, los periódicos nacionales dedicarán su portada al gran acontecimiento del día anterior. Muchísimos hombres y no pocas mujeres de este país nuestro no habrán (habremos, probablemente) dormido, unos debido a celebraciones y resacas y otros por el cabreo monumental de lo que pudo haber sido y no fue, y otros –víctimas inocentes del delirio colectivo- como efecto colateral de los bocinazos de los coches que irán festejando, banderas enarboladas, lo que considerarán el acontecimiento del año. Sí, ya saben que no estoy hablando del descubrimiento de una vacuna contra el cáncer, o del cese de hostilidades entre israelíes y palestinos, ni tan siquiera de la entrega de las armas de los asesinos etarras, sino del campeón de la liga española de fútbol: Real Madrid, Barcelona o, muy improbablemente, Sevilla. Reconozcamos que no es para menos.
Se tiende a considerar el fútbol como una religión contemporánea, capaz de desatar las pasiones más fervorosas. Pero la atención que concita este deporte-espectáculo suele desbordar con creces la que despierta socialmente cualquier religión o credo, incluso para sus más piadosos seguidores. La fidelidad a un equipo de fútbol supera a la de cualquier otro ámbito de la condición humana: uno puede cambiar de amigos, de mujer, marido o amante, de partido o ideología política, de ciudad, de país o nacionalidad, de religión o incluso de sexo, pero resulta excepcional que alguien cambie de equipo de fútbol. Personalmente no conozco a nadie que lo haya hecho.
El concepto de pertenencia a un determinado equipo, a unos “colores”, resulta de singular fortaleza, y la indulgencia que los aficionados más radicales sienten hacia los sacerdotes de este credo más o menos deportivo no es comparable con ningún otro ámbito de la realidad cotidiana. Un ciudadano de a pie se quejará amargamente de la subida del pan o la factura del gas, pero después pagará hasta 500 euros por ver en directo hora y media de fútbol en un partido trascendental de su equipo favorito. El mismo ciudadano mirará con recelo un sueldo de 3.000 ó 4.000 euros de un parlamentario, pero hará reverencias e idolatrará al futbolista que gana millones de euros si es capaz de meter una pierna en el último minuto que marque el gol que le transporte a la gloria. El dios balón obnubila la mente y ofusca la razón, como una droga que no deja aparentes secuelas físicas y es universalmente aceptada en todas las sociedades. Viva el fútbol.
Pero dentro del sentido de comunión con un imaginario colectivo, llamado Real Madrid o Barcelona, lo más llamativo es la falta de vinculación objetiva o natural de la mayor parte de los aficionados con el equipo de su elección. Se “sienten” los colores de un equipo u otro de manera irracional, como si el aficionado fuese merengue o culé por un designio del destino o por una vocación trascendental que sentimos pero no comprendemos del todo. ¿Por qué el hincha se siente del Real Madrid o del Barcelona, aunque no haya nacido o ni siquiera conozca estas ciudades? ¿Por qué con frecuencia se vive con más pasión la trayectoria de estos equipos que la del local, sea éste el Ceuta, el Murcia o el Villarreal, por ejemplo?
Supongo que es porque son muy grandes, son muy poderosos, su historia está plagada de victorias y gestas, son muy célebres y prestigiosos, y son conocidos en todos los rincones del planeta. Y en el fondo a uno le gusta pertenecer a esa comunidad mundial, identificarse con el héroe, con el ganador, y pensar que cuando hablan del campeón están hablando de uno. Pensar que yo realmente pertenezco al equipo, que yo participé en la consecución del título, que yo, modesta persona cuyo nombre real e individual nunca figurará en las enciclopedias ni pasará a la posteridad, estaré sin embargo representado por mi equipo ante la Historia, ante al que hoy se rinden millones de personas de todo el mundo. Que esa heroicidad de la que hoy hablan todos los periódicos en el fondo es mía, me pertenece, yo tuve algo o mucho que ver en ese logro, mientras me desgañitaba en el bar delante del televisor para ayudar, con mi aliento, a que ese balón de cuero traspasara la línea de la portería enemiga. Así que hoy, cuando ustedes tengan la amabilidad de leer estas líneas, sepan que este modesto juntador de palabras es uno de los campeones de la Liga española de fútbol 2006-2007, y que estaré, por tanto, inexplicablemente feliz. O infeliz, que todo puede pasar, pero que conste que yo habré hecho todo lo posible porque la Liga la ganemos “nosotros”, los campeones. We are the champions. Que nadie me escatime méritos.
Se tiende a considerar el fútbol como una religión contemporánea, capaz de desatar las pasiones más fervorosas. Pero la atención que concita este deporte-espectáculo suele desbordar con creces la que despierta socialmente cualquier religión o credo, incluso para sus más piadosos seguidores. La fidelidad a un equipo de fútbol supera a la de cualquier otro ámbito de la condición humana: uno puede cambiar de amigos, de mujer, marido o amante, de partido o ideología política, de ciudad, de país o nacionalidad, de religión o incluso de sexo, pero resulta excepcional que alguien cambie de equipo de fútbol. Personalmente no conozco a nadie que lo haya hecho.
El concepto de pertenencia a un determinado equipo, a unos “colores”, resulta de singular fortaleza, y la indulgencia que los aficionados más radicales sienten hacia los sacerdotes de este credo más o menos deportivo no es comparable con ningún otro ámbito de la realidad cotidiana. Un ciudadano de a pie se quejará amargamente de la subida del pan o la factura del gas, pero después pagará hasta 500 euros por ver en directo hora y media de fútbol en un partido trascendental de su equipo favorito. El mismo ciudadano mirará con recelo un sueldo de 3.000 ó 4.000 euros de un parlamentario, pero hará reverencias e idolatrará al futbolista que gana millones de euros si es capaz de meter una pierna en el último minuto que marque el gol que le transporte a la gloria. El dios balón obnubila la mente y ofusca la razón, como una droga que no deja aparentes secuelas físicas y es universalmente aceptada en todas las sociedades. Viva el fútbol.
Pero dentro del sentido de comunión con un imaginario colectivo, llamado Real Madrid o Barcelona, lo más llamativo es la falta de vinculación objetiva o natural de la mayor parte de los aficionados con el equipo de su elección. Se “sienten” los colores de un equipo u otro de manera irracional, como si el aficionado fuese merengue o culé por un designio del destino o por una vocación trascendental que sentimos pero no comprendemos del todo. ¿Por qué el hincha se siente del Real Madrid o del Barcelona, aunque no haya nacido o ni siquiera conozca estas ciudades? ¿Por qué con frecuencia se vive con más pasión la trayectoria de estos equipos que la del local, sea éste el Ceuta, el Murcia o el Villarreal, por ejemplo?
Supongo que es porque son muy grandes, son muy poderosos, su historia está plagada de victorias y gestas, son muy célebres y prestigiosos, y son conocidos en todos los rincones del planeta. Y en el fondo a uno le gusta pertenecer a esa comunidad mundial, identificarse con el héroe, con el ganador, y pensar que cuando hablan del campeón están hablando de uno. Pensar que yo realmente pertenezco al equipo, que yo participé en la consecución del título, que yo, modesta persona cuyo nombre real e individual nunca figurará en las enciclopedias ni pasará a la posteridad, estaré sin embargo representado por mi equipo ante la Historia, ante al que hoy se rinden millones de personas de todo el mundo. Que esa heroicidad de la que hoy hablan todos los periódicos en el fondo es mía, me pertenece, yo tuve algo o mucho que ver en ese logro, mientras me desgañitaba en el bar delante del televisor para ayudar, con mi aliento, a que ese balón de cuero traspasara la línea de la portería enemiga. Así que hoy, cuando ustedes tengan la amabilidad de leer estas líneas, sepan que este modesto juntador de palabras es uno de los campeones de la Liga española de fútbol 2006-2007, y que estaré, por tanto, inexplicablemente feliz. O infeliz, que todo puede pasar, pero que conste que yo habré hecho todo lo posible porque la Liga la ganemos “nosotros”, los campeones. We are the champions. Que nadie me escatime méritos.
Bouchra
Seguramente muchos de ustedes ya han oído hablar de Bouchra. Es una niña de once años que desde el pasado 22 de marzo vive en Ceuta, entre nosotros. Pero no es una vecina más: padece una grave encefalopatía y la única casa que ha conocido desde que entró en nuestra ciudad es una habitación del Hospital de la Cruz Roja.
