17 de septiembre de 2007

Colombo y los McCann

Confieso que siempre he sido un apasionado de la histórica teleserie Colombo. El personaje magistralmente encarnado por Peter Falk, aquel detective incorregiblemente despistado, de ascendencia italiana, aspecto descuidado, eterna gabardina raída, omnipresente puro en la boca (incluso en aquellos tiempos ya le regañaban por fumar en las casas, qué premonitorio), desaliñado, voz cazallera y rota, modales torpes, hablar lento y entrecortado, con aspecto de infeliz pordiosero. Un perfecto antihéroe, chaparro, despeinado, sin afeitar, desplazándose por la ciudad con un cacharro de cuatro ruedas viejo y destartalado, que contrastaba siempre con la impecable presencia de sus antagonistas, elegantes, ricos y refinados, que conducían imponentes descapotables o espectaculares limosinas.
La estructura de la serie siempre era similar: se producía un crimen en un ambiente exclusivo, muchas veces aristocrático. Nuestro singular y desaliñado detective, al que se le asignaba el caso, deambulaba despistado por lujosas mansiones, entre mayordomos y doncellas, y a duras penas accedía a los familiares y allegados de la víctima, personas de alta alcurnia cuyo hondísimo pesar por la reciente y trágica pérdida nunca les hacía perder sus exquisitos modales. Miraban al entrañable Colombo con conmiseración, y le trataban con desdén y displicencia, más como a un criado que como al responsable de la investigación. En el fondo estaban encantados de que les hubieran enviado para desentrañar la trama a un detective tan torpe y malhadado, que iba tropezando entre vasijas de porcelana y candelabros, pues entre esos allegados de la víctima, aparentemente destrozados por el dolor, estaba indefectiblemente el criminal. Luego resultaba que ese detective tosco y bonachón que parecía memo era un lince de mucho cuidado, y siempre pillaba al asesino que se quedaba con tres palmos de narices.
Los guiones eran excelentes, y tanto la preparación del crimen como la ocultación de su autoría se ejecutaban con una meticulosidad absoluta, con un cálculo milimétrico, con el enrevesamiento exagerado propio de la ficción, pues ficción era y como tal la disfrutábamos sus incondicionales. Los guiones guardaban un relativo equilibrio entre lo difícilmente posible y lo descaradamente fantástico, y ese componente de exageración era parte indudable de su éxito.
Si algún capítulo de Colombo hubiera comenzado con un matrimonio de prestigiosos médicos, jóvenes, ricos y bien parecidos, que denuncian la desaparición de su hija de seis años mientras veraneaban en una exclusiva playa, hubiera podido encajar con el perfil de un guión típico de la serie, aunque algo despiadado, pues la víctima no recuerdo que nunca fuera un niño. Ahora bien, si los padres organizaran una campaña mediática de búsqueda de la niña a nivel planetario, involucrando a gobiernos, televisiones, países enteros y al mismo Papa de Roma mientras recaudaban millones de euros de donaciones, el espectador empezaría a tildar al guionista de exagerado y hasta el más audaz televidente habría descartado en sus predicciones a la encantadora pareja como posibles sospechosos de tamaña crueldad. Nadie hubiese creído capaces a unos padres ejemplares de una teatralidad tan perfecta y de una conspiración tan elaborada y maquiavélica. Totalmente imposible, habría vaticinado el espectador.
Y si después en la misma serie aparecieran restos de sangre de la niña disimulados en las paredes de su apartamento o en el maletero del coche que la adorable pareja de padres ejemplares habían alquilado dos semanas más tarde, habríamos despachado al guionista por delirante, y haber confundido el género policiaco con la ciencia-ficción.
Así que el ya celebérrimo caso de los McCann y la niña Madeleine, no es ya que supere por goleada a la ficción; es que la humilla, la ningunea y la deja en paños menores.
Escribo esto varios días antes de que se publique, con lo que puede que para cuando ustedes lo lean el episodio de Colombo más apasionante de la Historia haya dado un nuevo e inesperado giro que me siento absolutamente incapaz de predecir. En este punto se encuentra el thriller más seguido a nivel mundial en la historia de la televisión. En vivo y en directo, y en conexión simultánea con todos lo medios de comunicación del mundo. Así es ahora la aldea global de la que habló McLuhan en los años sesenta, pero que nunca siquiera soñó que llegara a los actuales extremos.
Lo realmente triste es que no es un thriller, ni una película de ciencia ficción, ni siquiera un reality show. Todo es descarnadamente real, y hay una niña de seis años desaparecida o muerta. Ojalá que el epílogo de la historia sea la aparición de la niña sana y salva, que además de ser el más cinematográfico de los posibles por su escasa verosimilitud, convertiría el mundo, por unos minutos, en un lugar una pizca más cuerdo y habitable.

10 de septiembre de 2007

La tele no veranea

Aunque parece que en el verano el mundo se adormece y ralentiza, no es así. El globo terráqueo sigue girando al mismo ritmo, la gente sigue naciendo y muriendo, los bancos siguen cobrándonos la hipoteca, sin que nadie o nada tenga un ápice de misericordia con el paréntesis estival. Ni siquiera la televisión. Ese singular aparato omnipresente no sólo no nos concede una mínima tregua veraniega, sino que se aprovecha de que las neuronas del espectador (usted y yo, supongo) están aún más adormecidas de lo normal para dictarnos, con tiranía divina, la diferencia entre el bien y el mal, lo bueno y lo malo, lo importante de lo trivial. También siguen publicándose los periódicos, aunque muy adelgazados por el calor, que en las escasas hojas que sobreviven nos hacen una antológica síntesis de lo realmente sustancial. Supongo.
Así, a tenor de lo que veía en televisión estas vacaciones cada vez que la encendía, he sabido que uno de los acontecimientos más trascendentales que han acaecido en el planeta Tierra durante este verano ha sido una avería en el suministro eléctrico en Barcelona, que se ha prolongado hasta dos o tres días en algún barrio de la ciudad catalana. En efecto, durante esos días aciagos para la Humanidad, riadas de intrépidos periodistas asaltaban, cámara y micrófono en mano, a los desolados vecinos damnificados, y se producían entrevistas tan enjundiosas como estas, más o menos:
(Periodista gritona, con tono apocalíptico, rictus de solidaridad ante la tragedia):
“Usted lleva un día sin luz, ¿qué siente usted? Supongo que estará fatal, ¿no?”
(Vecina ojerosa, hundida por los acontecimientos, llorando sin consuelo)
“Esto es terrible, imagínese, he tenido que tirar la pescadilla y los boquerones que tenía congelados y mi marido no se ha podido afeitar, y ayer no puede ver el Tomate. ¡Esto es tercermundista!”
Pero no acabó aquí la pesadilla de estos devastados vecinos. Después pusieron generadores, y parece que su motor hacía ruido, el muy primitivo. Así que nuevo reportaje, vuelve la periodista apocalíptica, cámara en mano, a la vecina abatida:
“Pero, ¿cómo pueden ustedes dormir con este ruido? Debe de ser horrible, ¿no?”
“No te lo puedes imaginar, hija mía, nos hemos tenido que comprar tapones pa’ los oídos en la farmacia.¡Esto es espantoso, tercermundista!”
Tercermundista. Mientras tanto, en algún breve del noticiero, nos contaban deprisa que un par de docenas de civiles habían saltado por los aires en Irak -como todos los días-, que en Bolivia o Ecuador varias miles de familias viven (sí, viven, habitan) en un vertedero, sobreviviendo de la basura –como todos los días-. También en muchos lugares del mundo la noticia no habría sido estar dos días sin luz, sino tener luz durante dos días. O sencillamente tener alimento, ropa, agua corriente o un techo. Pero lo tercermundista en Barcelona es quedarse dos días sin electricidad y que se echen a perder los langostinos, o no tener aire acondicionado, con el calor que hacía. Qué tragedia, qué calamidad. Pero esa noticia vende; hay que aprovecharla.
Los medios de comunicación en general, y la televisión en particular, con su despótico poder, nos seleccionan la información y transforman un incidente más o menos importante en hecho trascendental en función de su interés como espectáculo. Somos carne del cañón de un sensacionalismo, unas veces simplemente frívolo, pero otras obsceno y hasta nauseabundo. Sólo es noticia lo circense, lo espectacular, lo que se ajusta a un marco atractivo para el guión televisivo e incremente las cuotas de audiencia.
Hace unos días quiso el destino que el mismo día falleciesen un joven futbolista, un brillante escritor y una docena de civiles en Afganistán. Todos los medios de comunicación, esta vez sin excepción, cubrieron los decesos de acuerdo con la necesidad de saciar el apetito voraz del espectador o lector. El primero había tenido la espectacularidad (en el sentido literal de la palabra) del más exigente de los guiones: desvanecimiento en el campo en directo, hombre joven y querido por todos, mujer embarazada, equipo de éxito, días de suspense hasta el triste final, así que su muerte abrió noticieros, fue titular destacado de todas las portadas de los periódicos y durante algunos días inundó de lágrimas televisión y prensa, en una especie de versión actualizada del heroico torero que muere en la plaza. No recuerdo un fallecimiento tan mediatizado desde el del Papa anterior, o el de la cantante Rocío Jurado. El segundo, importante escritor y mejor columnista, murió de enfermedad, ya a una cierta edad, y ocupó un breve espacio en los noticieros, un rincón en algunas portadas y reseñas en los obituarios y páginas culturales de los periódicos. Los terceros, los muertos de Afganistán, ocuparon un espacio mínimo en el interior de algún periódico y un breve en la sección de internacional de algunos telediarios. Dicho esto con mi mayor respeto y solidaridad con el sufrimiento de las familias y amigos de Antonio Puerta, Francisco Umbral y también los civiles de Afganistán, cuyos nombres nunca sabré. Que nadie me interprete mal: no hago una comparación entre la noticia del apagón de Barcelona y la muerte de seres humanos: el fin de una vida siempre ha sido y será un hecho tan natural como trascendental y doloroso. Hablo de sus coberturas mediáticas, no de sus muertes.
La televisión, con su criterio de espectacularidad y mercantilismo, selecciona la información, se nos infiltra en el pensamiento y nos impone una perversa escala de valores, de prioridades y de opinión. No hay poder tan doméstico y al tiempo tan peligroso. Que los dioses nos protejan de sus tentáculos.

8 de julio de 2007

Pobres de importación

Qué lujo que haya pobres. Qué lujo para los países ricos poder recibir riadas de inmigrantes pobres que huyendo de la miseria vienen al primer mundo. Y concretamente al nuestro, recientemente unido al selecto club, a donde llegan estos famélicos de lugares ignotos para alegrarnos la vida con su trabajo y su colorido. Indios, chinos, negros, moros, rumanos, ucranianos. Da gusto ver las calles de las grandes ciudades, tan cosmopolitas ellas, con ese babel de lenguas y acentos y ese caleidoscopio de colores y razas.
Qué lujo, porque los pobres de importación nos friegan los platos, nos llevan los niños al colegio, nos cuidan a los viejos, nos barren la porquería, nos pintan la casa, nos planchan la ropa, nos recogen la basura, nos limpian las letrinas. Qué lujo. Eso antes no pasaba; esos trabajos tan feos, desagradables y mal pagados nos los teníamos que hacer nosotros, qué asco.
Qué lujo, porque además esos inmigrantes, tan primitivos y tribales ellos, les da por el fornicio y la perpetuación de la especie bastante más que a los nacionales y nos llenan el país de cachorros, con lo que, miren ustedes por dónde, tendremos asegurada la mano de obra renovada y los cotizantes a la Seguridad Social para cuando nosotros estemos babeando en el asilo. Y además estos retoños exóticos son churumbeles de todos los colores y etnias, con lo que nuestro paisanaje gana mucho en estética. A la monotonía de la imagen del español cetrino y achaparrado hay que añadir ahora los rasgos indígenas, los labios gruesos, los cabellos crespos, las pieles negras y los ojos oblicuos. Y los rubitos ojicelestes de la Europa del Este. Puro Benetton o Calvin Klein, qué bonito.
Pero para lujo lujo, los inmigrantes sin papeles. Esto es el chollo de nuestro tiempo. A poco espabilado que sea un patrón con buenas luces y mediana astucia, se consigue media docena de negritos y rumanos indocumentados y se monta la empresa pirata del siglo. Obras, reformas, construcción, limpieza, cualquier cosa. Ellos trabajan y callan, y cobrar…lo justito o un poco menos. Aunque si el generoso empresario hispano sufre una sobredosis de granujería y no anda sobrado de escrúpulos, cosa nada infrecuente, cuando el currito exótico ha acabado la faena, adiós muy buenas y si te he visto no me acuerdo. ¿Dinero por el curro? No hombre, no, esto es para que aprendas y adquieras práctica. ¿No te he pagado ya un bocata? Y no te quejes, que peor lo pasabas en tu país. Qué manera de hacer caja. Qué chollo, qué lujo.
Todavía más ventajas ofrecen las mujeres sin papeles. Qué lujo de burdeles, con meretrices de todos los tamaños, edades, colores y formas. Qué lujo, estas exuberantes hembras, que gracias a su pobreza de allí y a las mafias de allí y de aquí multiplican la oferta, aumentan la calidad y abaratan el kilo de carne fresca. Proxenetas nacionales y de importación están de enhorabuena, qué manera de contar euros al rayar el alba, qué lujo.
Y por si fuera poco, ahora también los inmigrantes nos ponen el patriotismo castrense. Hace tiempo que el “todo por la patria” dejó de hacer furor entre los nativos, y el toque de corneta hoy en día levanta a pocos ibéricos del catre. Y como “el todo por la patria” se cambió por el “todo por la pasta” y la pasta era más bien poca, los españolitos de a pie no se volvieron locos precisamente por vestir de caqui. Así que, otra vez, qué lujo que haya pobres del otro lado del charco dispuestos a hacerlo, enarbolar una bandera ajena y morir por ella en el Líbano, si hace falta.
¡Y pensar que aún hay gente que no los quiere aquí, que quiere que se vayan! No, no es que sean racistas o xenófobos. Son simplemente gilipollas. O tal vez ambas cosas.