He sabido de esta niña de ojos negros y brillantes por medio de Maribel Lorente, presidenta de la Asociación Digmun, en donde realizan un admirable trabajo en beneficio de la dignidad de la infancia y que se han volcado con ella desde el primer día que tuvieron conocimiento de sus trágicas circunstancias. Hace un par de semanas que Dignum ya publicó en estas páginas un artículo sobre el caso.
Al parecer hasta hace unos meses Bouchra, que es diabética, vivía en las montañas de Tetuán, cuidada por su madre, quien le proporcionaba la insulina que necesitaba a diario. Hace dos meses que su madre murió de forma repentina, y al poco de morir ésta Bouchra padeció una descomposición grave de su diabetes, lo que le acabó produciendo la encefalopatía que ahora padece y que la ha convertido en un ser totalmente dependiente, con sus extremidades inmovilizadas y la mirada perdida hacia el infinito.
Entró en Ceuta sin otro pasaporte ni visado que los brazos desesperados de su padre, que acudió a nuestra ciudad apurando el último aliento por salvarle la vida. Y los ceutíes han estado a la altura de las circunstancias: el personal sanitario del Hospital de la Cruz Roja se ha vaciado en atenciones médicas y humanitarias, ha rodeado a Bouchra y a lo que queda de su familia de todo el cariño, afecto y dedicación que estos grandes profesionales y mejores seres humanos son capaces de dar, que no es precisamente poco.
Pero parece que la generosidad de los ceutíes de bien, que nunca miraron el pasaporte de Bouchra, sino a su corazón y su cuerpo desvalido e inerte, no tiene la debida continuidad en sus representantes políticos y administrativos. Me consta que en la Asociación Digmun han movido Roma con Santiago para que Bouchra pueda tener los cuidados que precisará cuando abandone el Hospital. Cuidados que, con toda seguridad, sólo podrá tener en nuestro país. Han llamado a todas las puertas oficiales de Ceuta y otros lugares de España para que Bouchra se pueda quedar entre nosotros en un centro en donde le puedan dispensar las atenciones médicas y afectivas necesarias, sin ningún resultado. Qué pena, qué vergüenza. La razón es tan obvia para la Administración como incomprensible sería para la pequeña Bouchra, si aún pudiera discernir: ella es marroquí, no española.
Sé que el caso de Bouchra no es único; hay miles de niños en condiciones similares o parecidas diseminados por la geografía de tantos países en los que si la comida y el techo son un lujo, la atención digna a un niño dependiente es una utopía. Aunque a todos nos toca nuestra ración de culpa, sé que nuestro país no podría ocuparse de todos ellos y nada más lejos de mi intención que hacer demagogia con algo tan delicado. Pero Bouchra ya es de los nuestros, porque lo son los ceutíes que le han salvado una vida que a partir de ahora también necesita de una dignidad que Ceuta, o España, o nuestro opulento primer mundo tiene unos medios para proporcionar que nuestros vecinos no tienen. Si somos solidarios y acogemos a los adultos y niños que llegan en cayucos huyendo del hambre desde el África subsahariana, acojamos también a Bouchra, que llamó a las puertas de Ceuta huyendo de la muerte.
Y si los generosos y solidarios ceutíes del Hospital de la Cruz Roja o de la Asociación Digmun no han mirado el pasaporte de Bouchra para darlo todo por ella, no deberían hacerlo tampoco sus representantes políticos, sobre todo aquellos que hace una semana brindaban con tanto fervor y entusiasmo por la confianza que el pueblo les había otorgado.
El Sr. Vivas, brillante y legítimo vencedor de las pasadas elecciones, dijo que al día siguiente debía comenzar a trabajar. Sr. Vivas, le voy a pedir que empiece por Bouchra. Búsquele un resquicio a la Ley, que seguro que se lo sabrá encontrar. Descuelgue teléfonos, haga llamadas, realice gestiones. El pueblo de Ceuta, que de forma abrumadora ha confiado en usted, se lo agradecerá, estoy seguro. Y Bouchra, su padre y sus hermanos mucho más. Que no permitan nuestros representantes que el escudo del pasaporte de Bouchra le impida disfrutar, en lo posible, de una infancia digna. El humanitarismo y la solidaridad no entienden de colores de banderas. Y mucho menos la mirada triste y extraviada de Bouchra.
He sabido de esta niña de ojos negros y brillantes por medio de Maribel Lorente, presidenta de la Asociación Digmun, en donde realizan un admirable trabajo en beneficio de la dignidad de la infancia y que se han volcado con ella desde el primer día que tuvieron conocimiento de sus trágicas circunstancias. Hace un par de semanas que Dignum ya publicó en estas páginas un artículo sobre el caso.
Al parecer hasta hace unos meses Bouchra, que es diabética, vivía en las montañas de Tetuán, cuidada por su madre, quien le proporcionaba la insulina que necesitaba a diario. Hace dos meses que su madre murió de forma repentina, y al poco de morir ésta Bouchra padeció una descomposición grave de su diabetes, lo que le acabó produciendo la encefalopatía que ahora padece y que la ha convertido en un ser totalmente dependiente, con sus extremidades inmovilizadas y la mirada perdida hacia el infinito.
Entró en Ceuta sin otro pasaporte ni visado que los brazos desesperados de su padre, que acudió a nuestra ciudad apurando el último aliento por salvarle la vida. Y los ceutíes han estado a la altura de las circunstancias: el personal sanitario del Hospital de la Cruz Roja se ha vaciado en atenciones médicas y humanitarias, ha rodeado a Bouchra y a lo que queda de su familia de todo el cariño, afecto y dedicación que estos grandes profesionales y mejores seres humanos son capaces de dar, que no es precisamente poco.
Pero parece que la generosidad de los ceutíes de bien, que nunca miraron el pasaporte de Bouchra, sino a su corazón y su cuerpo desvalido e inerte, no tiene la debida continuidad en sus representantes políticos y administrativos. Me consta que en la Asociación Digmun han movido Roma con Santiago para que Bouchra pueda tener los cuidados que precisará cuando abandone el Hospital. Cuidados que, con toda seguridad, sólo podrá tener en nuestro país. Han llamado a todas las puertas oficiales de Ceuta y otros lugares de España para que Bouchra se pueda quedar entre nosotros en un centro en donde le puedan dispensar las atenciones médicas y afectivas necesarias, sin ningún resultado. Qué pena, qué vergüenza. La razón es tan obvia para la Administración como incomprensible sería para la pequeña Bouchra, si aún pudiera discernir: ella es marroquí, no española.
Sé que el caso de Bouchra no es único; hay miles de niños en condiciones similares o parecidas diseminados por la geografía de tantos países en los que si la comida y el techo son un lujo, la atención digna a un niño dependiente es una utopía. Aunque a todos nos toca nuestra ración de culpa, sé que nuestro país no podría ocuparse de todos ellos y nada más lejos de mi intención que hacer demagogia con algo tan delicado. Pero Bouchra ya es de los nuestros, porque lo son los ceutíes que le han salvado una vida que a partir de ahora también necesita de una dignidad que Ceuta, o España, o nuestro opulento primer mundo tiene unos medios para proporcionar que nuestros vecinos no tienen. Si somos solidarios y acogemos a los adultos y niños que llegan en cayucos huyendo del hambre desde el África subsahariana, acojamos también a Bouchra, que llamó a las puertas de Ceuta huyendo de la muerte.
Y si los generosos y solidarios ceutíes del Hospital de la Cruz Roja o de la Asociación Digmun no han mirado el pasaporte de Bouchra para darlo todo por ella, no deberían hacerlo tampoco sus representantes políticos, sobre todo aquellos que hace una semana brindaban con tanto fervor y entusiasmo por la confianza que el pueblo les había otorgado.
El Sr. Vivas, brillante y legítimo vencedor de las pasadas elecciones, dijo que al día siguiente debía comenzar a trabajar. Sr. Vivas, le voy a pedir que empiece por Bouchra. Búsquele un resquicio a la Ley, que seguro que se lo sabrá encontrar. Descuelgue teléfonos, haga llamadas, realice gestiones. El pueblo de Ceuta, que de forma abrumadora ha confiado en usted, se lo agradecerá, estoy seguro. Y Bouchra, su padre y sus hermanos mucho más. Que no permitan nuestros representantes que el escudo del pasaporte de Bouchra le impida disfrutar, en lo posible, de una infancia digna. El humanitarismo y la solidaridad no entienden de colores de banderas. Y mucho menos la mirada triste y extraviada de Bouchra.