We are the champions

Cuando lean ustedes estás líneas -que escribo dos días antes- media España estará triste y abatida mientras que la otra media estará exultante y dando botes de alegría. La mayoría, si no todos, los periódicos nacionales dedicarán su portada al gran acontecimiento del día anterior. Muchísimos hombres y no pocas mujeres de este país nuestro no habrán (habremos, probablemente) dormido, unos debido a celebraciones y resacas y otros por el cabreo monumental de lo que pudo haber sido y no fue, y otros –víctimas inocentes del delirio colectivo- como efecto colateral de los bocinazos de los coches que irán festejando, banderas enarboladas, lo que considerarán el acontecimiento del año. Sí, ya saben que no estoy hablando del descubrimiento de una vacuna contra el cáncer, o del cese de hostilidades entre israelíes y palestinos, ni tan siquiera de la entrega de las armas de los asesinos etarras, sino del campeón de la liga española de fútbol: Real Madrid, Barcelona o, muy improbablemente, Sevilla. Reconozcamos que no es para menos.
Se tiende a considerar el fútbol como una religión contemporánea, capaz de desatar las pasiones más fervorosas. Pero la atención que concita este deporte-espectáculo suele desbordar con creces la que despierta socialmente cualquier religión o credo, incluso para sus más piadosos seguidores. La fidelidad a un equipo de fútbol supera a la de cualquier otro ámbito de la condición humana: uno puede cambiar de amigos, de mujer, marido o amante, de partido o ideología política, de ciudad, de país o nacionalidad, de religión o incluso de sexo, pero resulta excepcional que alguien cambie de equipo de fútbol. Personalmente no conozco a nadie que lo haya hecho.
El concepto de pertenencia a un determinado equipo, a unos “colores”, resulta de singular fortaleza, y la indulgencia que los aficionados más radicales sienten hacia los sacerdotes de este credo más o menos deportivo no es comparable con ningún otro ámbito de la realidad cotidiana. Un ciudadano de a pie se quejará amargamente de la subida del pan o la factura del gas, pero después pagará hasta 500 euros por ver en directo hora y media de fútbol en un partido trascendental de su equipo favorito. El mismo ciudadano mirará con recelo un sueldo de 3.000 ó 4.000 euros de un parlamentario, pero hará reverencias e idolatrará al futbolista que gana millones de euros si es capaz de meter una pierna en el último minuto que marque el gol que le transporte a la gloria. El dios balón obnubila la mente y ofusca la razón, como una droga que no deja aparentes secuelas físicas y es universalmente aceptada en todas las sociedades. Viva el fútbol.
Pero dentro del sentido de comunión con un imaginario colectivo, llamado Real Madrid o Barcelona, lo más llamativo es la falta de vinculación objetiva o natural de la mayor parte de los aficionados con el equipo de su elección. Se “sienten” los colores de un equipo u otro de manera irracional, como si el aficionado fuese merengue o culé por un designio del destino o por una vocación trascendental que sentimos pero no comprendemos del todo. ¿Por qué el hincha se siente del Real Madrid o del Barcelona, aunque no haya nacido o ni siquiera conozca estas ciudades? ¿Por qué con frecuencia se vive con más pasión la trayectoria de estos equipos que la del local, sea éste el Ceuta, el Murcia o el Villarreal, por ejemplo?
Supongo que es porque son muy grandes, son muy poderosos, su historia está plagada de victorias y gestas, son muy célebres y prestigiosos, y son conocidos en todos los rincones del planeta. Y en el fondo a uno le gusta pertenecer a esa comunidad mundial, identificarse con el héroe, con el ganador, y pensar que cuando hablan del campeón están hablando de uno. Pensar que yo realmente pertenezco al equipo, que yo participé en la consecución del título, que yo, modesta persona cuyo nombre real e individual nunca figurará en las enciclopedias ni pasará a la posteridad, estaré sin embargo representado por mi equipo ante la Historia, ante al que hoy se rinden millones de personas de todo el mundo. Que esa heroicidad de la que hoy hablan todos los periódicos en el fondo es mía, me pertenece, yo tuve algo o mucho que ver en ese logro, mientras me desgañitaba en el bar delante del televisor para ayudar, con mi aliento, a que ese balón de cuero traspasara la línea de la portería enemiga. Así que hoy, cuando ustedes tengan la amabilidad de leer estas líneas, sepan que este modesto juntador de palabras es uno de los campeones de la Liga española de fútbol 2006-2007, y que estaré, por tanto, inexplicablemente feliz. O infeliz, que todo puede pasar, pero que conste que yo habré hecho todo lo posible porque la Liga la ganemos “nosotros”, los campeones. We are the champions. Que nadie me escatime méritos.

Bouchra

Seguramente muchos de ustedes ya han oído hablar de Bouchra. Es una niña de once años que desde el pasado 22 de marzo vive en Ceuta, entre nosotros. Pero no es una vecina más: padece una grave encefalopatía y la única casa que ha conocido desde que entró en nuestra ciudad es una habitación del Hospital de la Cruz Roja.
He sabido de esta niña de ojos negros y brillantes por medio de Maribel Lorente, presidenta de la Asociación Digmun, en donde realizan un admirable trabajo en beneficio de la dignidad de la infancia y que se han volcado con ella desde el primer día que tuvieron conocimiento de sus trágicas circunstancias. Hace un par de semanas que Dignum ya publicó en estas páginas un artículo sobre el caso.
Al parecer hasta hace unos meses Bouchra, que es diabética, vivía en las montañas de Tetuán, cuidada por su madre, quien le proporcionaba la insulina que necesitaba a diario. Hace dos meses que su madre murió de forma repentina, y al poco de morir ésta Bouchra padeció una descomposición grave de su diabetes, lo que le acabó produciendo la encefalopatía que ahora padece y que la ha convertido en un ser totalmente dependiente, con sus extremidades inmovilizadas y la mirada perdida hacia el infinito.
Entró en Ceuta sin otro pasaporte ni visado que los brazos desesperados de su padre, que acudió a nuestra ciudad apurando el último aliento por salvarle la vida. Y los ceutíes han estado a la altura de las circunstancias: el personal sanitario del Hospital de la Cruz Roja se ha vaciado en atenciones médicas y humanitarias, ha rodeado a Bouchra y a lo que queda de su familia de todo el cariño, afecto y dedicación que estos grandes profesionales y mejores seres humanos son capaces de dar, que no es precisamente poco.
Pero parece que la generosidad de los ceutíes de bien, que nunca miraron el pasaporte de Bouchra, sino a su corazón y su cuerpo desvalido e inerte, no tiene la debida continuidad en sus representantes políticos y administrativos. Me consta que en la Asociación Digmun han movido Roma con Santiago para que Bouchra pueda tener los cuidados que precisará cuando abandone el Hospital. Cuidados que, con toda seguridad, sólo podrá tener en nuestro país. Han llamado a todas las puertas oficiales de Ceuta y otros lugares de España para que Bouchra se pueda quedar entre nosotros en un centro en donde le puedan dispensar las atenciones médicas y afectivas necesarias, sin ningún resultado. Qué pena, qué vergüenza. La razón es tan obvia para la Administración como incomprensible sería para la pequeña Bouchra, si aún pudiera discernir: ella es marroquí, no española.
Sé que el caso de Bouchra no es único; hay miles de niños en condiciones similares o parecidas diseminados por la geografía de tantos países en los que si la comida y el techo son un lujo, la atención digna a un niño dependiente es una utopía. Aunque a todos nos toca nuestra ración de culpa, sé que nuestro país no podría ocuparse de todos ellos y nada más lejos de mi intención que hacer demagogia con algo tan delicado. Pero Bouchra ya es de los nuestros, porque lo son los ceutíes que le han salvado una vida que a partir de ahora también necesita de una dignidad que Ceuta, o España, o nuestro opulento primer mundo tiene unos medios para proporcionar que nuestros vecinos no tienen. Si somos solidarios y acogemos a los adultos y niños que llegan en cayucos huyendo del hambre desde el África subsahariana, acojamos también a Bouchra, que llamó a las puertas de Ceuta huyendo de la muerte.
Y si los generosos y solidarios ceutíes del Hospital de la Cruz Roja o de la Asociación Digmun no han mirado el pasaporte de Bouchra para darlo todo por ella, no deberían hacerlo tampoco sus representantes políticos, sobre todo aquellos que hace una semana brindaban con tanto fervor y entusiasmo por la confianza que el pueblo les había otorgado.
El Sr. Vivas, brillante y legítimo vencedor de las pasadas elecciones, dijo que al día siguiente debía comenzar a trabajar. Sr. Vivas, le voy a pedir que empiece por Bouchra. Búsquele un resquicio a la Ley, que seguro que se lo sabrá encontrar. Descuelgue teléfonos, haga llamadas, realice gestiones. El pueblo de Ceuta, que de forma abrumadora ha confiado en usted, se lo agradecerá, estoy seguro. Y Bouchra, su padre y sus hermanos mucho más. Que no permitan nuestros representantes que el escudo del pasaporte de Bouchra le impida disfrutar, en lo posible, de una infancia digna. El humanitarismo y la solidaridad no entienden de colores de banderas. Y mucho menos la mirada triste y extraviada de Bouchra.

1 de junio de 2007

El ministerio y el churrero

¿Saben ustedes qué es un ministerio? No me refiero al del sacerdocio, sino a esos gigantescos entes administrativos, que se supone que son algo así como sucursales especializadas del gobierno y cuya cabeza visible es un señor o señora llamado ministro, en el primer caso, o ministra en el segundo. Bajo las órdenes de éstos hay un sinfín de cargos de simpatiquísimos nombres, tales como secretarios generales, subsecretarios, directores generales técnicos, etc., y según uno va descendiendo de las pirámides de jerarquía se encuentra, probablemente, con unos señores o señoras, que trabajan en esos lugares y que atienden al no menos simpático nombre de funcionarios. Para que ustedes se vayan centrando geográficamente, digamos que normalmente estos lugares, en el caso de España, se hallan en Madrid.
Pues bien, esas instituciones pertenecientes al gobierno de alguna forma tienen la potestad de conducir la vida de los ciudadanos en diferentes ámbitos, así que uno tiende a creer que esos enormes edificios de la capital están llenos de una vida interior muy rica en donde se cuecen las dichas y desdichas de uno. Por ello, tal vez en un exceso de romanticismo, las he llegado a considerar como una entrañable extensión del hogar.
De forma que, con la confianza de saber que uno está llamando a la puerta de la casa de su familia, a veces intento ponerme en contacto con ellos. No lo hago como evasión, entretenimiento o para interesarme por la salud de sus hacendosos funcionarios (aquí debo excusarme por mi poca delicadeza y falta de misericordia) sino para solventar alguna duda que me atañe, o realizar alguna diligencia a la que estoy obligado, normalmente, por ellos mismos. Y entonces me embarco en un singular proceso, cuyas fases, con su permiso, les voy a relatar.
Primera fase. Tecleo el nombre del ministerio del que imploro su asistencia en el google, y en décimas de segundo encuentro la página web del ministerio correspondiente. Hasta ahora, todo marcha sobre ruedas. Todos los ministerios tienen una preciosa página web, muy profesional ella, que además permite la opción de dirigirse a ellos por correo electrónico para realizar la consulta que uno tenga menester. En aras de molestar lo menos posible a los funcionarios, que imagino siempre ocupadísimos, expongo mi consulta por correo electrónico, saludo atentamente y agradezco de antemano la respuesta que supongo me enviarán (que por falta de cortesía no quede), y le doy al botoncito “enviar”. Pues bien, debo decir que he efectuado consultas a tres o cuatro ministerios una media docena de veces y éste es el día en que estoy esperando respuesta a alguna de ellas. La primera fue hace más de tres años.
Segunda fase. Dada mi experiencia algo desafortunada a través de la cibernética, recurro al más tradicional método del teléfono. En las páginas web figuran los teléfonos de los diferentes departamentos ministeriales, así que trato de averiguar cuál es el que más se ajusta a mi consulta y marco las teclitas correspondientes en el teléfono. Aquí los resultados varían:
Caso 1. Me contestan de Churrería García, y me dicen que ya están hartos de que les llamen preguntando por el “menisterio” ese. El churrero se muestra algo agresivo verbalmente. Busco otro número.
Caso 2. Es el más frecuente: el teléfono está siempre comunicando. Cuando digo siempre, es siempre, en términos absolutos. Uno puede llamar a las nueve, a las once, a la una o a las dos y cuarto. Puede llamar una o doscientas veces, el número siempre estará “ocupado”. Siempre. Busco otro número, preferiblemente que no coincida con el de Churrería García.
Caso 3. Alguien, de ese ministerio (aleluya), contesta el teléfono con tono resignado y quejoso. Uno expone la consulta, y tras dos o tres minutos de exposición le dicen dos palabras que auguran un penoso deambular: “Le paso”. O sea, que allí no es y le pasan con otra extensión. Si la comunicación no se corta en la conexión (lo más común), uno vuelve a hacer la exposición a otro funcionario, que a su vez realiza la operación del anterior y pone fin al apasionante relato con las dos palabras mágicas del manual: “Le paso”. Esta travesía de teléfonos y repetición del asunto puede repetirse hasta cinco o seis veces, hasta que, o bien se corta la conexión en alguna transferencia, o bien, el último funcionario le dice que usted tiene que llamar a tal otro número. Escribo el número, pacientemente, y al colgar cotejo, con horror y desesperación, que es el que está siempre ocupado, es decir, el “imposible”. O, aún peor, el de Churrería García.
Caso 4. En el utópico caso de que uno, en un irrepetible guiño de la diosa fortuna, dé con el departamento adecuado, le dirán que la persona que lo lleva no está, que está enferma o de vacaciones, y que no saben cuándo volverá a su puesto. Hace poco, conseguí hablar con alguien del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Era la semana del 1 de mayo, y una funcionaria me dijo que “cómo se me ocurría llamar esa semana, habiendo puente...” (sic).
Caso 5. Le contestan máquinas con voz metálica y le castigan con músicas tipo máquinas tragaperras, con el inequívoco objetivo de que desista o de provocar al usuario un ataque de histeria. De este caso hablaré largo y tendido en otra ocasión, pues merece capítulo aparte por lo cruel y despiadado.
Tercera fase. Pensando que la comunicación telefónica sea tal vez un medio demasiado avanzado para conseguir información, recurro a la carta, ese tradicional sistema de papel escrito, sobre y sello pegado con lengüetazo. La envío, y al cabo de trece meses (repito, trece meses) recibo carta de respuesta en la que se me dice que para conseguir la información llame a un número de teléfono.
No es preciso decir que a esas alturas ya no necesito la información, pero, por curiosidad, cotejo el número de teléfono. Sí, lo han adivinado: es el de Churrería García.

28 de mayo de 2007

Los dos lados de la señorita Pataky

En Irak, desde el comienzo de su invasión por las tropas estadounidenses y sus aliados, se han producido ya 650.000 muertos, cadáver arriba o abajo. La semana pasada, el señor Taha Yasín Ramadán, ex vicepresidente del mismo país, fue ahorcado tras ser condenado a muerte.
En Rusia, un incendio en una residencia de ancianos provocó 62 muertos. Descansen en paz.
Los combates entre los insurgentes de Al Qaeda y miembros de las tribus de Pakistán provocaron la semana pasada más de medio centenar de muertos.
En Somalia aumenta cada día la sangría humana que va diezmando a su ya depauperada población.
En España se ha superado la cifra de trescientas mil prostitutas en activo, de las cuales la gran mayoría ejerce el oficio en condiciones de absoluta esclavitud, forzadas por mafias que actúan a sus anchas y en una más que relajada impunidad.
También la semana pasada se confirmó que la empresa Delphi, subvencionada con los impuestos de la ciudadanía, se había declarado en suspensión de pagos, confirmándose así el despido de 1.600 trabajadores.
También se ha confirmado que para la gran mayoría de los jóvenes españoles sigue siendo inviable el acceso a una vivienda, a pesar de que un estudio económico sitúa a Madrid y Barcelona entre las treinta ciudades más ricas del mundo.
Persiste la polémica sobre las patentes de los medicamentos por la multinacionales farmacéuticas, y mientras tanto siguen muriendo millones de seres humanos en el tercer mundo por no poder comprar sencillos remedios tan conocidos como inaccesibles para ellos.
Lo que acabo de escribir es una pequeña muestra de las realidades con que nos desayunamos los ciudadanos un día cualquiera de una semana cualquiera de un año cualquiera. En este caso, y simplemente como muestra, he elegido un día de la semana pasada.
Son asuntos tan cotidianos y hasta tan conocidos que no despiertan el menor interés, y probablemente a estas alturas del artículo muchos de mis amables lectores ya habrán abandonado la lectura de esta letanía de acontecimientos, tan ajenos a nuestra lista de prioridades inmediatas.
Y todo esto porque resulta que, en un imperdonable descuido, he olvidado mencionar el evento que, en el día anterior al que escribo este artículo, acaparó de manera casi absoluta la atención nacional o estatal, como ustedes prefieran o más les guste. Exacto, el tema del día y probablemente de la semana no fue ninguno de los anteriores, sino ése que ustedes y yo estamos pensando, es decir, las fotografías de la proa y la popa de la señorita Elsa Pataky, actriz de profesión, y la tormenta existencial que tan inconmensurable asunto y la gravísima polémica que le ha envuelto ha provocado en la ciudadanía.
No es para menos. Es poco probable que haya un solo ciudadano español, de norte a sur, de oriente a occidente, que no esté totalmente al corriente del mayúsculo suceso, pero, por si así fuere, y en aras a aportar mi modesta contribución a la sociedad, y que no quede hombre o mujer sobre territorio patrio ignorante de tan trascendentales hechos, voy a resumir sucintamente lo acaecido. Ya se sabe que los pueblos que ignoran su Historia están condenados a repetirla, y los españoles no podríamos permitirnos semejante tragedia.
La señorita Pataky, de profesión actriz, y de muy buen ver a juicio tanto de propios como de extraños, entre los que me incluyo, decide vender un reportaje fotográfico a determinada revista en la que se presta a mostrar y por tanto deleitar a la Humanidad con la contemplación de su hermoso reverso o popa, también de buen ver, para qué engañarnos. Pero resulta que un avispadísimo paparazzi, conocedor -tal vez por sus poderes premonitorios o por indicios más prosaicos- de tales pretensiones y del lugar y hora de donde se tomarían las fotografías que cambiarían el rumbo de la Historia, piensa, con buen criterio, que donde hay un reverso también suele haber un anverso, así que, probablemente camuflado en bonsái playero o disfrazado de pulpo gigante, consigue fotografiar la proa de tan bella señorita, aún de mejor ver que su popa, al humilde juicio de este modesto escribiente.
Y, oh mayúscula sorpresa, la bella señorita Pataky, aparece, mostrando al mundo su espléndida delantera, en la portada de una revista de la competencia, en lugar de mostrar su trasera en la revista con la que había pactado las fotos a cambio de generosos estipendios.
La tragedia se ha consumado. Por todas las cadenas de televisión se habla sin cesar de tamaña ignominia, de tan singular evento. La actualidad nacional e internacional ha quedado eclipsada ante un suceso de tan desproporcionada magnitud, y no me refiero literalmente a los senos de la bella, que son mesurados y hermosos. En las emisoras de radio y en los platós de televisión se organizan espontáneos y sesudos debates entre los parlanchines gritones de la carroña para dilucidar quién tiene razón. La ocasión lo merece. El tema trasciende a mercados, peluquerías, bazares, oficinas, centros educativos y ministerios. Agentes, representantes, directores de revistas rosas –y no tan rosas- son interpelados para conocer su versión de los hechos. Se plantean graves discusiones jurídicas y se habla de derechos fundamentales de personas y las revistas, que esto sí que importa y no lo que pase, verbigracia, en Guantánamo, Estamos, sin duda, ante el acontecimiento de la semana, si no del año. Y repito, no es para menos.
Para que después alguien diga que los españoles somos incultos, o ignorantes. Lo que ocurre es que sabemos separar el grano de la paja, y cuando nos enfrentamos a un hecho verdaderamente trascendental entonces le dedicamos la atención y la importancia que realmente merece. ¿Ven como no todo es fútbol? El nuestro es un país de cultura y refinamiento, a las pruebas me remito.
Así que le he dedicado al asunto mi articulito, y que me perdonen los lectores esas primeras líneas introductorias que hayan podido distraer momentáneamente la atención del verdadero meollo de la actualidad y de lo que realmente nos interesa a todos. Eran menudencias, anécdotas decorativas de relleno que adornan lo realmente trascendente: los dos lados de la bella y sus incalculables repercusiones en el devenir de la Historia.