1 de junio de 2007
El ministerio y el churrero
¿Saben ustedes qué es un ministerio? No me refiero al del sacerdocio, sino a esos gigantescos entes administrativos, que se supone que son algo así como sucursales especializadas del gobierno y cuya cabeza visible es un señor o señora llamado ministro, en el primer caso, o ministra en el segundo. Bajo las órdenes de éstos hay un sinfín de cargos de simpatiquísimos nombres, tales como secretarios generales, subsecretarios, directores generales técnicos, etc., y según uno va descendiendo de las pirámides de jerarquía se encuentra, probablemente, con unos señores o señoras, que trabajan en esos lugares y que atienden al no menos simpático nombre de funcionarios. Para que ustedes se vayan centrando geográficamente, digamos que normalmente estos lugares, en el caso de España, se hallan en Madrid.
Pues bien, esas instituciones pertenecientes al gobierno de alguna forma tienen la potestad de conducir la vida de los ciudadanos en diferentes ámbitos, así que uno tiende a creer que esos enormes edificios de la capital están llenos de una vida interior muy rica en donde se cuecen las dichas y desdichas de uno. Por ello, tal vez en un exceso de romanticismo, las he llegado a considerar como una entrañable extensión del hogar.
De forma que, con la confianza de saber que uno está llamando a la puerta de la casa de su familia, a veces intento ponerme en contacto con ellos. No lo hago como evasión, entretenimiento o para interesarme por la salud de sus hacendosos funcionarios (aquí debo excusarme por mi poca delicadeza y falta de misericordia) sino para solventar alguna duda que me atañe, o realizar alguna diligencia a la que estoy obligado, normalmente, por ellos mismos. Y entonces me embarco en un singular proceso, cuyas fases, con su permiso, les voy a relatar.
Primera fase. Tecleo el nombre del ministerio del que imploro su asistencia en el google, y en décimas de segundo encuentro la página web del ministerio correspondiente. Hasta ahora, todo marcha sobre ruedas. Todos los ministerios tienen una preciosa página web, muy profesional ella, que además permite la opción de dirigirse a ellos por correo electrónico para realizar la consulta que uno tenga menester. En aras de molestar lo menos posible a los funcionarios, que imagino siempre ocupadísimos, expongo mi consulta por correo electrónico, saludo atentamente y agradezco de antemano la respuesta que supongo me enviarán (que por falta de cortesía no quede), y le doy al botoncito “enviar”. Pues bien, debo decir que he efectuado consultas a tres o cuatro ministerios una media docena de veces y éste es el día en que estoy esperando respuesta a alguna de ellas. La primera fue hace más de tres años.
Segunda fase. Dada mi experiencia algo desafortunada a través de la cibernética, recurro al más tradicional método del teléfono. En las páginas web figuran los teléfonos de los diferentes departamentos ministeriales, así que trato de averiguar cuál es el que más se ajusta a mi consulta y marco las teclitas correspondientes en el teléfono. Aquí los resultados varían:
Caso 1. Me contestan de Churrería García, y me dicen que ya están hartos de que les llamen preguntando por el “menisterio” ese. El churrero se muestra algo agresivo verbalmente. Busco otro número.
Caso 2. Es el más frecuente: el teléfono está siempre comunicando. Cuando digo siempre, es siempre, en términos absolutos. Uno puede llamar a las nueve, a las once, a la una o a las dos y cuarto. Puede llamar una o doscientas veces, el número siempre estará “ocupado”. Siempre. Busco otro número, preferiblemente que no coincida con el de Churrería García.
Caso 3. Alguien, de ese ministerio (aleluya), contesta el teléfono con tono resignado y quejoso. Uno expone la consulta, y tras dos o tres minutos de exposición le dicen dos palabras que auguran un penoso deambular: “Le paso”. O sea, que allí no es y le pasan con otra extensión. Si la comunicación no se corta en la conexión (lo más común), uno vuelve a hacer la exposición a otro funcionario, que a su vez realiza la operación del anterior y pone fin al apasionante relato con las dos palabras mágicas del manual: “Le paso”. Esta travesía de teléfonos y repetición del asunto puede repetirse hasta cinco o seis veces, hasta que, o bien se corta la conexión en alguna transferencia, o bien, el último funcionario le dice que usted tiene que llamar a tal otro número. Escribo el número, pacientemente, y al colgar cotejo, con horror y desesperación, que es el que está siempre ocupado, es decir, el “imposible”. O, aún peor, el de Churrería García.
Caso 4. En el utópico caso de que uno, en un irrepetible guiño de la diosa fortuna, dé con el departamento adecuado, le dirán que la persona que lo lleva no está, que está enferma o de vacaciones, y que no saben cuándo volverá a su puesto. Hace poco, conseguí hablar con alguien del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Era la semana del 1 de mayo, y una funcionaria me dijo que “cómo se me ocurría llamar esa semana, habiendo puente...” (sic).
Caso 5. Le contestan máquinas con voz metálica y le castigan con músicas tipo máquinas tragaperras, con el inequívoco objetivo de que desista o de provocar al usuario un ataque de histeria. De este caso hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues merece capítulo aparte por lo cruel y despiadado.
Tercera fase. Pensando que la comunicación telefónica sea tal vez un medio demasiado avanzado para conseguir información, recurro a la carta, ese tradicional sistema de papel escrito, sobre y sello pegado con lengüetazo. La envío, y al cabo de trece meses (repito, trece meses) recibo carta de respuesta en la que se me dice que para conseguir la información llame a un número de teléfono.
No es preciso decir que a esas alturas ya no necesito la información, pero, por curiosidad, cotejo el número de teléfono. Sí, lo han adivinado: es el de Churrería García.
Pues bien, esas instituciones pertenecientes al gobierno de alguna forma tienen la potestad de conducir la vida de los ciudadanos en diferentes ámbitos, así que uno tiende a creer que esos enormes edificios de la capital están llenos de una vida interior muy rica en donde se cuecen las dichas y desdichas de uno. Por ello, tal vez en un exceso de romanticismo, las he llegado a considerar como una entrañable extensión del hogar.
De forma que, con la confianza de saber que uno está llamando a la puerta de la casa de su familia, a veces intento ponerme en contacto con ellos. No lo hago como evasión, entretenimiento o para interesarme por la salud de sus hacendosos funcionarios (aquí debo excusarme por mi poca delicadeza y falta de misericordia) sino para solventar alguna duda que me atañe, o realizar alguna diligencia a la que estoy obligado, normalmente, por ellos mismos. Y entonces me embarco en un singular proceso, cuyas fases, con su permiso, les voy a relatar.
Primera fase. Tecleo el nombre del ministerio del que imploro su asistencia en el google, y en décimas de segundo encuentro la página web del ministerio correspondiente. Hasta ahora, todo marcha sobre ruedas. Todos los ministerios tienen una preciosa página web, muy profesional ella, que además permite la opción de dirigirse a ellos por correo electrónico para realizar la consulta que uno tenga menester. En aras de molestar lo menos posible a los funcionarios, que imagino siempre ocupadísimos, expongo mi consulta por correo electrónico, saludo atentamente y agradezco de antemano la respuesta que supongo me enviarán (que por falta de cortesía no quede), y le doy al botoncito “enviar”. Pues bien, debo decir que he efectuado consultas a tres o cuatro ministerios una media docena de veces y éste es el día en que estoy esperando respuesta a alguna de ellas. La primera fue hace más de tres años.
Segunda fase. Dada mi experiencia algo desafortunada a través de la cibernética, recurro al más tradicional método del teléfono. En las páginas web figuran los teléfonos de los diferentes departamentos ministeriales, así que trato de averiguar cuál es el que más se ajusta a mi consulta y marco las teclitas correspondientes en el teléfono. Aquí los resultados varían:
Caso 1. Me contestan de Churrería García, y me dicen que ya están hartos de que les llamen preguntando por el “menisterio” ese. El churrero se muestra algo agresivo verbalmente. Busco otro número.
Caso 2. Es el más frecuente: el teléfono está siempre comunicando. Cuando digo siempre, es siempre, en términos absolutos. Uno puede llamar a las nueve, a las once, a la una o a las dos y cuarto. Puede llamar una o doscientas veces, el número siempre estará “ocupado”. Siempre. Busco otro número, preferiblemente que no coincida con el de Churrería García.