Colombia, la pasión por la lengua

La señora Amparo, a los ochenta y siete años, va desgranando palabras precisas y sonoras, mientras va relatando los avatares que tuvo que pasar para criar a sus nueve hijos en una humilde casa de campo del departamento de Antioquia, no lejos de la ciudad de Medellín. Habla, con vocablos bellos y antiguos, de cómo se levantaba cada día a las cuatro y media de la mañana para ordeñar las vacas, y como, tras una jornada agotadora dedicada a los trabajos del campo, al acostarse por la noche, prendía una vela para devorar todo libro que caía en sus manos, muchas veces hasta el amanecer. Porque leer “es una dicha”, asegura, entornando sus ojos, mientras los demás la escuchamos embelesados, porque su forma de expresarse encanta y arrulla, y podríamos haber pasado toda la noche disfrutando de su relato, de un relato de campesina que habla un español impecable, con una cadencia dulce, con una dicción perfecta, con un lenguaje sencillo y florido a un tiempo. Describe, con precisión literaria, los páramos, la flora, los aperos de labranza, los útiles que empleaba para recoger la leche tras ordeñar las vacas, y los sentimientos que se le escapan, de gozo y de tristeza, de nostalgia y de melancolía. Nos cuenta cómo toda la familia tuvo que escapar precipitadamente de la casa, tras la violencia entre los conservadores y liberales, y dejarlo todo atrás, su hogar, su pequeña tierra, sus animales y empezar de nuevo en una aldea más próxima a Medellín, con un equipaje tan ligero como sus propias manos ásperas y curtidas. Y su amor por los libros, por esos libros que conseguía con cuentagotas en aquellas aldeas de casas diseminadas perdidas en mitad de la nada. A veces hace un breve inciso en su apasionante relato para recitar poemas aprendidos en la infancia, en los pocos años que pudo asistir a la escuela para aprender a leer, escribir y las cuatro reglas. Y lo hace con la entonación de un rapsoda, marcando los silencios precisos, sin un titubeo que denote una traición de la memoria, que conserva tan intacta como su vocabulario rico y luminoso.
Porque en Colombia la lengua, la lectura, nuestro común español, es un tesoro aún más valioso que el oro arrebatado por los avaros conquistadores de hace quinientos años.
He tenido la fortuna de estar en Colombia mientras se celebraba el recientemente clausurado Congreso de la Lengua Española en Medellín y Cartagena de Indias, y es ciertamente difícil poder encontrar un país más apropiado para tributar un homenaje a nuestra lengua. Toda Colombia se ha vestido de fiesta para el evento, los periódicos y las revistas han sacado ediciones y suplementos especiales para acentuar el acontecimiento, y parece que por una semana hasta la violencia y la criminalidad que desde hace muchos años vienen asolando este excepcional país se hubieran dado una tregua para festejar el privilegio de acoger en el país el mayor tributo a lo que aquí es considerado como la mejor herencia española: la lengua castellana.
No conozco otro lugar de habla hispana donde se trate el lenguaje con tanto mimo, donde la manera de expresarse goce de tanto prestigio, donde la forma de dirigirse a los demás tenga tanto rango como carta de presentación. La cortesía es sencillamente exquisita, desde el profesor universitario hasta la vendedora de mazorcas de maíz de la calle, desde el taxista hasta el más humilde vendedor de arepas y empanadas. En Colombia no hay mayor desprestigio que el maltrato al idioma, o el descuido en el trato, y éste es motivo de conversación frecuente en conversaciones cotidianas. No es extraño encontrar como motivo de debate en una familia o un grupo de amigos si tal o cual expresión es completamente correcta, si tal palabra debe o no escribirse con mayúscula, o si es preferible o no colocar la tilde sobre cierto monosílabo o término diacrítico. Con razón los periódicos dedican secciones fijas al correcto uso del idioma, y con razón aquí nació el autor de Cien años de soledad, y muchos otros tan brillantes como desafortunadamente eclipsados por la gigantesca sombra de García Márquez, el autor universal por excelencia en lengua castellana.
Así que tengo un cierto miedo a regresar a mi querida España, llegar a Barajas y que el policía de la aduana no levante los ojos del pasaporte mientras me lo revisa y no se digne dirigirme la palabra, o que el taxista no me dé los buenos días, o conectar el televisor patrio y reencontrarme a una caterva de chillones de bazofia humillando nuestra lengua a gritos, insultando a la inteligencia del espectador mientras rebuznan remedando lo que fue un cultísimo idioma sobre la última novia, novio o coito de algún imbécil célebre, con absoluta impunidad, sin que el delito de atentado a la cultura y lengua de todos esté aún recogido en el código penal. Regresar, en definitiva, a la cuna de una lengua que se empobrece y marchita a diario en su lugar de nacimiento mientras se engrandece y cuida al otro lado del Atlántico. No estaría mal que, en un bello anacronismo, acudamos ahora a esa América Latina, no con la cruz y la espada, sino con los oídos bien abiertos y una buena dosis de humildad para aprender de esa lengua que dejamos hace quinientos años y que nuestros hermanos de América han sabido embellecer hasta convertirla en el gran tesoro común que hoy compartimos más de cuatrocientos millones de seres humanos.

Ciudadanos de segunda

Estos últimos días he oído hablar en diferentes medios de comunicación y debates políticos sobre un reportaje emitido por Telemadrid titulado “Ciudadanos de segunda”, y referido a aquellas personas que viven en Cataluña y tienen el castellano como lengua materna (la mayoría). Como unos lo definían como excelente, mientras que otros lo catalogaban como “panfleto anticatalán basado en mentiras” y yo no lo había visto, me ha picado la curiosidad y he acudido a “Youtube”, en Internet, ese magnífico cajón de sastre en donde se encuentra prácticamente todo documento audiovisual que uno pueda imaginar, desde un discurso regio hasta el más estrafalario video-clip producido en un garaje por un freaky pasado de estupefacientes. Y me lo he visto enterito, de principio a fin.
Por si ustedes tampoco lo han visto, y no tienen acceso a Youtube, les haré un sucinto resumen. El reportaje presenta ejemplos documentales de la situación de absoluta marginalidad en que la lengua española es tratada en Cataluña por su gobierno en todos los ámbitos oficiales, introduce cámaras y micrófonos en las escuelas, habla con niños obligados a renunciar a su lengua y hablar en catalán entre ellos en el patio, habla también con los comerciantes multados (sí, multados) por rotular sus comercios en castellano, entrevista a ciudadanos desesperados por no poder escolarizar a sus hijos en castellano (algunos extranjeros), así como a conocidos personajes públicos, como a Albert Boadella, Rosa Regàs, Arcadi Espada, Miquel Calzada “Mikimoto”, entre otros, que exponen su punto de vista sobre el asunto. Algunos rotundamente a favor del catalán velis nolis y si no, puerta y te vas a España, que está cerquita, vienen a decir.
Antes de dar mi propia opinión al respecto, quiero aclarar que amo la lengua catalana, que la conozco y la hablo, así como el pueblo catalán en general, y muchos, muchos catalanes en particular, no cual no será óbice para que, cualquier “nacionalista catalanista” que lea este artículo me catalogue, a partir de lo que escribiré a continuación, de “anticatalán”, “enemigo de la lengua catalana” y tal vez de fascista, término que últimamente sirve igual para un roto que para un descosido, y que en Cataluña se aplica indefectiblemente para todo aquel que se aparte un milímetro de la línea totalitarista del “régimen”. Trataré de superar la mella que tales improperios sin duda me dejarán.
Lo que presenta el reportaje es tan riguroso y cierto como inapelable, pero debería ir aún más allá. La oficialidad catalana, que abarca todos los ámbitos de la vida pública y privada, no presenta Cataluña como país totalmente independiente de España como una aspiración política, sino como una realidad ya actual incontestable.
Veamos algunos ejemplos.
Cataluña es su nación (España no), y como todos los niños deben utilizar obligatoriamente el catalán como lengua vehicular de enseñanza (utilizar el castellano como lengua vehicular está prohibido, sí prohibido, en todos los centros escolares públicos y privados), todos aquellos no catalanes pasan a ser escolarmente extranjeros (incluido españoles), y se les mete en unos “pabellones de aislamiento” llamados eufemísticamente “aulas de acogida”, en donde se les somete a una inmersión lingüística e ideológica de lengua y patriotismo catalán. Ejemplo de práctica lingüística en clase:
“Yo he nacido en China pero ahora vivo en otro país, en Cataluña”. “En mi país, Ecuador, se habla español, pero en Cataluña, el país donde vivo, se habla catalán”. Cataluña es asimilado, en términos de categoría nacional, a China o Ecuador. Y España, por supuesto, ni se menciona. Esos niños y sus padres emigraron creyendo que llegaban a España, tal vez porque seguían los partidos de fútbol del Barcelona, equipo que, “erróneamente”, por supuesto, suelen citar en las televisones extranjeras (incluyendo las españolas) como español. Estos errores hay que extirparlos de raíz. De ello se ocupa la propaganda del régimen. No están en España, sino en Cataluña, que quede claro.
En las televisiones públicas catalanas (en las que se evita sistemáticamente pronunciar una palabra en castellano), hay instrucciones estrictas de evitar la identificación de Cataluña como una parte de España. Cuando en los informativos se habla de “nuestro país” o “nuestro gobierno”, o “nuestra selección deportiva”, siempre se entiende que se habla de Cataluña, jamás de España. La palabra España está absolutamente prohibida cuando se refiera a cualquier asunto en que Cataluña esté inmersa. Si no queda más remedio porque la información lo requiere, se sustituirá por el “Estado”, sin más. Recuerdo una entrevista que una presentadora hacía a una emigrante sudamericana, que ahora vivía en Cataluña pero antes había llegado a otra ciudad española. Los circunloquios que la presentadora se vio obligada a realizar para no mezclar Cataluña con España han quedado para la antología de la televisión, ya que la ingenua emigrante pensaba, en su candidez, que Cataluña formaba parte de España. La pobre…
Ni que decir que en la información meteorológica el pronóstico “nacional” está representado exclusivamente por un mapa de Cataluña, al que unen sin complejos Baleares, la Comunidad Valenciana, y algún pedacito de Francia, que se los han anexionado sin complejos a su imaginario imperio de Països Catalans, sin que los habitantes de estos territorios tengan conocimiento de su pertenencia a esta novísima y moderna nación.
Los rótulos informativos o coercitivos están siempre en catalán, por lo general exclusivamente. Cuando alguna vez están también en castellano, entonces se añade el inglés, al que se le da el mismo rango tipográfico del castellano, para que no quepa duda de que se trata, tanto inglés como castellano, de lenguas extranjeras. A veces el castellano no goza de las prebendas del inglés; no son infrecuentes los rótulos bilingües en catalán…e inglés, naturalmente. Sin español. El año pasado estuve en las fiestas de la Mercé, con amigos latinoamericanos que visitaban Barcelona por primera vez, y no fuimos capaces de encontrar un programa de las fiestas escrito en castellano. No salían de su asombro. Y la escritora Elvira Lindo fue insultada y humillada por los progres catalanistas por tener la imperdonable idea de pronunciar su pregón en español, su lengua materna, la muy “facha”. Podría citar casos aún más asombrosos, pero el espacio se me ha acabado hace varias líneas. Quede claro que esta política radicalmente nacionalista es la del gobierno elegido democráticamente por los propios catalanes desde hace más de veinticinco años. Así que en principio, nada que oponer. Eso sí, permítanme una pregunta, a quien corresponda, breve y escueta: Cuando voy a Barcelona, o a Salou, o a Reus, ¿estoy en mi país? Sé que no es cuestión de vida o muerte, pero me mata la curiosidad.

El tuteo del presidente

Parece que media España siguió por televisión los dos programas emitidos bajo el título “Tengo una pregunta para usted”, con Rodríguez Zapatero el primero, y con Mariano Rajoy el segundo. Dada su enorme audiencia, todos los medios analizaron pormenorizadamente no sólo las respuestas de los líderes, sino cada uno de los detalles de la escenificación, desde el color de sus corbatas hasta su gesticulación o movimientos en el plató. Creo que a algunos no nos pasó desapercibido un detalle nada trivial: el Presidente del Gobierno se permitió tutear a muchos de sus interpelantes, a pesar de que éstos se habían dirigido a él con el apropiado usted.
En cualquier país cuya lengua disponga de tratamiento de cortesía -incluidos todos los demás de habla hispana- hubiera hecho chirriar a los oídos bien educados la familiaridad que el presidente tuvo a bien arrogarse. Sin embargo tengo la impresión de que en España apenas nos llamó la atención, pues asistimos a un proceso galopante de la generalización del tuteo, con la consiguiente restricción del ámbito del usted, o tratamiento de cortesía. Y el presidente, tan moderno para todo, no podía quedarse atrás.
Veamos algunos ejemplos. Un conocido programa nocturno de una televisión autonómica. La presentadora, una moza madura deslenguada y tosca, pero con un punto pizpireta, recibe como invitado a un médico forense septuagenario de aspecto distinguido, que llega impecablemente vestido en un terno azul marino. Apenas ha tomado asiento el galeno, la conductora del programa le espeta: “Te puedo tutear, ¿verdad?”. El forense, naturalmente, asiente. Qué buen rollito, qué buena comunicadora soy, debe de pensar la periodista.
Un hospital cualquiera de una ciudad cualquiera en un día cualquiera. En España, claro. Una señora anciana está postrada en su cama, rodeada de los suyos, tal vez balbuceando sus últimas voluntades. En esto entra el celador, un joven recio y fornido, interrumpe el ritual y dice a voces: “A ver, Segismunda, que te voy a hacer la cama”. Qué amable soy, con que familiaridad y cariño trato a los enfermos, debe de pensar el celador, con su coloquial tuteo a la viejita moribunda.
Tal vez los dos tengan razón en sus intenciones, pero creo que entre todos estamos perdiendo algo. El “usted” -que es la evolución histórica de “vuestra merced”- es parte de la riqueza de nuestra lengua, es un hermoso tratamiento que expresa respeto y cortesía. Pero hace unos treinta años, justo en la transición democrática, empezó a ser injustamente criminalizado. Los mismos que confunden la velocidad con el tocino empezaron a confundir respeto con alejamiento, cortesía con servilismo o subordinación y tuteo con igualdad y buen rollito guay.
Apenas dos generaciones atrás los hijos llamaban de usted a los padres y no era alejamiento, sino veneración. Hace no más de treinta años, no sólo los alumnos llamaban de usted a los profesores, sino también los profesores a los alumnos: “García, haga usted el favor de salir de clase”, podía decir un profesor airado a un chaval de doce años que había hecho una trastada. Hoy es impensable y sonaría a trasnochado anacronismo. Son tiempos de “colegas” y como todos somos iguales –faltaría más- igualémonos todos por abajo, que es más fácil. El respeto y la elegancia no están de moda, son hábitos de carcamales rancios, si no tuteas hasta al Papa estás en la Edad Media.
Un dato curioso: en las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco los partidos políticos pedían el voto a los ciudadanos tratándoles de usted. “Vote Centro”, rezaban los carteles. A partir de las siguientes nunca un partido político volvió a llamarnos de usted en campaña. Se fue el alejamiento, llegó la “proximidad”, pensaron los asesores de imagen y los publicistas.
Son tiempos de tuteo indiscriminado, y el usted se irá relegando poco a poco a situaciones solemnes o a legajos de notaría, y quedará como un vestigio arcaico de tiempos en los que nuestra lengua fue más rica y más bella.
Hoy nos tutea la policía para multarnos, la Telefónica para vendernos el último móvil, los partidos políticos para exhortarnos a votarles, la Dirección General de Tráfico para amenazarnos con quitarnos puntos del carné y el Ministerio de Hacienda para decirnos que ya viene Paco con la rebaja. Son tiempos modernos y dinámicos, así que ya nadie trata de usted al ciudadano. Ya ven, ni siquiera el presidente del Gobierno. Perdón, quería decir “ya veis”…, amables lectores.