Caso 3. Alguien, de ese ministerio (aleluya), contesta el teléfono con tono resignado y quejoso. Uno expone la consulta, y tras dos o tres minutos de exposición le dicen dos palabras que auguran un penoso deambular: “Le paso”. O sea, que allí no es y le pasan con otra extensión. Si la comunicación no se corta en la conexión (lo más común), uno vuelve a hacer la exposición a otro funcionario, que a su vez realiza la operación del anterior y pone fin al apasionante relato con las dos palabras mágicas del manual: “Le paso”. Esta travesía de teléfonos y repetición del asunto puede repetirse hasta cinco o seis veces, hasta que, o bien se corta la conexión en alguna transferencia, o bien, el último funcionario le dice que usted tiene que llamar a tal otro número. Escribo el número, pacientemente, y al colgar cotejo, con horror y desesperación, que es el que está siempre ocupado, es decir, el “imposible”. O, aún peor, el de Churrería García.
Caso 4. En el utópico caso de que uno, en un irrepetible guiño de la diosa fortuna, dé con el departamento adecuado, le dirán que la persona que lo lleva no está, que está enferma o de vacaciones, y que no saben cuándo volverá a su puesto. Hace poco, conseguí hablar con alguien del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Era la semana del 1 de mayo, y una funcionaria me dijo que “cómo se me ocurría llamar esa semana, habiendo puente...” (sic).
Caso 5. Le contestan máquinas con voz metálica y le castigan con músicas tipo máquinas tragaperras, con el inequívoco objetivo de que desista o de provocar al usuario un ataque de histeria. De este caso hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues merece capítulo aparte por lo cruel y despiadado.
Tercera fase. Pensando que la comunicación telefónica sea tal vez un medio demasiado avanzado para conseguir información, recurro a la carta, ese tradicional sistema de papel escrito, sobre y sello pegado con lengüetazo. La envío, y al cabo de trece meses (repito, trece meses) recibo carta de respuesta en la que se me dice que para conseguir la información llame a un número de teléfono.
No es preciso decir que a esas alturas ya no necesito la información, pero, por curiosidad, cotejo el número de teléfono. Sí, lo han adivinado: es el de Churrería García.
28 de mayo de 2007
Los dos lados de la señorita Pataky
En Irak, desde el comienzo de su invasión por las tropas estadounidenses y sus aliados, se han producido ya 650.000 muertos, cadáver arriba o abajo. La semana pasada, el señor Taha Yasín Ramadán, ex vicepresidente del mismo país, fue ahorcado tras ser condenado a muerte.
En Rusia, un incendio en una residencia de ancianos provocó 62 muertos. Descansen en paz.
Los combates entre los insurgentes de Al Qaeda y miembros de las tribus de Pakistán provocaron la semana pasada más de medio centenar de muertos.
En Somalia aumenta cada día la sangría humana que va diezmando a su ya depauperada población.
En España se ha superado la cifra de trescientas mil prostitutas en activo, de las cuales la gran mayoría ejerce el oficio en condiciones de absoluta esclavitud, forzadas por mafias que actúan a sus anchas y en una más que relajada impunidad.
También la semana pasada se confirmó que la empresa Delphi, subvencionada con los impuestos de la ciudadanía, se había declarado en suspensión de pagos, confirmándose así el despido de 1.600 trabajadores.
También se ha confirmado que para la gran mayoría de los jóvenes españoles sigue siendo inviable el acceso a una vivienda, a pesar de que un estudio económico sitúa a Madrid y Barcelona entre las treinta ciudades más ricas del mundo.
Persiste la polémica sobre las patentes de los medicamentos por la multinacionales farmacéuticas, y mientras tanto siguen muriendo millones de seres humanos en el tercer mundo por no poder comprar sencillos remedios tan conocidos como inaccesibles para ellos.
Lo que acabo de escribir es una pequeña muestra de las realidades con que nos desayunamos los ciudadanos un día cualquiera de una semana cualquiera de un año cualquiera. En este caso, y simplemente como muestra, he elegido un día de la semana pasada.
Son asuntos tan cotidianos y hasta tan conocidos que no despiertan el menor interés, y probablemente a estas alturas del artículo muchos de mis amables lectores ya habrán abandonado la lectura de esta letanía de acontecimientos, tan ajenos a nuestra lista de prioridades inmediatas.
Y todo esto porque resulta que, en un imperdonable descuido, he olvidado mencionar el evento que, en el día anterior al que escribo este artículo, acaparó de manera casi absoluta la atención nacional o estatal, como ustedes prefieran o más les guste. Exacto, el tema del día y probablemente de la semana no fue ninguno de los anteriores, sino ése que ustedes y yo estamos pensando, es decir, las fotografías de la proa y la popa de la señorita Elsa Pataky, actriz de profesión, y la tormenta existencial que tan inconmensurable asunto y la gravísima polémica que le ha envuelto ha provocado en la ciudadanía.
No es para menos. Es poco probable que haya un solo ciudadano español, de norte a sur, de oriente a occidente, que no esté totalmente al corriente del mayúsculo suceso, pero, por si así fuere, y en aras a aportar mi modesta contribución a la sociedad, y que no quede hombre o mujer sobre territorio patrio ignorante de tan trascendentales hechos, voy a resumir sucintamente lo acaecido. Ya se sabe que los pueblos que ignoran su Historia están condenados a repetirla, y los españoles no podríamos permitirnos semejante tragedia.
La señorita Pataky, de profesión actriz, y de muy buen ver a juicio tanto de propios como de extraños, entre los que me incluyo, decide vender un reportaje fotográfico a determinada revista en la que se presta a mostrar y por tanto deleitar a la Humanidad con la contemplación de su hermoso reverso o popa, también de buen ver, para qué engañarnos. Pero resulta que un avispadísimo paparazzi, conocedor -tal vez por sus poderes premonitorios o por indicios más prosaicos- de tales pretensiones y del lugar y hora de donde se tomarían las fotografías que cambiarían el rumbo de la Historia, piensa, con buen criterio, que donde hay un reverso también suele haber un anverso, así que, probablemente camuflado en bonsái playero o disfrazado de pulpo gigante, consigue fotografiar la proa de tan bella señorita, aún de mejor ver que su popa, al humilde juicio de este modesto escribiente.
Y, oh mayúscula sorpresa, la bella señorita Pataky, aparece, mostrando al mundo su espléndida delantera, en la portada de una revista de la competencia, en lugar de mostrar su trasera en la revista con la que había pactado las fotos a cambio de generosos estipendios.
La tragedia se ha consumado. Por todas las cadenas de televisión se habla sin cesar de tamaña ignominia, de tan singular evento. La actualidad nacional e internacional ha quedado eclipsada ante un suceso de tan desproporcionada magnitud, y no me refiero literalmente a los senos de la bella, que son mesurados y hermosos. En las emisoras de radio y en los platós de televisión se organizan espontáneos y sesudos debates entre los parlanchines gritones de la carroña para dilucidar quién tiene razón. La ocasión lo merece. El tema trasciende a mercados, peluquerías, bazares, oficinas, centros educativos y ministerios. Agentes, representantes, directores de revistas rosas –y no tan rosas- son interpelados para conocer su versión de los hechos. Se plantean graves discusiones jurídicas y se habla de derechos fundamentales de personas y las revistas, que esto sí que importa y no lo que pase, verbigracia, en Guantánamo, Estamos, sin duda, ante el acontecimiento de la semana, si no del año. Y repito, no es para menos.
Para que después alguien diga que los españoles somos incultos, o ignorantes. Lo que ocurre es que sabemos separar el grano de la paja, y cuando nos enfrentamos a un hecho verdaderamente trascendental entonces le dedicamos la atención y la importancia que realmente merece. ¿Ven como no todo es fútbol? El nuestro es un país de cultura y refinamiento, a las pruebas me remito.
Así que le he dedicado al asunto mi articulito, y que me perdonen los lectores esas primeras líneas introductorias que hayan podido distraer momentáneamente la atención del verdadero meollo de la actualidad y de lo que realmente nos interesa a todos. Eran menudencias, anécdotas decorativas de relleno que adornan lo realmente trascendente: los dos lados de la bella y sus incalculables repercusiones en el devenir de la Historia.
En Rusia, un incendio en una residencia de ancianos provocó 62 muertos. Descansen en paz.
Los combates entre los insurgentes de Al Qaeda y miembros de las tribus de Pakistán provocaron la semana pasada más de medio centenar de muertos.
En Somalia aumenta cada día la sangría humana que va diezmando a su ya depauperada población.
En España se ha superado la cifra de trescientas mil prostitutas en activo, de las cuales la gran mayoría ejerce el oficio en condiciones de absoluta esclavitud, forzadas por mafias que actúan a sus anchas y en una más que relajada impunidad.
También la semana pasada se confirmó que la empresa Delphi, subvencionada con los impuestos de la ciudadanía, se había declarado en suspensión de pagos, confirmándose así el despido de 1.600 trabajadores.
También se ha confirmado que para la gran mayoría de los jóvenes españoles sigue siendo inviable el acceso a una vivienda, a pesar de que un estudio económico sitúa a Madrid y Barcelona entre las treinta ciudades más ricas del mundo.
Persiste la polémica sobre las patentes de los medicamentos por la multinacionales farmacéuticas, y mientras tanto siguen muriendo millones de seres humanos en el tercer mundo por no poder comprar sencillos remedios tan conocidos como inaccesibles para ellos.
Lo que acabo de escribir es una pequeña muestra de las realidades con que nos desayunamos los ciudadanos un día cualquiera de una semana cualquiera de un año cualquiera. En este caso, y simplemente como muestra, he elegido un día de la semana pasada.
Son asuntos tan cotidianos y hasta tan conocidos que no despiertan el menor interés, y probablemente a estas alturas del artículo muchos de mis amables lectores ya habrán abandonado la lectura de esta letanía de acontecimientos, tan ajenos a nuestra lista de prioridades inmediatas.
Y todo esto porque resulta que, en un imperdonable descuido, he olvidado mencionar el evento que, en el día anterior al que escribo este artículo, acaparó de manera casi absoluta la atención nacional o estatal, como ustedes prefieran o más les guste. Exacto, el tema del día y probablemente de la semana no fue ninguno de los anteriores, sino ése que ustedes y yo estamos pensando, es decir, las fotografías de la proa y la popa de la señorita Elsa Pataky, actriz de profesión, y la tormenta existencial que tan inconmensurable asunto y la gravísima polémica que le ha envuelto ha provocado en la ciudadanía.
No es para menos. Es poco probable que haya un solo ciudadano español, de norte a sur, de oriente a occidente, que no esté totalmente al corriente del mayúsculo suceso, pero, por si así fuere, y en aras a aportar mi modesta contribución a la sociedad, y que no quede hombre o mujer sobre territorio patrio ignorante de tan trascendentales hechos, voy a resumir sucintamente lo acaecido. Ya se sabe que los pueblos que ignoran su Historia están condenados a repetirla, y los españoles no podríamos permitirnos semejante tragedia.
La señorita Pataky, de profesión actriz, y de muy buen ver a juicio tanto de propios como de extraños, entre los que me incluyo, decide vender un reportaje fotográfico a determinada revista en la que se presta a mostrar y por tanto deleitar a la Humanidad con la contemplación de su hermoso reverso o popa, también de buen ver, para qué engañarnos. Pero resulta que un avispadísimo paparazzi, conocedor -tal vez por sus poderes premonitorios o por indicios más prosaicos- de tales pretensiones y del lugar y hora de donde se tomarían las fotografías que cambiarían el rumbo de la Historia, piensa, con buen criterio, que donde hay un reverso también suele haber un anverso, así que, probablemente camuflado en bonsái playero o disfrazado de pulpo gigante, consigue fotografiar la proa de tan bella señorita, aún de mejor ver que su popa, al humilde juicio de este modesto escribiente.
Y, oh mayúscula sorpresa, la bella señorita Pataky, aparece, mostrando al mundo su espléndida delantera, en la portada de una revista de la competencia, en lugar de mostrar su trasera en la revista con la que había pactado las fotos a cambio de generosos estipendios.
La tragedia se ha consumado. Por todas las cadenas de televisión se habla sin cesar de tamaña ignominia, de tan singular evento. La actualidad nacional e internacional ha quedado eclipsada ante un suceso de tan desproporcionada magnitud, y no me refiero literalmente a los senos de la bella, que son mesurados y hermosos. En las emisoras de radio y en los platós de televisión se organizan espontáneos y sesudos debates entre los parlanchines gritones de la carroña para dilucidar quién tiene razón. La ocasión lo merece. El tema trasciende a mercados, peluquerías, bazares, oficinas, centros educativos y ministerios. Agentes, representantes, directores de revistas rosas –y no tan rosas- son interpelados para conocer su versión de los hechos. Se plantean graves discusiones jurídicas y se habla de derechos fundamentales de personas y las revistas, que esto sí que importa y no lo que pase, verbigracia, en Guantánamo, Estamos, sin duda, ante el acontecimiento de la semana, si no del año. Y repito, no es para menos.
Para que después alguien diga que los españoles somos incultos, o ignorantes. Lo que ocurre es que sabemos separar el grano de la paja, y cuando nos enfrentamos a un hecho verdaderamente trascendental entonces le dedicamos la atención y la importancia que realmente merece. ¿Ven como no todo es fútbol? El nuestro es un país de cultura y refinamiento, a las pruebas me remito.
Así que le he dedicado al asunto mi articulito, y que me perdonen los lectores esas primeras líneas introductorias que hayan podido distraer momentáneamente la atención del verdadero meollo de la actualidad y de lo que realmente nos interesa a todos. Eran menudencias, anécdotas decorativas de relleno que adornan lo realmente trascendente: los dos lados de la bella y sus incalculables repercusiones en el devenir de la Historia.
Colombia, la pasión por la lengua
La señora Amparo, a los ochenta y siete años, va desgranando palabras precisas y sonoras, mientras va relatando los avatares que tuvo que pasar para criar a sus nueve hijos en una humilde casa de campo del departamento de Antioquia, no lejos de la ciudad de Medellín. Habla, con vocablos bellos y antiguos, de cómo se levantaba cada día a las cuatro y media de la mañana para ordeñar las vacas, y como, tras una jornada agotadora dedicada a los trabajos del campo, al acostarse por la noche, prendía una vela para devorar todo libro que caía en sus manos, muchas veces hasta el amanecer. Porque leer “es una dicha”, asegura, entornando sus ojos, mientras los demás la escuchamos embelesados, porque su forma de expresarse encanta y arrulla, y podríamos haber pasado toda la noche disfrutando de su relato, de un relato de campesina que habla un español impecable, con una cadencia dulce, con una dicción perfecta, con un lenguaje sencillo y florido a un tiempo. Describe, con precisión literaria, los páramos, la flora, los aperos de labranza, los útiles que empleaba para recoger la leche tras ordeñar las vacas, y los sentimientos que se le escapan, de gozo y de tristeza, de nostalgia y de melancolía. Nos cuenta cómo toda la familia tuvo que escapar precipitadamente de la casa, tras la violencia entre los conservadores y liberales, y dejarlo todo atrás, su hogar, su pequeña tierra, sus animales y empezar de nuevo en una aldea más próxima a Medellín, con un equipaje tan ligero como sus propias manos ásperas y curtidas. Y su amor por los libros, por esos libros que conseguía con cuentagotas en aquellas aldeas de casas diseminadas perdidas en mitad de la nada. A veces hace un breve inciso en su apasionante relato para recitar poemas aprendidos en la infancia, en los pocos años que pudo asistir a la escuela para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas. Y lo hace con la entonación de un rapsoda, marcando los silencios precisos, sin un titubeo que denote una traición de la memoria, que conserva tan intacta como su vocabulario rico y luminoso.
Porque en Colombia la lengua, la lectura, nuestro común español, es un tesoro aún más valioso que el oro arrebatado por los avaros conquistadores de hace quinientos años.
He tenido la fortuna de estar en Colombia mientras se celebraba el recientemente clausurado Congreso de la Lengua Española en Medellín y Cartagena de Indias, y es ciertamente difícil poder encontrar un país más apropiado para tributar un homenaje a nuestra lengua. Toda Colombia se ha vestido de fiesta para el evento, los periódicos y las revistas han sacado ediciones y suplementos especiales para acentuar el acontecimiento, y parece que por una semana hasta la violencia y la criminalidad que desde hace muchos años vienen asolando este excepcional país se hubieran dado una tregua para festejar el privilegio de acoger en el país el mayor tributo a lo que aquí es considerado como la mejor herencia española: la lengua castellana.