16 de marzo de 2007

Vocabulario terrorista y román paladino

Los asesinos del grupo terrorista ETA, y sus acólitos del llamado partido político Batasuna, no sólo hacen gala de una desalmada perversidad en sus abominables actos, sino que poco a poco han ido ejerciendo una soterrada influencia en el lenguaje de todos, desde los partidos políticos hasta el común de los ciudadanos. Cuando un político decente –algunos hay, creo- llama “conflicto” a lo que pasa en el País Vasco, o la gran mayoría del pueblo llano y honesto llama “proceso de paz” a las negociaciones emprendidas por el Gobierno, los batasunos se frotan las manos de alborozo. Hemos asumido su perverso lenguaje, y si las palabras son el medio por el que aprehendemos las cosas, ya tienen un buen trecho ganado a su favor. Sería bueno que llamásemos a las cosas por su nombre, y no mimetizarnos con el lenguaje empleado por los asesinos y sus partidarios. Quizá sea ya demasiado tarde, pero, por si acaso, permítanme una modesta aportación.
La ETA, en lugar de ETA, sin artículo. Tal vez pueda parecer trivial, pero no lo es tanto. En sus comienzos, y durante algunos años más, todos los españoles anteponíamos el artículo al macabro nombre de Euskadi Ta Askatasuna. Con el tiempo fuimos eliminándolo, imitando la manera de mentar la banda de la serpiente por los más próximos a ella. Hoy todos hablamos de ETA, no de la ETA. Puede haber dos razones para ello. Una, la estrictamente lingüística, que tendría que ver con la morfología de la lengua vasca, declinatoria, y que por tanto hace que el artículo esté incluido en el nombre. Por esto solemos decir Osasuna, y no el Osasuna, cuando nos referimos al equipo navarro de fútbol, único equipo de primera con nombre en vasco. Pero no hablamos en euskera, sino en castellano, y sería más que dudoso creer en una inconsciente interferencia lingüística en hablantes que no saben una sola palabra de euskera. La segunda posible razón es más preocupante. La cercanía y la familiaridad (unos de la banda; otros de sus consecuencias) han permitido suprimir el artículo al nombrar a la execrable organización. Obsérvese que no se suprime nunca el artículo cuando se habla de ella en el español de América Latina, ni en otras lenguas románicas como el francés o el italiano, por ejemplo. Sólo en España. Y el español permite la elipsis del artículo determinado sólo en nombres excepcionalmente próximos, como madre, padre, casa. Palabras queridas y entrañables. Puede que la ETA lo sea para los batasunos, pero no creo deba serlo para los demás. Así pues, la ETA, con permiso de Otegi.
Conflicto vasco. Más o menos sabemos qué es vasco (repito, más o menos), pero veamos qué quiere decir conflicto. Cito a la RAE. 1ª acepción: pelea, combate. 2ª acepción: enfrentamiento armado. 3ª acepción: apuro, situación desgraciada y de difícil salida. 4ª acepción: problema, materia de discusión. Tal vez podría ser aceptable para todos la tercera acepción, pero creo que estaremos de acuerdo que es a las dos primeras a las que perversamente se refieren los etarras-batasunos, e incluso los nacionalistas con los que comparten objetivos. Pelea, combate, enfrentamiento armado. Convendrán conmigo en que para que exista combate o enfrentamiento armado ha de haber, al menos, dos contendientes. Y en el País Vasco –y por extensión en el resto de España- sólo hay uno: la ETA. El otro es un mero receptor de la violencia del primero. Uno dispara las balas; el otro las recibe. Uno pone las bombas; el otro las padece. Uno pone los asesinos; otro pone las víctimas. Eso no es un enfrentamiento ni una pelea; es simplemente un cruel ataque. Un hostigamiento criminal, una ofensiva terrorista. Hablar de las “dos partes” es una malévola argucia que emplean los asesinos, y que suelen secundar los nacionalistas no asesinos. No hay ningún “conflicto”. No caigamos en su trampa, y desterremos de nuestro lenguaje esa palabra para denominar a la actuación criminal de los asesinos. Nada puede alegrarlos más que ver que vamos asimilando su odiosa jerga. O casi nada.
Proceso de paz. Proceso es “ir hacia delante”, y paz es la “situación y relación mutua de los que no están en guerra”, según la primera acepción de la RAE de ambas palabras. Ir hacia la paz implica partir de una situación de guerra. ¿Dónde está la guerra? De nuevo, ¿dónde están los dos contendientes? Suponiendo que el enemigo de la ETA fuera el Estado español (es mucho suponer), ¿emplea éste los medios del rival para la aniquilación del “enemigo”? ¿pone bombas en las asambleas batasunas o dispara en la nuca a sus simpatizantes? No, el Estado, cuando puede y le dejan, se limita a aplicar la Ley a los criminales, a veces con una benevolencia más propia de las Hermanitas de la Caridad. A eso, a aplicar la Ley, los terroristas lo llaman estar en guerra, conflicto vasco, represión del Estado, ataques al pueblo vasco…Para que haya “proceso de paz” hay que estar antes en guerra. Es una jerga arteramente interesada, que sólo conviene a los criminales. Ya sé que es tarde para corregirlo, porque con la complicidad inconsciente –quiero creer- de la mayoría de los políticos y los medios de comunicación hemos acabado todos por tragarnos el sapo verbal que nos han endiñado los terroristas. Otro más. Negociación. Acción de negociar. Negociar. Las tres primeras acepciones de la RAE no interesan al caso, por referirse a temas mercantiles. Veamos la 4ª y la 5ª. “Tratar asuntos públicos o privados procurando su mejor logro”. “Tratar por la vía diplomática, de potencia a potencia, un asunto, como un tratado de alianza, de comercio, etc.” Me detengo, por ahora, en esta última. Si nos quedáramos con ella, habríamos llegado a un extremo obsceno de perversión: considerar a la ETA como una “potencia” equiparable al Estado español, o bien reducir el Estado español a la categoría de una banda de asesinos. A los batasunos les encantaría, pero a ustedes y a mí sospecho que no. Así que admitamos que la cuarta acepción, “tratar asuntos públicos o privados procurando su mejor logro”, podría resultar inteligible y apropiada al asunto. Y ahora viene la pregunta: ¿cuál sería el “mejor logro”? O dicho de otra manera: ¿qué hay que negociar con la ETA? Pero esto ya sería harina de otro costal, o lo que es lo mismo, materia de otro artículo. En todo caso, como ciudadano, me gustaría saberlo. Que me lo digan por favor.

29 de enero de 2007

Cochinas costumbres

Hace no mucho tiempo, estando en Madrid con unos visitantes estadounidenses, les llevé a tomar vinos y gambas a uno de los bares populares que abundan por el centro de la ciudad. Estos no salían de su asombro al ver que la gente, apostada en la barra, no tenía reparos en ir tirando las cáscaras al suelo según iba pelando los crustáceos. Nada del otro mundo, es la costumbre, les dije. Como también es la costumbre ir echando al suelo la ceniza de los cigarrillos y aplastar la colilla contra el suelo al acabar el pitillo. En más de una ocasión, al solicitar un cenicero al dueño de un bar, él mismo me ha recomendado que arroje la ceniza al suelo. Eso dentro del bar, no digamos en la terraza. También tuve que explicarles que las vitrinas que protegen las tapas en las barras de los bares es un invento relativamente reciente, que todavía –a pesar de una ley de Sanidad de hace ya bastantes años que no se cumple, como tantas- hay muchos bares en España en los que hay sobre la barra fuentes de comida desde las que se sirven las tapas que no están protegidas por nada, y expuestas por tanto a las toses, estornudos o vaharadas de farias de los parroquianos sentados ante ellas mientras charlan de fútbol. Nada extraño, es parte de nuestro paisanaje cotidiano y a nadie le llama la atención.
Tener que acudir al cuarto de baño de un bar de nuestro país puede ser una patética experiencia. Sólo el primer cliente que use el excusado lo encontrará limpio. El segundo ya no, y según vaya avanzando el día la indeseable necesidad puede convertirse en una nauseabunda aventura. Una buena parte de los usuarios, una vez realizada la función de la que había menester, se marchará del habitáculo sin molestarse siquiera en hacer correr el agua, dejando para el siguiente necesitado el agradable recuerdo de su paso por el retrete. El que venga detrás que arree. Muy castizo. Parece que en el baño de damas la cosa no es muy diferente, y me cuentan las mujeres de acrobáticas posturas en las que a veces se ven obligadas a orinar para evitar el contacto con los residuos de sus alegres antecesoras en la misma función.
Pasear por las calles de las ciudades españolas implica llevar un ojo al frente y otro al suelo, salvo riesgo de acabar con los zapatos seriamente embadurnados de excrementos caninos, elemento orgánico que suele decorar todos los días las aceras de nuestras avenidas. La gente tiene perritos, y estos hacen caquita. Donde les viene bien, por supuesto, y los dueños rara vez se molestan en limpiar las huellas intestinales del chucho sobre las aceras municipales. Así que el viandante inocente se ve en la obligación de practicar el eslalom urbano, deporte no del todo divertido cuando se tiene que hacer por necesidad. Paradójicamente he observado que son las personas mayores, que son las que más dificultades físicas tienen para hacerlo, las que más se preocupan de recoger los excrementos. Y sin embargo los más jóvenes, en plena forma, no se molestan en agacharse. A fin de cuentas algunos de ellos imitan a sus chuchos y las noches de sábados también orinan en cualquier pared o árbol que tengan a mano. Nada de particular. Y así podría seguir mucho más allá de los límites de este artículo.
Y como en esto creo que no hay mucha diferencia por comunidades autónomas, regiones, nacioncillas estatales o realidades nacionales patrias, me permito formular así la pregunta: ¿es que somos los españoles tan guarros? Sólo en el ámbito público, curiosamente. El español es exquisitamente higiénico en privado y en sus reductos particulares. Las casas están impolutas, bastante más limpias que las de otros europeos. El homo hispanicus se asea a diario, la mayoría se ducha todas las mañanas. Suele tener el coche limpio por dentro, a diferencia de los automóviles de muchos extranjeros, que son vertederos con ruedas. Pero cuando sale de casa la cosa cambia. Las calles son de todos, o sea, que no son de nadie. Y los bares. Y los restaurantes. Y las estaciones de autobús.
Y es que la higiene pública, en el siglo XXI, es aún una asignatura pendiente en la España próspera y desarrollada de nuestros días. Ya al ministro Esquilache, hace doscientos cincuenta años, por intentar cambiar, entre otras, las costumbres higiénicas madrileñas, le montaron un motín por el que acabó de patitas en su Italia natal e hizo tambalear al mismísimo Carlos III, que agachó las orejas y cedió a todas las peticiones del pueblo sublevado delante de su palacio.
Y es con las costumbres patrias, por muy cochinas que algunas sean, parece que no hay quien pueda.