No conozco otro lugar de habla hispana donde se trate el lenguaje con tanto mimo, donde la manera de expresarse goce de tanto prestigio, donde la forma de dirigirse a los demás tenga tanto rango como carta de presentación. La cortesía es sencillamente exquisita, desde el profesor universitario hasta la vendedora de mazorcas de maíz de la calle, desde el taxista hasta el más humilde vendedor de arepas y empanadas. En Colombia no hay mayor desprestigio que el maltrato al idioma, o el descuido en el trato, y éste es motivo de conversación frecuente en conversaciones cotidianas. No es extraño encontrar como motivo de debate en una familia o un grupo de amigos si tal o cual expresión es completamente correcta, si tal palabra debe o no escribirse con mayúscula, o si es preferible o no colocar la tilde sobre cierto monosílabo o término diacrítico. Con razón los periódicos dedican secciones fijas al correcto uso del idioma, y con razón aquí nació el autor de Cien años de soledad, y muchos otros tan brillantes como desafortunadamente eclipsados por la gigantesca sombra de García Márquez, el autor universal por excelencia en lengua castellana.
Así que tengo un cierto miedo a regresar a mi querida España, llegar a Barajas y que el policía de la aduana no levante los ojos del pasaporte mientras me lo revisa y no se digne dirigirme la palabra, o que el taxista no me dé los buenos días, o conectar el televisor patrio y reencontrarme a una caterva de chillones de bazofia humillando nuestra lengua a gritos, insultando a la inteligencia del espectador mientras rebuznan remedando lo que fue un cultísimo idioma sobre la última novia, novio o coito de algún imbécil célebre, con absoluta impunidad, sin que el delito de atentado a la cultura y lengua de todos esté aún recogido en el código penal. Regresar, en definitiva, a la cuna de una lengua que se empobrece y marchita a diario en su lugar de nacimiento mientras se engrandece y cuida al otro lado del Atlántico. No estaría mal que, en un bello anacronismo, acudamos ahora a esa América Latina, no con la cruz y la espada, sino con los oídos bien abiertos y una buena dosis de humildad para aprender de esa lengua que dejamos hace quinientos años y que nuestros hermanos de América han sabido embellecer hasta convertirla en el gran tesoro común que hoy compartimos más de cuatrocientos millones de seres humanos.
Porque en Colombia la lengua, la lectura, nuestro común español, es un tesoro aún más valioso que el oro arrebatado por los avaros conquistadores de hace quinientos años.
He tenido la fortuna de estar en Colombia mientras se celebraba el recientemente clausurado Congreso de la Lengua Española en Medellín y Cartagena de Indias, y es ciertamente difícil poder encontrar un país más apropiado para tributar un homenaje a nuestra lengua. Toda Colombia se ha vestido de fiesta para el evento, los periódicos y las revistas han sacado ediciones y suplementos especiales para acentuar el acontecimiento, y parece que por una semana hasta la violencia y la criminalidad que desde hace muchos años vienen asolando este excepcional país se hubieran dado una tregua para festejar el privilegio de acoger en el país el mayor tributo a lo que aquí es considerado como la mejor herencia española: la lengua castellana.
No conozco otro lugar de habla hispana donde se trate el lenguaje con tanto mimo, donde la manera de expresarse goce de tanto prestigio, donde la forma de dirigirse a los demás tenga tanto rango como carta de presentación. La cortesía es sencillamente exquisita, desde el profesor universitario hasta la vendedora de mazorcas de maíz de la calle, desde el taxista hasta el más humilde vendedor de arepas y empanadas. En Colombia no hay mayor desprestigio que el maltrato al idioma, o el descuido en el trato, y éste es motivo de conversación frecuente en conversaciones cotidianas. No es extraño encontrar como motivo de debate en una familia o un grupo de amigos si tal o cual expresión es completamente correcta, si tal palabra debe o no escribirse con mayúscula, o si es preferible o no colocar la tilde sobre cierto monosílabo o término diacrítico. Con razón los periódicos dedican secciones fijas al correcto uso del idioma, y con razón aquí nació el autor de Cien años de soledad, y muchos otros tan brillantes como desafortunadamente eclipsados por la gigantesca sombra de García Márquez, el autor universal por excelencia en lengua castellana.
Así que tengo un cierto miedo a regresar a mi querida España, llegar a Barajas y que el policía de la aduana no levante los ojos del pasaporte mientras me lo revisa y no se digne dirigirme la palabra, o que el taxista no me dé los buenos días, o conectar el televisor patrio y reencontrarme a una caterva de chillones de bazofia humillando nuestra lengua a gritos, insultando a la inteligencia del espectador mientras rebuznan remedando lo que fue un cultísimo idioma sobre la última novia, novio o coito de algún imbécil célebre, con absoluta impunidad, sin que el delito de atentado a la cultura y lengua de todos esté aún recogido en el código penal. Regresar, en definitiva, a la cuna de una lengua que se empobrece y marchita a diario en su lugar de nacimiento mientras se engrandece y cuida al otro lado del Atlántico. No estaría mal que, en un bello anacronismo, acudamos ahora a esa América Latina, no con la cruz y la espada, sino con los oídos bien abiertos y una buena dosis de humildad para aprender de esa lengua que dejamos hace quinientos años y que nuestros hermanos de América han sabido embellecer hasta convertirla en el gran tesoro común que hoy compartimos más de cuatrocientos millones de seres humanos.
Ciudadanos de segunda
Estos últimos días he oído hablar en diferentes medios de comunicación y debates políticos sobre un reportaje emitido por Telemadrid titulado “Ciudadanos de segunda”, y referido a aquellas personas que viven en Cataluña y tienen el castellano como lengua materna (la mayoría). Como unos lo definían como excelente, mientras que otros lo catalogaban como “panfleto anticatalán basado en mentiras” y yo no lo había visto, me ha picado la curiosidad y he acudido a “Youtube”, en Internet, ese magnífico cajón de sastre en donde se encuentra prácticamente todo documento audiovisual que uno pueda imaginar, desde un discurso regio hasta el más estrafalario video-clip producido en un garaje por un freaky pasado de estupefacientes. Y me lo he visto enterito, de principio a fin.
Por si ustedes tampoco lo han visto, y no tienen acceso a Youtube, les haré un sucinto resumen. El reportaje presenta ejemplos documentales de la situación de absoluta marginalidad en que la lengua española es tratada en Cataluña por su gobierno en todos los ámbitos oficiales, introduce cámaras y micrófonos en las escuelas, habla con niños obligados a renunciar a su lengua y hablar en catalán entre ellos en el patio, habla también con los comerciantes multados (sí, multados) por rotular sus comercios en castellano, entrevista a ciudadanos desesperados por no poder escolarizar a sus hijos en castellano (algunos extranjeros), así como a conocidos personajes públicos, como a Albert Boadella, Rosa Regàs, Arcadi Espada, Miquel Calzada “Mikimoto”, entre otros, que exponen su punto de vista sobre el asunto. Algunos rotundamente a favor del catalán velis nolis y si no, puerta y te vas a España, que está cerquita, vienen a decir.
Antes de dar mi propia opinión al respecto, quiero aclarar que amo la lengua catalana, que la conozco y la hablo, así como el pueblo catalán en general, y muchos, muchos catalanes en particular, no cual no será óbice para que, cualquier “nacionalista catalanista” que lea este artículo me catalogue, a partir de lo que escribiré a continuación, de “anticatalán”, “enemigo de la lengua catalana” y tal vez de fascista, término que últimamente sirve igual para un roto que para un descosido, y que en Cataluña se aplica indefectiblemente para todo aquel que se aparte un milímetro de la línea totalitarista del “régimen”. Trataré de superar la mella que tales improperios sin duda me dejarán.
Lo que presenta el reportaje es tan riguroso y cierto como inapelable, pero debería ir aún más allá. La oficialidad catalana, que abarca todos los ámbitos de la vida pública y privada, no presenta Cataluña como país totalmente independiente de España como una aspiración política, sino como una realidad ya actual incontestable.
Veamos algunos ejemplos.
Cataluña es su nación (España no), y como todos los niños deben utilizar obligatoriamente el catalán como lengua vehicular de enseñanza (utilizar el castellano como lengua vehicular está prohibido, sí prohibido, en todos los centros escolares públicos y privados), todos aquellos no catalanes pasan a ser escolarmente extranjeros (incluido españoles), y se les mete en unos “pabellones de aislamiento” llamados eufemísticamente “aulas de acogida”, en donde se les somete a una inmersión lingüística e ideológica de lengua y patriotismo catalán. Ejemplo de práctica lingüística en clase:
“Yo he nacido en China pero ahora vivo en otro país, en Cataluña”. “En mi país, Ecuador, se habla español, pero en Cataluña, el país donde vivo, se habla catalán”. Cataluña es asimilado, en términos de categoría nacional, a China o Ecuador. Y España, por supuesto, ni se menciona. Esos niños y sus padres emigraron creyendo que llegaban a España, tal vez porque seguían los partidos de fútbol del Barcelona, equipo que, “erróneamente”, por supuesto, suelen citar en las televisones extranjeras (incluyendo las españolas) como español. Estos errores hay que extirparlos de raíz. De ello se ocupa la propaganda del régimen. No están en España, sino en Cataluña, que quede claro.