La mujer "diez"

No me refiero a la espléndida y bellísima Bo Derek de hace ya unos cuantos años, sino a todas aquellas profesoras –profesoras, con a, de sexo y género femenino- que presenten ciertos proyectos educativos en la Junta de Andalucía. O sea, que debería haber dicho “la mujer, diez”, con la comita, porque resulta que los proyectos coordinados por una mujer parten, según la convocatoria, con diez puntos de ventaja sobre los coordinados por un hombre. Como lo oyen. No es una broma. Y como ésta, hay ya unas cuantas.
Parece que en la carrera hacia la búsqueda de lo políticamente correcto más de uno se ha pasado media docena de pueblos y ha ingresado, de pleno, en lo políticamente imbécil. El problema está en que cuando el cretino tiene la potestad de gobernarnos su estulticia puede acarrear serias y hasta dramáticas consecuencias para nuestras cabezas. Las de todos. O las de todos y todas, para entendernos y hablar como es debido, supongo.
No tengo el gusto –o disgusto- de participar en esta convocatoria, pero si lo tuviera sabría que para conseguir la aprobación de mi proyecto tendría que hacerlo “diez puntos” mejor que mis colegas mujeres, que, por motivo de la disposición de sus cromosomas, la Junta de Andalucía ha decidido que deben partir con esa ventaja inicial. Lo cual, además de ser una solemne majadería, es una injusticia para los hombres y un insulto para las mujeres. Y un perjuicio para toda la sociedad.
Una injusticia para los hombres porque saben que, no estando más capacitados que sus colegas femeninos, tendrán que superarlas ampliamente para conseguir la misma puntuación que ellas. Es un concurso con trampa, en el que para empezar y con el pretexto de indemnizar por injusticias pretéritas, se recompensa a las señoras con diez puntitos del ala. Para reparar una injusticia, cometamos otra. Total: dos injusticias con diferente víctima, eso sí.
Es un insulto para las mujeres porque, aunque así parezca desprenderse de la opinión de la Junta de Andalucía, las mujeres no son tontas. Ni un pelo tienen de bobas, dicho así en general y con permiso de las que sí lo sean, condición en la que los hombres a buen seguro no andan a la zaga. Muy parejos andamos los dos sexos en cuanto a mentecatez y pocas luces se refiere. Los cretinos que han perpetrado la disposición de la Junta deben de pensar que a las mujeres en general les falta un hervor, así que, para que sus femeninos nombres figuren a la cabeza de la coordinación de los proyectos hay que regalarles diez puntitos porque si no no tienen nada que hacer, las pobres. A ellos/ellas, a los autores, sí que les falta un hervor…
Pero es la sociedad en general la que paga el pato de estos despropósitos. Porque cuando la Administración decida cuáles son los proyectos seleccionados, los andaluces no disfrutarán de los mejores proyectos, sino de los más “femeninos”. Algún proyecto mejor se habrá quedado en el cajón del olvido en beneficio de otro, algo más mediocre, que contó con el favor oficial por la poderosa razón de estar firmado por una mujer. Y los proyectos femeninos que estén entre los mejores por merecimientos propios, que los habrá y muchos, siempre planeará sobre ellos la sospecha de que fueron ganados con ayuda de la propina feminista, lo que no creo que deje muy satisfechas ni a sus autoras ni a los beneficiarios del mismo, es decir, la sociedad.
Ya sabemos que esta chapucera manera de reconvenir a la machista Historia se ha extendido ya a todos los ámbitos de la cosa pública. La llamada paridad en las listas, que ya afecta por ley desde el gabinete del Gobierno hasta los Consejos de Administración de las empresas, pasando por los partidos políticos, dará una espléndida imagen de igualdad en las fotos y en las estadísticas, pero no nos garantiza estar en manos de los mejores. Y de eso es precisamente de lo que se trata. Me da igual tener en el Gobierno a siete ineptos y siete ineptas, que a catorce ineptos, que a catorce ineptas. (No se lo tomen como algo personal, que no me refiero a este gobierno precisamente, sino a cualquiera). Blancos o negros, morenos o rubios, altos o bajos, gordos o flacos, jóvenes o viejos. Y, por supuesto, hombres o mujeres. Me importa un bledo. Lo que quiero es tener a los más aptos, y me da igual que sean hombres, mujeres, travestidos o hermafroditas. Discriminación positiva, es la traducción del nombre anglosajón del invento de marras. En otros países no sólo se aplicó al sexo, sino también a la raza u origen cultural. Había cuotas para minorías históricamente discriminadas. Así en Estados Unidos un negro requería menos puntuación que un blanco para entrar en la universidad, de forma que en la universidad no estaban los mejores, ni se lograban los mejores científicos o ingenieros, sin embargo las aulas parecían anuncios de Benetton, qué colorido. Estas políticas, que ya están en regresión en muchos países progresistas por arbitrarias y artificiosas, están en pleno auge en la ultramoderna España. ¿Por qué será que siempre tenemos que llegar tarde a todo?

Forastero

En Mallorca a los llegados de fuera y que no tienen apellidos mallorquines les llaman forasters. Aunque en principio el adjetivo pueda tener un trasfondo peyorativo, a mí nunca me resultó ofensivo durante los seis años que pasé en aquella isla. Más bien al contrario. Asumía mi condición de advenedizo y de alguna manera disfrutaba de ella, pues me procuraba una cierta lejanía del epicentro de lo que allí sucedía y me permitía mirar desde la distancia, disfrutando de la vista pero sin involucrarme demasiado en lo incomprensible, que no era poco.
Mirar desde fuera ofrece la panorámica de la que se carece cuando se mira desde dentro. El sentimiento de arraigo, de pertenencia, de encontrarse en el mismísimo ombligo de todo cuanto nos rodea enaltece la pasión pero distorsiona la mirada. La mirada del que se aleja unos pasos del meollo de los asuntos tal vez no goce de primeros planos, pero es más cándida y de alguna forma puede ser más honesta. Siempre me ha hecho gracia observar cómo los turistas extranjeros, nada más llegar a nuestro país se ponen a hacer fotografías al interior de los bares, en donde, para su asombro, cuelgan del techo docenas de patas de cerdo. Nosotros tomamos café debajo de ellas sin reparar en lo insólito de la situación y el turista japonés con su cámara y sus ojos como platos nos hace darnos cuenta de nuestra entrañable peculiaridad. Es la mirada asombrada del forastero.
Ha querido el destino, forzado en buena medida por mi propio desarraigo, depararme la fortuna de haber vivido en nueve ciudades diferentes diseminadas por cuatro de los cinco continentes, asumiendo así por tanto la condición permanente de forastero, o de nómada vocacional, si lo prefieren. Incluso mi Madrid natal, de cuya vorágine de metro, polución y prisas huí despavorido hace más de veinte años, ha cambiado tanto que cuando voy me resulta irreconocible y me permite mirarla y disfrutarla con ojos de forastero, con la mirada abierta de quien está descubriendo algo. Ceuta es la última ciudad en la que he recalado. Tan recoleta como compleja, esta pequeña ciudad a caballo entre dos mundos ofrece un sinfín de matices para el forastero, que la padecerá o la disfrutará, o tal vez las dos cosas, pero al que nunca le dejará indiferente. Pasan demasiadas cosas en esta ciudad de setenta mil habitantes, donde convive lo más bello y lo más sórdido, tan peculiar por su situación geográfica, su condición fronteriza, su composición social, su permanente empeño en recordar al mundo su indudable identidad. Demasiadas cosas para mantener los ojos bien abiertos, para exponer la piel a las sensaciones que llegan de todos sus rincones.
No voy a caer en la simpleza de definirme como ciudadano del mundo, lugar común que de tan manido se ha convertido en cursilería. Yo soy español, mediterráneo, latino. Pero cuando leo los periódicos, veo la televisión o escucho los debates parlamentarios también en mi propio país tengo la sensación de estar en Marte, como muy cerca. Confieso que las más de las veces no entiendo nada, y acabo por verlo todo con la mirada perdida del forastero despistado.
He hecho esta pequeña introducción por varios motivos. En primer lugar para anunciarles que, gracias a la oportunidad que me han brindado la directora y subdirectora de este diario, lunes sí y lunes no algunas palabras mías se colarán en sus páginas para tortura de muchos, indiferencia de otros tantos y tal vez deleite de algunos, si se me permite la inmodestia y alarde de optimismo en este último punto. En segundo lugar como un apunte de presentación, pues si bien algunos ya me han padecido en mi instituto o en anteriores colaboraciones en el diario, supongo que la mayoría de los amables lectores de El Faro aún no me habían sufrido. Por último para justificar el título de la columna que firmaré, por ahora quincenalmente: “Crónicas de forastero”.
Así que ya saben: si lo desean, nos vemos aquí mismo en quince días. Espero no defraudarles y, sobre todo, contar con su amable benevolencia.

Educación y telebasura

El nivel académico y cultural de nuestros centros educativos está en la UVI. Lo dicen las encuestas, pero no haría falta tanto estudio sociológico. Los profesores lo sabemos bien, pero al resto de la sociedad le bastaría con escuchar una conversación de adolescentes en un autobús, en la calle, en un parque, en cualquier lado. Darse una vuelta un viernes o un sábado por la noche por las explanadas del botellón, o por cualquier otro lugar en el que se junten media docena de adolescentes. Todos escolarizados, “educados”. Raya lo escandaloso, parece que la opinión social es unánime. Y se buscan las causas. Los educadores, los padres...pero, ¿se da la importancia debida a la televisión? Veamos.
Entre los logros de la España próspera, moderna y neoliberal de los últimos años creo que no es desdeñable el de haber conseguido tener la televisión más zafia, chabacana y hortera del mundo. Busquen ustedes, ahora que tenemos satélite y cable, o cuando viajen al extranjero, y verán que nuestra televisión ibérica no tiene parangón. Y si la televisión, sometida a la dictadura de la audiencia, es un reflejo de una sociedad y una cultura, creo que la España de charanga y pandereta que describía Machado era un ateneo de lustre académico comparada con la actual de pocholos, dinios y grandes hermanos, y aquellas españoladas de paletos y suecas que nos ofrecía la “mejor televisión de España” se me antojan casi como obras intelectuales de arte y ensayo al lado de lo que nos ofrece ahora la libre competencia televisiva de la España rica del siglo XXI.
En un reportaje escrito por el escritor colombiano Germán Castro Caycedo, y publicado en el diario “El Tiempo”, de Bogotá, éste narraba algunas de las impresiones obtenidas en un reciente viaje a nuestro país. El reportaje llevaba como irónico título “España/ Un viaje a la “cuna de la cultura” (entrecomillado en el original), y recojo aquí las referidas a la televisión:
“(…) Por la noche en uno de los programas con mayor audiencia de la televisión, un periodista dice:
-Las colombianas han nacido para follar.
-Follan de puta madre- agrega otro.
Cambio de canal. También cinco periodistas. Uno de ellos atrapa por la nuca a un invitado y se besan lengua con lengua. Aplausos del público. Luego agreden durante una hora al invitado, todos hablan al tiempo. Se hallan detrás de una gran mesa y en medio de las ráfagas, una de las periodistas se tiende sobre la mesa. El de los besos trepa y la cabalga, se menea, resopla. Un tercero los cubre con una frazada. En directo, durante 50 segundos, simulan que están haciendo el amor. Largo aplauso del público en el estudio.
Tercer canal. Alguien le pregunta a un cantante por qué no admite una muestra de ADN y él se apresura:
-Iros a tomar puel culo. ¿Por qué no la hacéis vosotros? (…)”
Germán Castro no ha visto nada extraordinario en nuestras refinadas televisiones; cualquier día, en casi cualquier cadena y casi a cualquier hora, la oferta es similar. Hago yo la prueba. Pongo un programa de máxima audiencia nocturna y un colaborador simula estar masturbándose detrás de la mesa del estudio. En tono jocoso, los demás comienzan a discutir acaloradamente sobre las pajas (sic) que se hacen en el camerino cada noche antes de entrar al estudio. En otro canal (o en el mismo, no estoy seguro) “graciosos profesionales” van por la calle micrófono en ristre y se dedican a ridiculizar ante las cámaras a hombres y mujeres inocentes (preferiblemente ancianos y extranjeros que apenas hablan español) que, gratuitamente, les “hacen” el programa. En otro un grupo de paparazzi y estrellas de la telebasura debaten acaloradamente sobre temas tan apasionantes como las relaciones carnales entre “grandes hermanos” edición 1, 2 o 7, u otros personajes de similar calado intelectual. El tema tratado con mayor profundidad y que fue objeto de apasionados debates en ilustres foros de “periodistas” carroñeros durante dos o tres semanas fue la felación que una concursante de uno de estos fenomenales programas hizo a otro en un autobús. Gritan, chillan, se insultan, se amenazan, en una discusión al lado de la cual una pelea de verduleras de mercado pasaría por un diálogo versallesco. Todos profieren sus insultos y “argumentos” al mismo tiempo, con lo que (afortunadamente) apenas se entiende nada. Los héroes de la televisión, famosos, guapos y millonarios, delante de la cámara se rascan las axilas sin tapujos, se sacan los mocos a discreción y su lenguaje, mezcla de balbuceos, gritos, mugidos y sonidos guturales contiene dos o tres tacos por frase, en las que, dada su dicción, suele ser lo único inteligible de las mismas. Nadie respeta jamás el turno de palabra del otro, una persona bien educada y cortés no podría abrir la boca en estos foros. Los periodistas de la carroña azuzan a unos contra otros, llaman a las madres, a los padres, a los familiares, les ponen delante de la cámara y les enfrentan intentando provocar los insultos cruzados, cuanto más despiadados mejor, buscando el espectáculo bochornoso que enardezca a la audiencia y la haga subir a las cuotas más altas. Vence el que profiere el insulto más contundente, el rebuzno más arrebatado, la vejación más sonora, y el público lo subraya con acalorados aplausos dirigidos por los conductores de la basura televisiva. No hay reglas; es la ley del más bestia, del más chulo, del que peor huele.
No conozco en el mundo televisión más nauseabunda, más vulgar, más hortera, más degradada. Dicen que es la tiranía de la audiencia, que es lo que la gente quiere. Y si así es, podemos concluir que en nuestro país el nivel cultural ha tocado fondo. No se puede llegar más bajo.
Parece que la dictadura de la audiencia es la “verdadera democracia” en televisión, y la ley del mercado es la clave de la verdadera libertad. Si lo ve mucha gente vende más y la gente se pirra por la basura. Pero, ¿por qué nos gusta la basura? ¿Nos gusta porque nos han acostumbrado a ella o ya éramos antes tan necios como para tragarnos sin rechistar y alborozados las dosis de imbecilidad televisiva que nos meten con embudo cada día en nuestras pantallas? ¿O es al contrario, será que la televisión nos da sólo aquello que somos capaces de asimilar? ¿Seremos verdaderamente tan memos los españoles? Cuando hace algún tiempo, en la época del gobierno anterior, un dirigente socialista dijo que habría que revisar los contenidos de la televisión, y que con su partido en el gobierno no habría programas como Gran Hermano, todos los caricatos y bufones de esas televisiones se le tiraron al cuello tildándole de censor y antidemocrático. Ahora ese político está en el gobierno, pero seguimos tragando grandes hermanos.

El “parnaso” cultural que nos ofrece la televisión de cada día es la fuente de la que bebe nuestra sociedad a diario, y claro, así nos va. Niños, jóvenes, adolescentes, adultos. El proceso de idiotización colectiva es lento –o tal vez no tanto- pero seguro. Los modelos culturales e ideológicos que nos ofrece la caja más tonta que nunca son absorbidos con celeridad por nuestros jóvenes y niños, y el resultado se transmite con rapidez a la convivencia cotidiana en las calles, en el vecindario, en el trabajo, en la familia. En la sociedad española ha desaparecido la cortesía, los buenos modales, el respeto a los mayores, la amabilidad, y las relaciones humanas de cada día son cada vez menos humanas e impregnadas de agresividad. ¿Hasta qué punto ha influido la telebasura –que es casi decir la televisión- para que hayamos llegado a este punto? ¿Y cuál es su influencia en unas aulas de primaria y sobre todo de secundaria y bachillerato en la que los docentes se ven desbordados por unos hábitos y modelos de los alumnos que maman cada día en la caja tonta?
Los niños imitan a esos personajes mitad realidad, mitad ficción. Son los ídolos que la televisión les vende y los niños son esponjas. Una encuesta reciente dice que un niño español ve cada día entre tres o cuatro horas de televisión. No hay niño o adolescente que no se empape, a veces con regularidad, de la basura que nos regalan cada día nuestras televisiones. Ahora, cuando ya una parte de la sociedad hastiada clamaba a gritos por un control, por una limitación de tanta pestilencia televisiva, parece que la clase política ha empezado a reaccionar y se empiezan a establecer tímidas regulaciones, restringidas, eso sí, a lo que llaman ingenuamente “horario infantil”. Que se den una vuelta por las aulas de Primaria y Secundaria los comités de sabios reguladores y verán que poco tardan en darse cuenta de que el “horario infantil” real es de veinticuatro horas. Que los padres no ejercen ningún control sobre lo que ven sus hijos, y que se lo tragan todo, a cualquier hora del día o de la noche, muchas veces desde el televisor privado de su habitación. ¿Cómo pueden ser tan ingenuos?
Y con este lastre que traen de casa, ¿qué pinta un humilde maestro o profesor de secundaria, tiza en ristre, tratando de enseñar a dialogar, a argumentar, a razonar, a ser críticos, a ser tolerantes, a respetar, a ser solidarios? ¿O a algo tan antiguo y desfasado como a hablar con corrección y propiedad nuestra lengua, a enriquecer el vocabulario, a hablar con elegancia y cortesía? ¿Qué puede hacer un pobre maestro delante de un grupo de chicos y chicas empapados de la basura televisiva que se les vende como el paradigma de la libertad y la modernidad? Es poco menos que un marciano, que un loco, que un inadaptado, que un lunático.
Sin embargo eso debe ser la escuela del siglo XXI: transgresora, revolucionaria. En una sociedad mediatizada por una escala de valores basados en el consumo indiscriminado y la alienación colectiva con la televisión como principal aliado, la escuela debe alzar la voz y disentir para romper, de un modo u otro, ese perverso círculo vicioso. Si la escuela ha ejercido en muchas épocas de la historia un papel trasgresor, ahora, en la sociedad plástica del siglo XXI debe serlo más que nunca. La televisión se ha convertido en un dios alienante y perverso. Y la escuela, por desgracia, debe ser su rival. O intentar aportar lo que pueda a esta desigual lucha. He aquí una lista de palabras revolucionarias, relegadas en la televisión al ámbito de lo marginal y obsoleto y denigradas por su falta de rentabilidad comercial: respeto, solidaridad, tolerancia, civilidad, urbanidad, cortesía, amabilidad, dignidad, honradez, generosidad, humanidad, fraternidad. La lucha es definitivamente desigual: es David contra Goliat, es un ratón contra un dinosaurio. Nadar contra corriente no es fácil, y la lucha parece una batalla perdida de antemano. Pero la escuela tiene que intentarlo, es su labor revolucionaria que se le ha encomendado en estos tiempos. ¿Conseguirá la escuela desligarse de los hedores de la telebasura? Porque de lo contrario, si la escuela se mimetiza con grandes hermanos y pasa a ser parte del circo, estamos perdidos. Habremos tocado fondo, ahora definitivamente. Y no estamos lejos de conseguirlo.

Sobre el racismo y un injusto linchamiento

Quiero empezar diciendo, para evitar suspicacias, que no conozco ni personalmente ni por terceras personas a la Sra. Mª Antonia Granados, hasta hace unos días Directora Médico de Atención Primaria de Ceuta. Hasta el momento de la tormenta mediática que provocó en Ceuta una entrevista concedida por ella a Radio Lebrija no tenía conocimiento de su existencia ni del cargo que desempeñaba.
Al ver que esas declaraciones hacían verter ríos de tinta y provocaban grandilocuentes titulares en portadas de prensa (“La responsable del 061 insulta a los ceutíes en un programa de radio”, “Mª Antonia, ¡Váyase de Ceuta!”, etc.), me apresuré a buscar cuáles podían ser tan ignominiosos insultos proferidos por la Sra. Granados. Tuve la suerte de poder escuchar la entrevista reproducida en una emisora de radio ceutí y de leer la trascripción literal de la misma en este mismo diario.
¿Insultos? Me duele decirlo, pero la Sra. Granados no hizo sino expresar unas opiniones personales con las que, básicamente y en buena parte, estoy de acuerdo. Si de algo puede ser acusada la Sra. Granados es de falta de prudencia, o de corrección política, o de falta de tacto para evitar susceptibilidades, o de caer en la injusta generalización, pero nada más. Las sensaciones que dijo tener en algunos momentos la Sra. Granados son compartidas, en mayor o menor grado, por la mayoría de los que, llegados de diferentes puntos de la geografía española, vivimos y trabajamos en Ceuta, y también, cómo no, por muchísimos ceutíes de bien que les duele, tanto como a mí, el racismo y la xenofobia que se respira con demasiada frecuencia en las calles de esta ciudad.
Yo no voy a decir que la “sociedad ceutí es intolerante, xenófoba y racista” –aquí erró la Sra. Granados- pero sí diré, con triste convicción, que en Ceuta hay una dosis de estas dudosas virtudes superior a otros lugares de España. Tampoco es preciso añadir que, naturalmente, hay también muchísimos ceutíes ejemplares que son solidarios, tolerantes y hospitalarios; caer en la torpe generalización sería un imperdonable error. Pero no me referiré a estos, sino a los primeros, demasiado abundantes para ignorarlos o reducirlos a excepciones, como parecen hacer los medios de comunicación locales y los numerosos ceutíes que se han dedicado estos días a vilipendiar a la Sra. Granados por contar en voz alta lo que ve y siente por las calles. Los medios prefieren ponerse una venda en los ojos y decir: “En Ceuta no hay racismo, ni xenofobia, sino que aquí a todos nos encantan los marroquíes y los subsaharianos y los acogemos a todos con los brazos abiertos”. ¿Realmente lo creen?
Permítanme contar mi experiencia personal y reproducir aquí algunas de las opiniones de “respetables” ceutíes, pronunciadas sin pudor y con desparpajo, en lugares tanto públicos como privados que van desde taxistas, comerciantes o tertulianos de bar hasta profesores, guardias civiles o miembros de la Administración: “Estos no son personas, son animales y como tales hay que tratarlos” (dicho por un miembro de una Administración pública hablando conmigo y refiriéndose a los marroquíes). “A esos negros que los manden para la Península que nos estropean la imagen de la ciudad”, dicho también por una persona con un cargo oficial, “se nos ha llenado la ciudad de basura y de mierda” (un taxista), “estas moras son todas unas ladronas” (una respetable señora refiriéndose al servicio doméstico del que disfruta por una cantidad irrisoria…). “Esto ya es una porquería, los moros nos han invadido…” Así podría seguir y llenar páginas completas. Hay otros comentarios, pronunciados sin escrúpulos y sin bajar la voz en bares y cafés, tan repugnantes que por pudor me niego a reproducir. Cuando alguna vez me he atrevido a rebatir estos comentarios, mis interlocutores más civilizados me han respondido: “Es que tú no puedes entenderlo porque no eres de aquí”. Pues no, lo siento: no puedo entenderlo.
Quizás alguien pueda decir que estas cosas se oyen en todas partes, no sólo en Ceuta. Tal vez, pero puedo decir que he ejercido mi profesión en cinco países del mundo y he vivido en una decena de ciudades del planeta y nunca había visto algo así. Y aunque así fuera, no serviría como justificación. Yo ahora trabajo en Ceuta, vivo en Ceuta, y ésta es ya mi ciudad (aunque puede que después de este artículo también habrá quien quiera echarme, como a la Sra. Granados).
La señora Granados ha sido espontánea, ha dicho en voz alta lo que ve y siente e inmediatamente ha sufrido un espectacular linchamiento mediático, un aluvión de furibundos insultos y lo que aún es más incomprensible, también un linchamiento político. Ha sido cesada fulminantemente por…¡hacer uso de su legítimo derecho a la libertad de expresión! A treinta años de la muerte de Franco y por un delegado del Gobierno Socialista, quien, a partir de ese momento se convierte para la prensa local en el único político socialista digno de elogio. Es decir, que alguien denuncia el racismo y en lugar de preocuparse por el problema se defenestra al denunciante. Ahora ya se sabe; al que diga que aquí hay racismo e intolerancia se le corta la cabeza: vayan aprendiendo.
Mi admirada Carmen Echarri, directora de este periódico y con quien suelo coincidir en sus atinados artículos, creo que sin embargo estuvo especialmente desafortunada en el que tituló: “Mª Antonia, ¡váyase de Ceuta!”, publicado en El Faro el pasado 20 de octubre. En primer lugar porque ni ella, ni nadie puede arrogarse la prerrogativa de “decidir” quien puede y no puede vivir en Ceuta, por pobre que sea la opinión que dicha persona tenga sobre la sociedad en la que vive. Es tan obvio que no necesita aclaraciones: libertad de expresión, libertad de residencia…son artículos de la Constitución Española. La de todos; también la de Ceuta, por supuesto. ¿O se deben hacer excepciones con Ceuta? Y en ese mismo artículo hay un juicio de valor tan gratuito como injusto, cuando dice, en categórica afirmación: “Una ciudad que tan sólo le interesa para lucrarse económicamente (…)”. Sra. Echarri: no tire piedras contra el tejado de los ceutíes y de los que aquí vivimos. ¿De dónde procede el “lucro”, es decir, los privilegios fiscales, complementos salariales, subsidios y prebendas económicas de que disfrutamos todos los que aquí vivimos y trabajamos? De los bolsillos del resto de los españoles. ¡Cómo puede decirle a una señora española que lleva toda su vida subvencionando esta ciudad con sus impuestos que no tiene derecho a vivir aquí y que viene a lucrarse! Es el mundo al revés, los pájaros que disparan a las escopetas.
Dos cosas me han movido fundamentalmente a escribir esta colaboración: en primer lugar corroborar con mi modesta opinión la existencia del racismo al que se refiere la Sra. Granados-con las matizaciones ya hechas-, admitir su existencia para ponerle coto y así poder luchar contra él con todos nuestros medios. Por otro lado denunciar el linchamiento público y político que ha padecido una persona por expresar opiniones, por muy del desagrado que sean para muchos.
Por mi condición de educador me siento especialmente comprometido por lo primero. Precisamente porque me debo a mis alumnos ceutíes, con los que tengo un compromiso tanto humano como profesional. Y como el racismo y la xenofobia son lacras indeseables, aquí o en cualquier otro lugar del mundo, lo primero que necesitamos para erradicarlo es reconocer su presencia, para poder empezar a luchar contra ellos. No ponernos una venda en los ojos y decir que aquí de eso no hay nada, como parecen hacer creer algunos medios de comunicación o aseguran muchos ceutíes. Aquí, en Ceuta, mi ciudad, hay racismo y xenofobia. Lo digo con dolor y con pena, porque es donde siento, trabajo y vivo. El primer paso es admitirlo, el segundo repudiarlo con todas nuestras fuerzas para luchar contra él desde todos los ámbitos sociales.
Quiero terminar diciendo que espero no haber ofendido con esta modesta colaboración a los muchos ceutíes de bien que me han acogido en su ciudad con la calidez propia de sus gentes; nada más lejos de mi intención. Solo he pretendido, si acaso, arañar alguna conciencia e invitar a todos a una constructiva autocrítica. Si por el contrario he ofendido a los racistas, xenófobos e intolerantes convecinos que también moran en Ceuta, me sentiré más que satisfecho, pues ese era mi ánimo. Son justamente ellos los que sobran en una ciudad que aspira a ser un pacífico crisol de culturas y una digna puerta del sur de una humanitaria y tolerante Europa.