En las televisiones públicas catalanas (en las que se evita sistemáticamente pronunciar una palabra en castellano), hay instrucciones estrictas de evitar la identificación de Cataluña como una parte de España. Cuando en los informativos se habla de “nuestro país” o “nuestro gobierno”, o “nuestra selección deportiva”, siempre se entiende que se habla de Cataluña, jamás de España. La palabra España está absolutamente prohibida cuando se refiera a cualquier asunto en que Cataluña esté inmersa. Si no queda más remedio porque la información lo requiere, se sustituirá por el “Estado”, sin más. Recuerdo una entrevista que una presentadora hacía a una emigrante sudamericana, que ahora vivía en Cataluña pero antes había llegado a otra ciudad española. Los circunloquios que la presentadora se vio obligada a realizar para no mezclar Cataluña con España han quedado para la antología de la televisión, ya que la ingenua emigrante pensaba, en su candidez, que Cataluña formaba parte de España. La pobre…
Ni que decir que en la información meteorológica el pronóstico “nacional” está representado exclusivamente por un mapa de Cataluña, al que unen sin complejos Baleares, la Comunidad Valenciana, y algún pedacito de Francia, que se los han anexionado sin complejos a su imaginario imperio de Països Catalans, sin que los habitantes de estos territorios tengan conocimiento de su pertenencia a esta novísima y moderna nación.
Los rótulos informativos o coercitivos están siempre en catalán, por lo general exclusivamente. Cuando alguna vez están también en castellano, entonces se añade el inglés, al que se le da el mismo rango tipográfico del castellano, para que no quepa duda de que se trata, tanto inglés como castellano, de lenguas extranjeras. A veces el castellano no goza de las prebendas del inglés; no son infrecuentes los rótulos bilingües en catalán…e inglés, naturalmente. Sin español. El año pasado estuve en las fiestas de la Mercé, con amigos latinoamericanos que visitaban Barcelona por primera vez, y no fuimos capaces de encontrar un programa de las fiestas escrito en castellano. No salían de su asombro. Y la escritora Elvira Lindo fue insultada y humillada por los progres catalanistas por tener la imperdonable idea de pronunciar su pregón en español, su lengua materna, la muy “facha”. Podría citar casos aún más asombrosos, pero el espacio se me ha acabado hace varias líneas. Quede claro que esta política radicalmente nacionalista es la del gobierno elegido democráticamente por los propios catalanes desde hace más de veinticinco años. Así que en principio, nada que oponer. Eso sí, permítanme una pregunta, a quien corresponda, breve y escueta: Cuando voy a Barcelona, o a Salou, o a Reus, ¿estoy en mi país? Sé que no es cuestión de vida o muerte, pero me mata la curiosidad.
Por si ustedes tampoco lo han visto, y no tienen acceso a Youtube, les haré un sucinto resumen. El reportaje presenta ejemplos documentales de la situación de absoluta marginalidad en que la lengua española es tratada en Cataluña por su gobierno en todos los ámbitos oficiales, introduce cámaras y micrófonos en las escuelas, habla con niños obligados a renunciar a su lengua y hablar en catalán entre ellos en el patio, habla también con los comerciantes multados (sí, multados) por rotular sus comercios en castellano, entrevista a ciudadanos desesperados por no poder escolarizar a sus hijos en castellano (algunos extranjeros), así como a conocidos personajes públicos, como a Albert Boadella, Rosa Regàs, Arcadi Espada, Miquel Calzada “Mikimoto”, entre otros, que exponen su punto de vista sobre el asunto. Algunos rotundamente a favor del catalán velis nolis y si no, puerta y te vas a España, que está cerquita, vienen a decir.
Antes de dar mi propia opinión al respecto, quiero aclarar que amo la lengua catalana, que la conozco y la hablo, así como el pueblo catalán en general, y muchos, muchos catalanes en particular, no cual no será óbice para que, cualquier “nacionalista catalanista” que lea este artículo me catalogue, a partir de lo que escribiré a continuación, de “anticatalán”, “enemigo de la lengua catalana” y tal vez de fascista, término que últimamente sirve igual para un roto que para un descosido, y que en Cataluña se aplica indefectiblemente para todo aquel que se aparte un milímetro de la línea totalitarista del “régimen”. Trataré de superar la mella que tales improperios sin duda me dejarán.
Lo que presenta el reportaje es tan riguroso y cierto como inapelable, pero debería ir aún más allá. La oficialidad catalana, que abarca todos los ámbitos de la vida pública y privada, no presenta Cataluña como país totalmente independiente de España como una aspiración política, sino como una realidad ya actual incontestable.
Veamos algunos ejemplos.
Cataluña es su nación (España no), y como todos los niños deben utilizar obligatoriamente el catalán como lengua vehicular de enseñanza (utilizar el castellano como lengua vehicular está prohibido, sí prohibido, en todos los centros escolares públicos y privados), todos aquellos no catalanes pasan a ser escolarmente extranjeros (incluido españoles), y se les mete en unos “pabellones de aislamiento” llamados eufemísticamente “aulas de acogida”, en donde se les somete a una inmersión lingüística e ideológica de lengua y patriotismo catalán. Ejemplo de práctica lingüística en clase:
“Yo he nacido en China pero ahora vivo en otro país, en Cataluña”. “En mi país, Ecuador, se habla español, pero en Cataluña, el país donde vivo, se habla catalán”. Cataluña es asimilado, en términos de categoría nacional, a China o Ecuador. Y España, por supuesto, ni se menciona. Esos niños y sus padres emigraron creyendo que llegaban a España, tal vez porque seguían los partidos de fútbol del Barcelona, equipo que, “erróneamente”, por supuesto, suelen citar en las televisones extranjeras (incluyendo las españolas) como español. Estos errores hay que extirparlos de raíz. De ello se ocupa la propaganda del régimen. No están en España, sino en Cataluña, que quede claro.
En las televisiones públicas catalanas (en las que se evita sistemáticamente pronunciar una palabra en castellano), hay instrucciones estrictas de evitar la identificación de Cataluña como una parte de España. Cuando en los informativos se habla de “nuestro país” o “nuestro gobierno”, o “nuestra selección deportiva”, siempre se entiende que se habla de Cataluña, jamás de España. La palabra España está absolutamente prohibida cuando se refiera a cualquier asunto en que Cataluña esté inmersa. Si no queda más remedio porque la información lo requiere, se sustituirá por el “Estado”, sin más. Recuerdo una entrevista que una presentadora hacía a una emigrante sudamericana, que ahora vivía en Cataluña pero antes había llegado a otra ciudad española. Los circunloquios que la presentadora se vio obligada a realizar para no mezclar Cataluña con España han quedado para la antología de la televisión, ya que la ingenua emigrante pensaba, en su candidez, que Cataluña formaba parte de España. La pobre…
Ni que decir que en la información meteorológica el pronóstico “nacional” está representado exclusivamente por un mapa de Cataluña, al que unen sin complejos Baleares, la Comunidad Valenciana, y algún pedacito de Francia, que se los han anexionado sin complejos a su imaginario imperio de Països Catalans, sin que los habitantes de estos territorios tengan conocimiento de su pertenencia a esta novísima y moderna nación.
Los rótulos informativos o coercitivos están siempre en catalán, por lo general exclusivamente. Cuando alguna vez están también en castellano, entonces se añade el inglés, al que se le da el mismo rango tipográfico del castellano, para que no quepa duda de que se trata, tanto inglés como castellano, de lenguas extranjeras. A veces el castellano no goza de las prebendas del inglés; no son infrecuentes los rótulos bilingües en catalán…e inglés, naturalmente. Sin español. El año pasado estuve en las fiestas de la Mercé, con amigos latinoamericanos que visitaban Barcelona por primera vez, y no fuimos capaces de encontrar un programa de las fiestas escrito en castellano. No salían de su asombro. Y la escritora Elvira Lindo fue insultada y humillada por los progres catalanistas por tener la imperdonable idea de pronunciar su pregón en español, su lengua materna, la muy “facha”. Podría citar casos aún más asombrosos, pero el espacio se me ha acabado hace varias líneas. Quede claro que esta política radicalmente nacionalista es la del gobierno elegido democráticamente por los propios catalanes desde hace más de veinticinco años. Así que en principio, nada que oponer. Eso sí, permítanme una pregunta, a quien corresponda, breve y escueta: Cuando voy a Barcelona, o a Salou, o a Reus, ¿estoy en mi país? Sé que no es cuestión de vida o muerte, pero me mata la curiosidad.