El manicomio del sur

Nací y vivo en un país del sur de Europa, durante cinco siglos conocido como España y desde hace algunos años más conocido como “Estado”. Tengo bastantes amigos extranjeros, algunos viven en mi país (“Estado”) y otros en sus respectivos países, y con frecuencia me preguntan por la actualidad política de este país que ingenuamente ellos conocen como Spain, Espagne o Spanien, según el caso. Mis amigos latinoamericanos me hablan de España, así, con eñe y todo, imagínense lo desfasados que están.
Pues bien, a pesar de no ser del todo analfabeto, me las veo y me las deseo para explicarles cómo funciona este curioso país. Veamos cómo lo intento.
El gobierno de la nación, supuestamente de izquierdas, gobierna a expensas del apoyo de un partido independentista que niega a España su condición de nación, para atribuirla sólo a una parte de España llamada Cataluña, la suya, en donde, por ejemplo, prohíben y hasta sancionan el uso de la lengua española, a pesar de ser el idioma materno de más de la mitad de la población de ese territorio, precisamente la inmigrante y más desfavorecida. Y repito, son “de izquierdas”. Debo explicar –ya que fuera sorprende mucho- que aquí el nacionalismo burgués independentista es una cosa considerada como “muy de izquierdas”. (Hablo del gobierno “principal”, para entendernos, porque en España hay diecisiete gobiernos con sus respectivos parlamentos–les aclaro).
Pues bien, algunos políticos de esos partidos en el poder al que todos los españoles (con perdón) estamos claramente supeditados se muestran orgullosos de decir públicamente que no son ni se sienten españoles, lo que no les resulta ningún óbice para gobernar todo el país (“Estado”) desde Cataluña, que dicen que es su verdadera y única nación. Este gobierno “de izquierdas” desprecia a los que defienden una Constitución Española aprobada democráticamente por una inmensa mayoría de españoles en 1978 para acabar con una dictadura de cuarenta años y, en el colmo de la paradoja, les llama “franquistas” o “fachas”. Este último término también es utilizado en la política de Cataluña para denominar a todos los que hablan castellano o no desean la secesión de Cataluña, o más sencillamente, muestran alguna discrepancia con sus postulados nacionalistas patrióticos catalanes. “Son unos “fachas”, dicen. También emplean a veces la palabra “español” como insulto. Lo mismo sucede en otras zonas de este curioso país.
Este gobierno “de izquierdas” también trata de monopolizar todos los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) y hace todo lo posible y hasta lo imposible por cerrar aquellos que le critican; para ello van, si hace falta, a hablar con el mismísimo Papa de Roma. “¿Es una broma?”, preguntan. Pues no, así es este gobierno de izquierdas, se va a Roma a intentar que cierren una emisora de radio que pertenece a la Iglesia Católica, porque dicen que les insultan y les llaman de todo.
Y si lo que les he dicho hasta ahora ya les parece surrealista, cuando les he contado la última ya no saben qué pensar. Fue el otro día. Un ministro del partido de ese gobierno que prohíbe el idioma español en una parte de España defendió el uso del español (¡sí, del español!) en la Unión Europea. Y para defenderlo, ¿saben qué lengua utilizó? ¡Pues el catalán, por supuesto!
¿“España es un país o un manicomio”?, preguntan. “Yo ya no estoy muy seguro”, respondo. Pero por si no lo he explicado bien o el que está loco soy yo, voy a pedir cita con mi psiquiatra “institucional”…

Una lección de civismo y tolerancia

Habían sido agraviados. Habían sido vejados y humillados. De ellos, de su cultura, de su etnia, había hecho escarnio público una docena de caricatos en una canción de Carnaval -“probos” agentes de policía, qué sarcasmo-, y para realzar el oprobio un ilustrísimo jurado había concedido a los simpáticos “cantautores” el primer premio a la mejor letra, cuatro mil euros y su ración de gloria. Qué humor tan fino, qué sutiles, qué ingeniosos los insultos, debieron pensar. Aún deben de estar desternillándose de risa los eruditos miembros del jurado.
Como respuesta a esta afrenta los responsables políticos de la ciudad habían reaccionado con una tibieza pusilánime y se habían limitado a “rechazar” el contenido de la vergonzosa chirigota, y pedir a los célebres “Polluelos” que, -si no les servía de molestia, supongo-, pidieran disculpas. Para acabar de redondear el despropósito ahí se acababa la reacción de “sus” representantes políticos. No cabe duda: había sobrados motivos para la indignación y la rabia. La de todos: la de los ofendidos directamente y la de los demás; la de todos los que pensamos que el racismo es una lacra indeseable y lacerante que es preciso erradicar de una vez por todas.
Y también había motivos, casi necesidad, de manifestarse en la calle. De manera contundente e inequívoca. “Contra el racismo. Por la convivencia”. El lema era tan claro que no dejaba resquicio a dudas: allí debíamos haber estado todos, codo a codo, al lado de los ofendidos, solidariamente, demostrando que sabemos, podemos y deseamos vivir juntos. Y hacer bueno el eslogan de la ciudad: la de las cuatro culturas.
Pero no fue así. Sólo la comunidad musulmana acudió a la cita y algún enajenado suelto como el que esto escribe, que pensamos que debíamos caminar junto a los insultados, porque en el fondo los insultados éramos todos. Me encontré rodeado por miles de musulmanes, pero…¿y los no musulmanes? ¿Dónde estaban los ceutíes no musulmanes de bien, dónde estaba toda esa gente abierta y tolerante que compartía la lógica indignación de los que habían sido ultrajados? Miraba a mi alrededor y no veía a nadie. Eran muchos, muchísimos, pero estaban solos. Qué pena.
A pesar de tanta vergonzosa ausencia, la manifestación fue una magistral lección de civismo y tolerancia. Los musulmanes de Ceuta supieron contener la rabia y la indignación y responder a la afrenta con llamadas a la paz y a la convivencia. Escrupulosamente pacíficos en sus actos y en sus voces. Ni una sola consigna de venganza, ni un ataque a la comunidad cristiana, ni un sólo insulto a nadie (excepción hecha de los chirigoteros, más que comprensible). Expresaban su dolor sin ofender, se defendían sin atacar. “No somos animales, somos musulmanes”, “Vivas dimisión”, “El pueblo unido jamás será vencido”, “Ceuta herida”, “No somos animales, somos caballas”.
Y si fue una gran demostración de civismo no lo fue menos de integración. Banderas de Ceuta, todas las consignas en español, las pancartas en español, a pesar de ser el árabe la lengua materna de la inmensa mayoría de los participantes. Todo un ejemplo de identificación con su ciudad, Ceuta, y con su país, España.
Los parlamentos en el acto final de la Plaza de África fueron tan beatíficos y comedidos que parecían escritos por la mismísima Madre Teresa de Calcuta: alusiones a Martin Luther King, Mahadma Ghandi, a la paz, a la convivencia, a la fraternidad. Empezando por el minuto de silencio observado religiosamente por todos los asistentes en memoria de las víctimas del 11-M. Ni una alusión altisonante, ni una descalificación, ni un solo grito ofensivo hacia nadie. Toda una lección de civismo y tolerancia.
Quiero acabar permitiéndome una debilidad sentimental. En un momento determinado Mohamed Alí dio las gracias a los no musulmanes que habíamos participado en la manifestación. Y la gente rompió en un impresionante aplauso. Yo estaba en medio de la multitud, rodeado de musulmanes. No había ningún otro no musulmán en las inmediaciones, al menos que fuera fácil reconocer por sus rasgos étnicos. Así que los que estaban a mi alrededor, mujeres con chilaba y niños en su mayoría, se volvieron hacia a mí manteniendo el aplauso y para estrecharme la mano con un humilde: “Muchísimas gracias”. Ha sido uno de los momentos más hermosos que he vivido desde que estoy en esta ciudad.
Soy yo, y todos los ceutíes, los que debemos agradecer a la comunidad musulmana esta hermosa lección de civismo y tolerancia. Muchas gracias, queridos convecinos.
Javier Cornejo


P.S.: Sé que hubo algunos incidentes violentos en el Paseo del Revellín después de la manifestación, de los que también fui testigo. Si no he hecho referencia a ellos en el artículo, es porque nada tienen que ver con la manifestación. Una docena de gamberros adolescentes que decidieron aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para practicar su deporte favorito: el vandalismo. Lo hacen cada fin de semana, cada día. Vincular estos actos a la manifestación para descalificar a los asistentes sería tan tendencioso como malintencionado.