El tuteo del presidente
Parece que media España siguió por televisión los dos programas emitidos bajo el título “Tengo una pregunta para usted”, con Rodríguez Zapatero el primero, y con Mariano Rajoy el segundo. Dada su enorme audiencia, todos los medios analizaron pormenorizadamente no sólo las respuestas de los líderes, sino cada uno de los detalles de la escenificación, desde el color de sus corbatas hasta su gesticulación o movimientos en el plató. Creo que a algunos no nos pasó desapercibido un detalle nada trivial: el Presidente del Gobierno se permitió tutear a muchos de sus interpelantes, a pesar de que éstos se habían dirigido a él con el apropiado usted.
En cualquier país cuya lengua disponga de tratamiento de cortesía -incluidos todos los demás de habla hispana- hubiera hecho chirriar a los oídos bien educados la familiaridad que el presidente tuvo a bien arrogarse. Sin embargo tengo la impresión de que en España apenas nos llamó la atención, pues asistimos a un proceso galopante de la generalización del tuteo, con la consiguiente restricción del ámbito del usted, o tratamiento de cortesía. Y el presidente, tan moderno para todo, no podía quedarse atrás.
Veamos algunos ejemplos. Un conocido programa nocturno de una televisión autonómica. La presentadora, una moza madura deslenguada y tosca, pero con un punto pizpireta, recibe como invitado a un médico forense septuagenario de aspecto distinguido, que llega impecablemente vestido en un terno azul marino. Apenas ha tomado asiento el galeno, la conductora del programa le espeta: “Te puedo tutear, ¿verdad?”. El forense, naturalmente, asiente. Qué buen rollito, qué buena comunicadora soy, debe de pensar la periodista.
Un hospital cualquiera de una ciudad cualquiera en un día cualquiera. En España, claro. Una señora anciana está postrada en su cama, rodeada de los suyos, tal vez balbuceando sus últimas voluntades. En esto entra el celador, un joven recio y fornido, interrumpe el ritual y dice a voces: “A ver, Segismunda, que te voy a hacer la cama”. Qué amable soy, con que familiaridad y cariño trato a los enfermos, debe de pensar el celador, con su coloquial tuteo a la viejita moribunda.
Tal vez los dos tengan razón en sus intenciones, pero creo que entre todos estamos perdiendo algo. El “usted” -que es la evolución histórica de “vuestra merced”- es parte de la riqueza de nuestra lengua, es un hermoso tratamiento que expresa respeto y cortesía. Pero hace unos treinta años, justo en la transición democrática, empezó a ser injustamente criminalizado. Los mismos que confunden la velocidad con el tocino empezaron a confundir respeto con alejamiento, cortesía con servilismo o subordinación y tuteo con igualdad y buen rollito guay.
Apenas dos generaciones atrás los hijos llamaban de usted a los padres y no era alejamiento, sino veneración. Hace no más de treinta años, no sólo los alumnos llamaban de usted a los profesores, sino también los profesores a los alumnos: “García, haga usted el favor de salir de clase”, podía decir un profesor airado a un chaval de doce años que había hecho una trastada. Hoy es impensable y sonaría a trasnochado anacronismo. Son tiempos de “colegas” y como todos somos iguales –faltaría más- igualémonos todos por abajo, que es más fácil. El respeto y la elegancia no están de moda, son hábitos de carcamales rancios, si no tuteas hasta al Papa estás en la Edad Media.
Un dato curioso: en las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco los partidos políticos pedían el voto a los ciudadanos tratándoles de usted. “Vote Centro”, rezaban los carteles. A partir de las siguientes nunca un partido político volvió a llamarnos de usted en campaña. Se fue el alejamiento, llegó la “proximidad”, pensaron los asesores de imagen y los publicistas.
Son tiempos de tuteo indiscriminado, y el usted se irá relegando poco a poco a situaciones solemnes o a legajos de notaría, y quedará como un vestigio arcaico de tiempos en los que nuestra lengua fue más rica y más bella.
Hoy nos tutea la policía para multarnos, la Telefónica para vendernos el último móvil, los partidos políticos para exhortarnos a votarles, la Dirección General de Tráfico para amenazarnos con quitarnos puntos del carné y el Ministerio de Hacienda para decirnos que ya viene Paco con la rebaja. Son tiempos modernos y dinámicos, así que ya nadie trata de usted al ciudadano. Ya ven, ni siquiera el presidente del Gobierno. Perdón, quería decir “ya veis”…, amables lectores.
En cualquier país cuya lengua disponga de tratamiento de cortesía -incluidos todos los demás de habla hispana- hubiera hecho chirriar a los oídos bien educados la familiaridad que el presidente tuvo a bien arrogarse. Sin embargo tengo la impresión de que en España apenas nos llamó la atención, pues asistimos a un proceso galopante de la generalización del tuteo, con la consiguiente restricción del ámbito del usted, o tratamiento de cortesía. Y el presidente, tan moderno para todo, no podía quedarse atrás.
Veamos algunos ejemplos. Un conocido programa nocturno de una televisión autonómica. La presentadora, una moza madura deslenguada y tosca, pero con un punto pizpireta, recibe como invitado a un médico forense septuagenario de aspecto distinguido, que llega impecablemente vestido en un terno azul marino. Apenas ha tomado asiento el galeno, la conductora del programa le espeta: “Te puedo tutear, ¿verdad?”. El forense, naturalmente, asiente. Qué buen rollito, qué buena comunicadora soy, debe de pensar la periodista.
Un hospital cualquiera de una ciudad cualquiera en un día cualquiera. En España, claro. Una señora anciana está postrada en su cama, rodeada de los suyos, tal vez balbuceando sus últimas voluntades. En esto entra el celador, un joven recio y fornido, interrumpe el ritual y dice a voces: “A ver, Segismunda, que te voy a hacer la cama”. Qué amable soy, con que familiaridad y cariño trato a los enfermos, debe de pensar el celador, con su coloquial tuteo a la viejita moribunda.
Tal vez los dos tengan razón en sus intenciones, pero creo que entre todos estamos perdiendo algo. El “usted” -que es la evolución histórica de “vuestra merced”- es parte de la riqueza de nuestra lengua, es un hermoso tratamiento que expresa respeto y cortesía. Pero hace unos treinta años, justo en la transición democrática, empezó a ser injustamente criminalizado. Los mismos que confunden la velocidad con el tocino empezaron a confundir respeto con alejamiento, cortesía con servilismo o subordinación y tuteo con igualdad y buen rollito guay.
Apenas dos generaciones atrás los hijos llamaban de usted a los padres y no era alejamiento, sino veneración. Hace no más de treinta años, no sólo los alumnos llamaban de usted a los profesores, sino también los profesores a los alumnos: “García, haga usted el favor de salir de clase”, podía decir un profesor airado a un chaval de doce años que había hecho una trastada. Hoy es impensable y sonaría a trasnochado anacronismo. Son tiempos de “colegas” y como todos somos iguales –faltaría más- igualémonos todos por abajo, que es más fácil. El respeto y la elegancia no están de moda, son hábitos de carcamales rancios, si no tuteas hasta al Papa estás en la Edad Media.
Un dato curioso: en las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco los partidos políticos pedían el voto a los ciudadanos tratándoles de usted. “Vote Centro”, rezaban los carteles. A partir de las siguientes nunca un partido político volvió a llamarnos de usted en campaña. Se fue el alejamiento, llegó la “proximidad”, pensaron los asesores de imagen y los publicistas.
Son tiempos de tuteo indiscriminado, y el usted se irá relegando poco a poco a situaciones solemnes o a legajos de notaría, y quedará como un vestigio arcaico de tiempos en los que nuestra lengua fue más rica y más bella.
Hoy nos tutea la policía para multarnos, la Telefónica para vendernos el último móvil, los partidos políticos para exhortarnos a votarles, la Dirección General de Tráfico para amenazarnos con quitarnos puntos del carné y el Ministerio de Hacienda para decirnos que ya viene Paco con la rebaja. Son tiempos modernos y dinámicos, así que ya nadie trata de usted al ciudadano. Ya ven, ni siquiera el presidente del Gobierno. Perdón, quería decir “ya veis”…, amables lectores.
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